César A. Rey Hernández

Punto de vista

Por César A. Rey Hernández
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La cara más perversa de la violencia

Saber que la sociedad puertorriqueña tiene que tolerar que un niño de cuatro años sea impactado por cuatro balas, y que en el descubrimiento de sus heridas se tropiecen con 156 decks de heroína en la ropa del niño, es una actividad perversa que la sociedad puertorriqueña no puede tolerar.

Hace más de una década tanto la Fundación Ricky Martin como la Universidad de Puerto Rico vienen investigando el fenómeno de la trata en Puerto Rico, algo que hace exactamente esos diez años parecía imposible en nuestro país. El saber que tenemos que soportar una economía de narcotráfico, que alimenta la sociedad puertorriqueña de múltiples maneras y que se lava en el cuerpo de niños y niñas de nuestro país, es vergonzoso para una nación que se hace llamar civilizada.

Indigna saber también que hace unos años, entre los casos reportados por el Departamento de la Familia figuró el de una madre que vendía su niña de dos años para sexo clandestino o que en nuestro descubrimiento de prueba en la investigación realizada advertimos de una niña que la prostituía su padrastro a los 11 años o un gatillero que comenzó en su actividad ilícita a los nueve años. Todas estas son suficientes razones para empezar a planificar de manera consciente una política pública de mayor respeto y efectividad para nuestros menores. Desde luego, no faltará el cinismo velado y quien piense que estos son actos exóticos de otros países que no ocurren en nuestro Puerto Rico.

Desgraciadamente esa es una realidad que tiene nuestro país de frente. Han surgido intentos y colaboración del ejecutivo y de la legislatura en momentos distintos para apoyar la condena de la trata. Igualmente debemos reconocer que se ha tipificado como delito en el Código Penal de Puerto Rico. No obstante, esto puede quedar en papel si no capacitamos a nuestros funcionarios que tienen que lidiar con la criminalidad de nuestro país y si no adoptamos códigos de intervención compartidos entre agencias que son neurálgicas para resolver este problema o si no levantamos un inventario de estadística creíble y atinada como debería tener cualquier país que se respete y respete a sus niños y niñas.

Es irónico que a la altura del 2020 todavía tenemos que soportar la escena de una mula en cuerpo de un niño de cuatro años que evidencia la explotación más descarada y descarnada que puede sufrir una persona y en nuestro caso, un casi infante en nuestro país. Sin eximir a los padres o tutores, también existen otros culpables directos: la sociedad que se hace de la vista larga e invisibiliza nuestras realidades fomentando falsos valores y condonando el mal uso del dinero. Miles de millones de dólares en corrupción son sustraídos descaradamente de agencias claves como el Departamento de Educación y otras, robándoles el futuro y la ilusión, su infancia y condenándolas a esta nueva esclavitud.

El fenómeno de la trata es un delito muylucrativo que representa la segunda industria ilegal más lucrativa en el mundo, generando anualmente más de $150,000 millones y convirtiendo a más de 50 millones de personas, principalmente a mujeres y niñas y niños, en víctimas de esta lacra social. La finalidad de este crimen es la explotación para la consecución de unos beneficios. Sin duda alguna que el caso en cuestión del niño de cuatro años convertido en mula de carga para el tráfico de drogas representa una de las caras más perversas de la violencia y por ende de la trata, que debe ser castigada bajo el delito de trata y no de otro delito.

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