Benjamín Torres Gotay

LAS COSAS POR SU NOMBRE

Por Benjamín Torres Gotay
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La ciudad más insegura del mundo

“No se te ocurra sacar tu celular en la calle”. “No salgas de noche”. “No dejes ver que tienes dólares”. “No confíes en nadie”. “No te dejes matraquear (sobornar)”. “Caracas no es lo que era antes”.

Esas fueron algunas de las advertencias que recibí de personas queridas, en Puerto Rico y en Venezuela, cuando supieron que venía a este país a cubrir las elecciones presidenciales de este domingo.

Los que me conocen saben que soy lo que comúnmente llamamos un “despistao”. Regularmente ando por las nubes, casi del todo desconectado de lo que me rodea. Casi nada me perturba. No porque sea muy valiente, que no lo soy, sino porque, por mi despiste, atravieso situaciones de mucho peligro, pero sin darme cuenta.

Esta vez, lograron contagiarme del temor que mucha gente le tiene a este país.

No puede decirse que las razones no sean legítimas. Caracas, la capital venezolana, aparece consistentemente en cuanta lista hay de las ciudades más violentas del mundo. En el 2017, tuvo una tasa de 111.19 asesinatos por cada 100,000 personas, superado solo por Los Cabos, en México, en la que en el mismo año mataron a 111.33 por cada 100,000.

En el 2016, en Venezuela ocurrieron 60 asesinatos diarios, unos 21,900 en todo el año, para una tasa de 71 por cada 100,000 habitantes, según estadísticas del propio gobierno. El Observatorio de Violencia Venezolano, una organización no gubernamental, dice que fueron más: 28,468 asesinatos en el 2016. En el 2015, según la misma organización, fueron 27,875 asesinatos .

Para tener una idea de lo que significan estas cifras, téngase en cuenta que en sus peores momentos (2011), Puerto Rico, que es bastante violento, no ha superado nunca los 32 homicidios por cada 100,000 habitantes.

Son comunes también los asaltos, el “carterismo”, el robo de celulares, etcétera. En la novela The Night, del escritor venezolano Rodrigo Blanco Calderón, hay una escena en la que un taxista en motora le quita el celular a punta de pistola a su vecino de carril en un semáforo de Caracas. La pasajera del taxista se aterra, pero el asaltante le dice: “no te preocupes, mamita, que yo no asalto a mis clientes”. Me cuentan aquí en Venezuela que esa escena es una especie de leyenda urbana que muchos aseguran haber vivido.

Una vez uno está aquí, es fácil bajar la guardia. Este es mi segundo viaje a Venezuela y puedo decir sin que sea una exageración que no he conocido nunca a un venezolano que no sea amable, cordial y que cuando uno pide, por ejemplo, una dirección, no se esmere en darle a uno toda la ayuda que esté a su alcance, siempre con una sonrisa y un “vale” en los labios. 

Pero, de nuevo, otras cosas hacen a uno caer en cuenta otra vez y continuar con las precauciones: el colega Xavier Araújo  y yo llegamos a Caracas a la 1:00 de la madrugada y no apareció nadie dispuesto a recogernos a esa hora en el aeropuerto. “Está pelú transitar por Caracas a esa hora”, le dijo a Xavier por WhatsApp un amigo de los varios a los que preguntamos si podían recogernos.

Nos tocó, pues, dormir (o tratar de dormir) en el mismo aeropuerto. Nos toca organizar toda nuestra rutina de trabajo de manera que al caer la noche, cuando las calles de la ciudad quedan prácticamente desiertas por el miedo, estemos ya resguardaditos en nuestro hotel, esa muralla que nos protege de la difícil realidad de este desdichado país cuya historia queremos contar, pero no vivir. 

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