Pedro Ortiz

Punto de vista

Por Pedro Ortiz
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La calma y la tormenta

El drama que vive el país en estos días se puede resumir con el paso de la tormenta Dorian, que ha culminado con su conversión en huracán justo en aguas de la vecina isla de St. Thomas, con la tragedia de un viejito de Bayamón que murió mientras trataba de asegurar su casa, la del grupo que quedó a la deriva en una embarcación de vela cerca de Culebra y daños diversos en las islas municipios de Vieques y Culebra.

Sin embargo, ese resumen nos dice poco sobre el otro drama, que se vivió de forma tormentosa o huracanada en las vidas personales, familiares y vecinales de millones de puertorriqueños. Unos vieron en lo que pasaba la amenaza de… ¡Dios mío, otro huracán! Otros sencillamente todavía no se han recuperado del anterior y sus casas –que se cuentan por miles- siguen mal protegidas con los dichosos toldos azules y en días recientes se informó finalmente que hay todavía más de mil derrumbes sin corregir. 

No hay confianza de que las reparaciones del sistema eléctrico, muchas de ellas hechas de prisa o sencillamente chapuceras, pudiesen haber resistido si la tormenta hubiera atravesado a Puerto Rico.

Si faltara algo para ver el lado duro de la experiencia, no es fácil olvidarse de que en 2017 tuvimos un huracán que causó relativamente pocos daños y pocos días después llegó el que causó mucha devastación en todo el país.

¿Y la calma? ¿Vamos a depender de que no ocurran las devastaciones de los eventos naturales para tener calma? ¿Hemos de predicar “sandeces” para engañar nuestros sentidos y adquirir una calma falsa y despiadada?

Nuestro camino por la vida en esta tierra está y estará plagado de tragedias. La verdadera calma, la que de verdad sirve de mucho, es la calma que proporciona la solidaridad de unos con otros ante las adversidades como la que estamos viviendo. 

Si tomamos las experiencias de la vida, las analizamos y buscamos cómo en ellas podemos promover el bien común, estaremos caminando por el camino de la felicidad aún en el sacrificio y surgirá la calma que necesitamos en el proceso. 

La calma no es lo primero sin hacer nada antes, es poner manos a la obra en el camino, a pesar de la tragedia y el trabajo común nos dará paz y calma en medio de la tormenta.  En este sentido, la oración y la vida espiritual; la verdadera, comienza con una pregunta sencilla y una determinación de aceptar lo que implica la respuesta. La pregunta que cada uno de nosotros puede hacerse es esta. ¿Cómo puedo ayudar?

Echarnos culpas unos a otros no es el camino. Ponernos a trabajar unos por otros, es un buen camino. Que con lo que suceda por el paso de este evento atmosférico nos sintamos felices por haber sido solidarios. 


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