Aníbal Muñoz Claudio

Tribuna Invitada

Por Aníbal Muñoz Claudio
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La burocracia gótica de la UPR

¡Oiga, pero qué difícil es crear un programa académico en la UPR! Con razón la Universidad de Puerto Rico no puede salir de su estancamiento.  En estos días en que la madre de todas las juntas y comisiones de turno afilan sus colmillos y frotan los utensilios para saborear los recortes a la institución, nadie se cuestiona cómo unos  procesos tan burocráticos resultan ser el talón de Aquiles para adelantar la sostenibilidad del primer centro docente del país.

Mientras la UPR invoca su letanía de trámite administrativo, las Instituciones privadas conceptualizan, articulan e implantan programas  académicos en menos de un año. ¡Eso vende bien!

Veamos cómo transcurre esta peregrinación para que entiendan nuestro infortunio. La odisea académica de crear un programa académico subgraduado o graduado en la UPR puede tardarse aproximadamente cinco años o más si se tiene suerte.

Primero, cuando se propone la idea de un programa, se diseña a nivel departamental. Luego de aprobado por un Comité de currículo, se aprueba en el pleno del Departamento. El Departamento, a su vez, lo eleva al Decanato de Asuntos Académicos. Así pasan días, semanas  y quizás meses. En su juicio y a su tiempo, el Decanato someterá este programa nuevo al Senado Académico. En reunión ordinaria, si llega a ser considerado en agenda, el Senado referirá el programa nuevo al Comité de Asuntos Académicos para revisión y aprobación. Tick tock…tick tock…

Si el Comité y el Senado lo aprueban, y por supuesto con la firma del rector, entonces el programa pasa del Recinto a la Vicepresidencia de Asuntos Académicos del Nivel Central. ¡Que Dios nos coja confesaos!  La aventura continuará de oficina en oficina, de gaveta en gaveta, y así pasarán juicio la Vicepresidencia,  la Junta Universitaria y el sub comité del comité, etc. Tick tock…tick tock. Y posiblemente se reenvié  al recinto para  otra revisión y ya ni les cuento porque me dio vértigo tanta burocracia. Ah, no podía faltar el proceso de obtener la codiciada licencia del Consejo de Educación de Puerto Rico (CEPR) con sus debidos aranceles, bien onerosos por cierto.  

La UPR debiera ser otra. Debiera ser una institución capaz de honrar nuestro rigor académico centenario, pero atemperada a los contextos milenarios de flexibilidad curricular y exenta de la burocracia gótica. En estos días de recortes, de planes fiscales, de moratorias a programas y de la “Santa Inquisición”, ¿a nadie se le ha ocurrido recortar el proceso burocrático que nos extingue?

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