Edgardo Rodríguez Juliá

Puertorro Blues

Por Edgardo Rodríguez Juliá
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La causa verde

El “estilo tardío” de grandes artistas y escritores ha provocado la curiosidad y reflexión de pensadores como Theodor Adorno y Edward Said. Por “estilo tardío” podríamos entender la manera en que el gran artista de las palabras o las notas, la línea, los colores o los volúmenes, asume para su oficio terminal cierta complejidad inusitada, hasta salvaje, que identificaríamos con sus años de disolución artística y acechante senectud. Se trata de un canto de cisne que sonaría, en todo caso, algo extraño y disonante al oído. Se dan como ejemplo los últimos cuartetos de Beethoven, también las últimas novelas de Henry James, la pintura de Picasso con el motivo del pintor y la modelo, la Suite Erótica 347, con sus grabados casi pornográficos. En la arquitectura escultórica a la Frank Gehry tendríamos que mencionar la Capilla de Ronchamp por Le Corbusier. El estilo tardío, en su feroz excentricidad, tiene algo de esa irresponsabilidad que identificaríamos con la demencia senil o la enfermedad terminal, esta vez la del tiempo.

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Me imagino a la agente literaria Carmen Balcells al recibir el manuscrito de la más reciente novela de Mario Vargas Llosa, titulada Cinco esquinas. La Balcells estaría postrada, agobiada por la diabetes, la obesidad y la edad. Apenas reponiéndose de los escándalos del divorcio, la escapada de Mario, a pocos días de fotografiarse junto a Patricia y toda su familia para celebrar los cincuenta años de casados —lucía triste en la foto—, aquella novela tiene que haberle despejado muchos de los achaques recientes: la prensa amarilla haría todavía más caldo con su escritor estrella, era la pareja, Isabel y Mario, en boca de todos y en el corazón de la chismografía. Aquella insólita vocación Hola en nuestro más reciente Premio Nobel la dejaba perpleja, pero no del todo. Jamás pensó, o concibió, semejante comportamiento en un gran señor latinoamericano tan aplicado al buen tono y una natural elegancia, señorío de aristocracia criolla, pensaría ella.

Se imaginó las burlas de los resentidos críticos, tan miserables con la verdadera fama… “Literatura en Viagra”… “El novel verde”… Pero es que hay algo en Mario… Después de todo, fue el muy señor latinoamericano que se atrevió a darle una bofetada al casi cafre caribeño de García Márquez. Ahora se precia de conservador y neo liberal, con un gusto por el sensacionalismo y una visión pesimista de la alta cultura occidental, que ha pasado del aforismo al Twitter. Recordó Carmen, con algún sobresalto, que actuó en su propia obra teatral disfrazado con una túnica a pesar de la advertencia de amigos y de la Preysler; como dijo Perón: “Del ridículo no hay regreso”.

Entonces, ¿cómo es que ha escrito esta escandalosa novela, tan deambulante por esa región fronteriza entre lo erótico y lo pornográfico? Elogio de la madrastra es una novela insulsa, gilipollas, al lado de esto… Ahora bien, ella recuerda algunos antecedentes latinoamericanos, como el de Carlos Fuentes, quien en la novela Diana o la cazadora solitaria describe, con todas las señas y los muchos pelos, los “suculentos” sesenta y nueve que se gozó con la actriz norteamericana Jean Seberg. Y ahí están también los relatos de aquel libro titulado El naranjo, escritos en un provocador y salvaje estilo tardío, ya llegando Carlos a los setenta… Sí, ella lo recuerda muy bien.

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En esta novela Mario regresa al Perú de Fujimori, a esa prensa amarilla —aparentemente tan limeña— que se nutre del escándalo y los traspiés sexuales de los poderosos. Pero nada, ahí está esa maestría —ya vista en La fiesta del chivo— para delinear los personajes, retratar la blandura vital e insubstanciabilidad de las clases altas, el duro resentimiento de los de abajo.

Lo del erotismo viene con la edad, y los entusiasmos por Isabel; eso se entiende: Es un erotismo disfrutado con la imaginación y reconsiderado, casi táctilmente, en los detalles. ¡Que se fastidie! La pornografía es reconquistada según los tiempos de la cólera por la frivolidad del mundo y la nueva profundidad que ha supuesto el descubrimiento de la Viagra. El 69 sigue asombrando a los más famosos escritores latinoamericanos.

Además, y valga el estilo tardío como esa complejidad inusitada y febril a la que antes hemos aludido: ahí está esa amalgama de voces peruanas y clasistas, tiempos coincidentes, y paralelos, que nuestro autor ensayó en la juvenil La casa verde, aquellas y éstos resueltos casi a la perfección en un delirante y a la vez armonioso contrapunto. Entusiasma la oralidad, una escritura con el oído puesto en los acentos y el vocabulario del Perú. De hecho, los peruanismos les dan autenticidad a diálogos a veces un tanto acartonados, en que las mujeres siempre suenan más veraces que los hombres. De todos modos, los diálogos nunca fueron el fuerte de la literatura del boom, Vargas Llosa fue en esto quien logró las mayores conquistas.

Y ahí está ese final sorpresivo y en elipsis, como dato escondido irresuelto, a la manera que él mismo señaló teóricamente en Historia de un deicidio. Esa elipsis, enigma que solo se resolverá con el parecer moral de cada lector, recala en una revelación muchas veces vista en la novela romántica: Es el momento en el que el afligido descubre que es el más aburrido; de ahí la infidelidad y deslealtad de los suyos, contagiados con la fiebre y la diversión de los “partouze” y los “ménage à trois”. Es como si el aburrido de Carlos, en Madame Bovary, tuviese un momento triunfal y final, apoteósico.

El escritor que escribe vestido con batín y viaja con baúles Vuitton a la Somerset Maughan, el sueño de celebridad cosmopolita finalmente cumplido para nuestra literatura regionalista, conserva ese lado salvaje que tanto estimó su maestro Flaubert, lado indómito y febril con que pretende zafarse del rigor y la disciplina del pequeño burgués que acude a su oficio diariamente. Es como un alma fugitiva, en fuga hacia la tierra deCockaigne.

Alegra ese estilo tardío de alguien que a los ochenta años se toma la escritura con toda gravedad, y fidelidad, sin escuchar los inciensos del Premio Nobel, o el chachareo de Hola.

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