Benjamín Torres Gotay

LAS COSAS POR SU NOMBRE

Por Benjamín Torres Gotay
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La chiringa volando

Cuando empezó a acalorarse el debate sobre el futuro de las escuelas públicas que operan bajo el método Montessori, la secretaria de Educación, Julia Keleher, declaró: “El sistema Montessori no se va a afectar. Todos los estudiantes que participan del programa continuarán en el mismo, pero en mejores escuelas”.

Parecía, por ese comentario, que lo Montessori es algo así como un pupitre. El alumno se sienta en su pupitre en esta escuela y, si dicha escuela la cierran, montan el aparato en una guagua pick-up, lo llevan al nuevo plantel y el siguiente semestre el muchacho va y se sienta y la vida con su Montessori sigue como si nada. Se veía tan fácil que algunos terminamos preguntándonos: si es tan y tan sencillo, ¿por qué no hay mil escuelas Montessori públicas?

La realidad, resulta, es un poquito más compleja. La secretaria Keleher seguro lo sabe y es que no lo supo o no lo quiso explicar. Pero la implantación de un modelo Montessori involucra un arduo proceso de adiestramiento y certificación de maestras y maestros, involucramiento de la comunidad y el desmontar mucho de lo que hasta ahora habíamos conocido como educación para darle paso a una experiencia de aprendizaje completamente distinta.

Del método suelen salir niños creativos, de pensamiento independiente, muy conscientes de cuáles son sus potenciales. No es un método que sirva a todo el mundo y no funciona si no hay voluntad en la comunidad escolar (estudiantes, padres, personal no docente) de acogerlo. Pero cuando se le acoge, se le deja madurar y da resultado, es de las mejores cosas que pueden pasarle a un niño y a una comunidad.

“Tarda como cuatro o cinco años en cuajar”, dice Ana María García Blanco, doctora en educación de la Universidad de Harvard, quien en 1994 creó la primera escuela pública Montessori en Puerto Rico, la Juan Ponce de León en el barrio Juan Domingo en Guaynabo.

Hasta 1994, solo en escuelas privadas había Montessori, a costos inaccesibles para la mayoría. Pero el ejemplo en Juan Domingo prendió y hay hoy 44 escuelas públicas que funcionan bajo este método, incluso en algunos de los sectores más desventajados, aislados o socialmente problemáticos, como las comunidades Cantera y Lloréns Torres en San Juan; en Patillas, uno de los municipios más pobres de la isla, y en Vieques, donde es muy difícil irse detrás de una pick-up hacia el lugar en que quieran montar otra Montessori.

¿Por qué estamos hablando hoy de las escuelas Montessori?

Hace poco más de una semana, la secretaria Keleher anunció una nueva ronda de cierres de escuelas, la segunda este cuatrienio y por mucho la más brutal de todas: por lo menos 283 planteles y quizás 305, no reabrirán sus puertas en agosto próximo. La profundidad del tajo, de verdad, estremece. Tras este machetazo, en la isla habrá poco más de 800 escuelas, unas 700 menos de las que había cuando la administración de Alejandro García Padilla comenzó el cuatrienio pasado a cerrar planteles.

Mirado en términos puramente matemáticos, la movida no carece de sentido. La población se ha reducido en más de 10% en los pasados 12 años. La de niños se ha reducido aún más, porque aparte de la emigración, los que nos quedamos nos reproducimos menos.

Las estadísticas del Departamento de Educación ofrecen un panorama de espanto. En el año escolar 1997-98, había 617,000 estudiantes en las escuelas públicas; el año en curso empezó con 319,000, una reducción de 48%. La secretaria Keleher estima que en agosto próximo habrá 38,000 menos.

Puestos los fríos números en un power point, la conclusión es inevitable: si hay la mitad de estudiantes, tiene que haber la mitad de escuelas. ¿Qué genio no lo vería así?

El problema es que cuando se trata de niños, los números no cuentan toda la historia. No hay manera de que puedan contarla. Uno puede encerrarse en un salón de aire acondicionado en Hato Rey, mirar un mapa de la isla y tachar una escuela aquí y otra allá y, en teoría, todo se ve balanceado y bonito.

El problema es que cada escuela tachada es el universo de un niño. Algunas son el eje de su comunidad. Otras lucharon titánicamente por ser lo que son. Hay niños que, si no es a una escuela en particular, a otra no pueden llegar. Habrá quien se sorprenda, pero los que venimos de barrio sabemos que esto es así: para algunas madres o abuelas no es negocio que el nene o la nena estén en una escuela a la que ella no pueda llegar a pie para velarlo y llevarle una maltita al mediodía.

Nadie puede negar que hay que cerrar escuelas. Pero a nadie le gusta que, desde lejos, sin preguntarle qué piensa, sin dejarlo presentar su caso, participar de la decisión, y encima de eso sintiendo intereses extraños revoloteando a su alrededor, le tachen el universo.

Volvamos las Montessori.

Son 44 escuelas excelentes. Los niveles de deserción son prácticamente inexistentes. El 85% de sus niños lee y escribe antes de primer grado. En la mayoría de las otras escuelas, eso no pasa hasta dos o tres grados después. Son la adoración de sus comunidades, que participaron de la construcción del proyecto, que se sienten responsables de sus triunfos y de sus agonías.

De las 44 Montessori, 15, el 34% del total, cayeron en la redada de cierres, incluyendo las tres de Vieques, la de Patillas y las de Cantera y Lloréns Torres, que no hace mucho era una de las escuelas más violentas de San Juan.

Cayeron porque, visto desde lejos, sin entender la particularidad de cada plantel, sin ver la historia de triunfo que cada una representa, sin ver todo lo que tuvieron que pasar para llegar a donde están, cumplen con el único criterio que se toma en cuenta aquí: tienen cerca de 150 estudiantes. Las Montessori no son las únicas escuelas excelentes, pero son el mejor ejemplo de la manera disparatada en que se está llevando esto.

La secretaria Keleher les ofreció integrarse al programa de escuelas charter. Las comunidades se negaron, porque ya funcionan muy bien. Llama la atención que, cuando se empezó a hablar de las charter, se decía que era “para mejorar escuelas”.

¿Cuál es el interés en tomar escuelas que ya son exitosas? ¿No sería mejor dedicar esos súper expertos que vienen a resolver todos nuestros problemas a alguna de las cientos de escuelas que no funcionan y dejar tranquilas a estas 44 que ya probaron que pueden?

El boricua, que sabe tanto, tiene dos frases que resumen muy bien el interés solo en las escuelas buenas: quieren la chiringa ya volando o el juey “saca’o”.

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