Edgardo Rodríguez Juliá

Puertorro Blues

Por Edgardo Rodríguez Juliá
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La clase delincuente

La ilusión de país nos duró casi setenta años. No empezó en 1952, con la creación del Estado Libre Asociado, sino antes, en 1947, con la designación por el ejecutivo norteamericano del gobernador Piñero, el primer gobernador puertorriqueño. En 1948, con la elección de Luis Muñoz Marín como primer gobernador electo por los puertorriqueños, se fue consolidando lo que algunos puertorriqueños llaman el espejismo; quizás el ELA no ha sido nada perversamente engañoso sino una mera verdad a medias. En 1952 se aprueba el Estado Libre Asociado mediante asamblea constituyente, referéndum y el equívoco acomodaticio —sobre todo para el Congreso Federal— de un “compacto” supuestamente bilateral con los Estados Unidos. Ya en 1959, el creador del ELA intenta reformularlo bajo una fórmula de mayor soberanía. No tiene éxito.

Desde entonces, el gobierno de Puerto Rico mantuvo la convicción de que cierta lejanía respecto del Congreso, como siempre lo entendió y recomendó Muñoz Marín, era el camino para cuidar la dignidad del gobierno propio. Sería como un tácito pacto que suponía la no ingerencia en nuestros asuntos internos, el respeto a una constitución recién estrenada. El país quedaba a medio hacer y, lo peor, con entendidos a medias, además de una sarta de interpretaciones ideológicas y jurídicas, casi siempre de leguleyos y jurisconvulsos a la Hernández Mayoral. Tantas argucias nos han traído a la actual crisis, que no es solo fiscal sino de autogobierno.

Ahora bien, decir sin más que la colonia actual es la misma que en los tiempos de Winship, inclusive los del gobernador Tugwell, me parece un disparate, un escamoteo mezquino y deshonesto de nuestra historia reciente. Nos indigna la Junta de Control Fiscal precisamente porque por más de seis décadas no hemos vivido en la colonia clásica. Esto no valida el Estado Libre Asociado sino que meramente reconoce cuán complejo y contradictorio es el devenir histórico hacia la soberanía y la igualdad. Nadie sabe lo que ha tenido hasta que lo pierde, nos decían las abuelitas. La Historia es más bonancible con la realidad que se ha vivido que con las argumentaciones de una clase dirigente, en realidad delincuente, principalmente compuesta por abogados.

Esa clase delincuente, cuyo favorito juego político de manos ha sido el estatus, y cuyo norte no ha sido la descolonización sino el fratricidio en torno a las tres fórmulas, es la responsable del actual descalabro. Pero el canibalismo político no ha sido la única “marca” de nuestra clase delincuente. También podríamos mencionar el clientelismo político que convirtió el gobierno de Puerto Rico —que siempre debió mantenerse pequeño, conveniencia sobre todo para los estadistas— en un batatal inmanejable de empleos, en un saqueo de contratos para partidarios e incondicionales de las respectivas causas del PNP y del PPD Esto iría unido al gigantismo de un estado benefactor nada cónsono con nuestra productividad y que ha tenido como medida el mantengo histórico, los fondos federales para la educación, vivienda y alimentación. Es difícil entendernos como un país pobre cuando somos socios consumidores de la economía U.S.A. en un mercado cautivo, también su favorito recipiente de transferencias y dádivas. ¿Dónde estaban los economistas? Send in the clowns! ¿Dónde estaban los secretarios de Hacienda para pronosticar la tormenta perfecta del descalabro fiscal? Desde que cumplí los treinta años, los economistas han hablado de “la necesidad de un nuevo modelo económico”. ¿Dónde estaba, a todo esto, el conocimiento y la sabiduría de la Universidad de Puerto Rico? La clase delincuente ha tenido como cómplice nuestra desidia, o nuestras agendas escondidas. Pensábamos que la desaparición del Estado Libre Asociado sería una gran victoria para casi todos los puertorriqueños, sin prever que el E.L.A. es un estatus muerto y una conveniencia todavía viva.

Bernier con su plebiscito “Estadidad Sí o No” busca el cheque en blanco que siempre ha manipulado el P.P.D. Debería ir pensando interrogantes históricas, como explicarnos cómo será compatible una Libre Asociación no colonial con la ciudadanía norteamericana y los veinte mil millones anuales en fondos federales. El PIP debería reconocer que bajo la Independencia necesitaríamos un período de transición para mitigar la pérdida de las asistencias federales. ¿Qué será de la ciudadanía norteamericana para la descendencia de los puertorriqueños? ¿Cómo resolveríamos el problema de una nacionalidad dividida entre los del Norte y los de la isla, con una doble ciudadanía y la ambición del libre tránsito? ¿Votarían los del Norte en un plebiscito Independencia Sí o No? La tarea del estadoísmo es colosal, y no es solo convencer al americano feo del trumpismo, y el tea party, de la conveniencia de un estado “latino”, sino pagar impuestos federales que también tendrían que obtenerse de una clase contributiva cada vez más pequeña. Son tareas monumentales; nuestra clase delincuente simplemente no está a la altura de esos retos.

Si estamos en contra de la Junta de Control Fiscal en algo validamos el hecho de que sí hemos tenido algún tipo de soberanía bajo el ELA. Si fuéramos país independiente, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial nos dictaría la austeridad, como en Grecia. Una clase rapaz y delincuente nos ha llevado a la humillación de perder la poca soberanía que teníamos. Ahora le toca a la dirección de los tres partidos luchar por su independencia ante la Junta de Control Fiscal y así validar sus ambiciones electorales.

Cuando Pierluisi vota a favor de la Junta de Control Fiscal dice: “Puerto Rico no ha cedido ni perdido nada, pues nunca hemos sido soberanos”. Entonces, ¿por qué sentirnos humillados por la maldita Junta? Esas palabras de Pierluisi también las podría repetir Rubén Berríos.

Por cierto, ¿por qué votó el Partido Independentista Puertorriqueño en contra de la llamada “ley de quiebra criolla”? Sería la misma lógica perversa que lo llevó a votar en contra de la ley que creaba el Instituto de Cultura Puertorriqueña en 1955. Para el PIP la soberanía es indivisible y se tiene toda de una sola vez, aunque sea punitiva, como la del proyecto Tydings, o la que vislumbran a la vuelta de la esquina.

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