Alberto Varela

Tribuna Invitada

Por Alberto Varela
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La clase de 1963 de la UPR en la piel

Fue hace más de cincuenta años que los treinta y pico de estudiantes de aquel caluroso verano de 1959 plantamos pie por vez primera en los pasillos del Recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico (UPR). Luego de un nervioso recorrido llegamos a la primera clase de nuestra vida universitaria.

Aunque nuestras procedencias eran diversas y cada uno cargaba con su propia vocación, compartíamos los mismos sueños. Para quienes podían adquirirlos, vestíamos ropa y zapatos nuevos. Más que regalos, eran amuletos de protección entregados con feliz cariño por nuestros cuidadores. Eran tiempos buenos y la gente era buena. Compartíamos lo mucho o lo poco, las penurias y las alegrías. Era la regla de oro.

Los años corrieron rápido. Pasamos por innumerables salones, laboratorios y bibliotecas. Estuvimos en las manos sagradas de innumerables maestros. Se esperaba mucho de nosotros. El experimento funcionaba.

Ellos eran maestros deseosos de enseñar y nosotros estudiantes ávidos en aprender. Todo era producto de la gran visión de Jaime Benítez, rector y figura monumental, arquitecto de países y mentes.

Aunque estábamos allí para las ciencias, descubrimos que más allá de admirar los trabajos geniales de Mendel, Kepler, Avogadro y Mendeléyev, nos estremecía también todo lo humano que se encontraba en las artes, la filosofía y la historia.

La educación era excelente. Fuimos educados, no informados. Formados, no formateados. Llegada la graduación, cada cual tomó su propio rumbo. Viajamos. Nos casamos o no. Tuvimos hijos o no. Nos fue bien o nos fue mal. Tuvimos éxitos y también derrotas. Amamos. Fuimos correspondidos o no. Oramos. Tal vez los cielos nos escucharon o tal vez no.

Ahora que regresamos a nuestro origen, experimentamos una extraña sensación de júbilo entremezclado con melancolía. Es agridulce beber del agua del recuerdo y la nostalgia.

Hay una sorpresa. En cada encuentro con un compañero del pasado, nos tropezamos también con quien una vez fuimos. El amigo que éramos, el estudiante que aprendía, el joven adulto que soñaba.

Como si fuese un viaje regresivo en la máquina del tiempo, en nuestras mentes nos encontramos también con aquellos compañeros y profesores ya desaparecidos. No los olvidamos. ¡Pero ojo! Aunque nos decimos unos a otros que estamos de regreso, en verdad, nunca nos fuimos. Hemos estado viajando juntos por la vida. En la memoria, la hoguera de la amistad seguía ardiendo y habíamos permanecido alrededor de ella.

Fue por eso que en nuestros rostros brotó una enorme sonrisa cuando Kathy, la dulce joven de los insondables ojos azules que es hoy día la doctora González, nos llamó para conectarnos. Ella quiso reunirnos porque sabía que este encuentro era un eslabón indispensable para completar su ciclo de vida, que es también el nuestro.

Es mucho lo que los miembros de la clase del 1963de la UPR hemos recibido. Aunque es una deuda imposible de pagar, hemos tratado de saldarla. El periplo por la vida nos ha enseñado que no habíamos venido a la universidad meramente a aprender una forma de ganarnos la vida, sino también para conocer las enseñanzas que hacen posible el mayor de todos los privilegios: labrar el bien ajeno con desprendimiento y comprensión. Nada más importante. Es el final de todos los caminos.

Elevemos, pues, las copas del recuerdo a la Fuerza Suprema del Universo y demos gracias por esta extraordinaria oportunidad de vida y celebración. Todo ello resultado de una feliz coincidencia en tiempo y espacio donde nació la amistad que hoy nos ha traído hasta aquí y que nos ha permitido compartir sublimes momentos en este inescrutable mar, a veces turbulento y a veces plácido, que llamamos vida.

El autor es fundador y presidente de Inspira Mental Health Management.

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