Carmen Dolores Hernández

Punto de vista

Por Carmen Dolores Hernández
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La ciudad que nos representa

La ciudad de San Juan guarda -en el trazado de sus calles, en la nobleza de sus edificios institucionales, en la gracia colonial de los residenciales, en sus plazas e iglesias - un récord de nuestra historia. En la solidez y elegancia de ese patrimonio edificado “leemos” el pasado. Comprenderlo le añade valor al presente y orienta el futuro. San Juan es la faz que nos representa ante el mundo.

El “viejo San Juan” fue rescatado durante los años cincuenta y sesenta de una obsolescencia inminente por un sanjuanero que dedicó los escasísimos recursos del naciente Instituto de Cultura a devolverle su vitalidad y recuperar su elegancia. Ricardo Alegría deploraba que las edificaciones monumentales más hermosas y significativas de la ciudad -y del país- estuvieran en manos estadounidenses, inaccesibles a los puertorriqueños, que no podían entrar al Morro (entonces “Fort Brooke”), ni a Casa Blanca, residencia de los Ponce de León, ni admirar el claustro del convento de los dominicos, sede de los Estudios Generales, primera institución de estudios superiores de la Isla. Estábamos al margen de nuestra propia historia, éramos extraños en nuestro suelo.

Muchos no vieron en ello el peligro de extraviar un destino propio. Miraron al Norte y solo vieron progreso, grandeza, brillo. “¡Hagamos un Nueva York chiquito!” dijeron. “¡Acabemos con lo viejo; demos paso a lo nuevo!” Ese paso entrañaba demoler el centro de San Juan para que entrara una gran avenida hasta la Plaza de Armas.

El hombre y la institución lograron detener aquel impulso suicida. Reclutaron asesores (Helen Tooker, Sebastián González García, Adolfo de Hostos, Rafael W. Ramírez de Arellano, Santiago Iglesias, hijo, y Fred Gjessing, entre otros); formularon planes; sentaron pautas de diseño; rescataron edificios y monumentos dedicados a usos militares, abriéndolos al público. No fue fácil conseguir que las Fuerzas Armadas traspasaran sus propiedades o el uso de estas al gobierno local. Se logró con el compromiso -ahora en entredicho por la miopía de dos partidos que solo saben gobernar en pequeño- de que se utilizaran para fines culturales o educativos, dignos de su importancia.

El pretexto para echar por la borda tantos esfuerzos alquilando el Asilo de Beneficencia, sede del Instituto de Cultura, para un hotel, es que no hay dinero para mantenerlo. Tampoco lo había en los cincuenta; hubo voluntad política. Entregar el Viejo San Juan a un turismo que puede ser efímero, quitarle la significación a las sedes históricas del país no es, en todo caso, la solución. Retornaríamos al momento en que los puertorriqueños no teníamos acceso a nuestra historia edificada. No somos nosotros para el turismo; el turismo es para nosotros (¿por qué no fomentarlo manteniendo mejor nuestras playas e instalaciones gubernamentales?)

¿Que otros países alquilan el patrimonio? Muchos tienen monumentos, iglesias, castillos y fortalezas de sobra; nosotros solo tenemos el Viejo San Juan. Las consecuencias de la política de alquiler están a la vista: la triste suerte del fuerte San Jerónimo, restaurado en 1957 como museo de historia militar, alquilado luego (o traspasado) al Caribe Hilton y hoy - anulado su valor patrimonial- cerrado y decaído.

¿Que no hay dinero? Es cuestión de prioridades. Lo hay para estatuas ridículas de presidentes estadounidenses; para plazas de creyentes y toda suerte de embelecos insensatos. Lo hay para asesores y ayudantes innecesarios. Mantener los edificios monumentales dignamente no es un gasto, es una inversión en el país y su futuro. Antes de alquilarlos para usos banales, optando por la vía fácil (y peligrosa: sentaría un precedente), busquemos soluciones alternas: hagamos campaña para salvar nuestra ciudad capital; apelemos a fundaciones locales e internacionales; utilicemos sus espacios para acoger a entidades culturales: teatros, librerías, cafés, tiendas especializadas, incluso locales para celebrar eventos. Se necesitan -hoy como ayer- visionarios que aprecien el valor del patrimonio edificado.

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