Antonio Quiñones Calderón

Punto de vista

Por Antonio Quiñones Calderón
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La colonia olvidada de Estados Unidos

Antonio Weiss, principal investigador del Center for Business and Government de Harvard Kennedy School y exconsejero del secretario del Tesoro federal, y Brad Setser, investigador principal de Economía Internacional del Consejo de Relaciones Exteriores y exsubsecretario adjunto de la misma agencia federal, acaban de publicar un sesudo ensayo en la más reciente edición de la prestigiosa revista Foreign Affairs Latinoamérica (volumen 19, número 4, octubre/diciembre 2019), bajo el acusador título: La colonia olvidada de Estados Unidos / Cómo terminar con la eterna crisis de Puerto Rico. Aunque en su ensayo no hacen sino reiterar las nefastas limitaciones políticas, sociales y económicas –yo agregaría que hasta humanas– inherentes al actual estado político colonial de Puerto Rico, el hilo conductor con que tejen su artículo, y el conocimiento que evidencian alrededor del tema, constituyen una aportación de preclara aportación a la discusión de un asunto que merece que –por fin, y de una vez por todas– encuentre la solución que demanda, para la afirmación de la dignidad política de 3.2 millones de ciudadanos estadounidenses, como dicen ambos, “sujetos a las leyes federales (que) pueden ser llamados a filas (del Ejército), pero no disfrutan los mismos derechos políticos que sus compatriotas”. Quienes, además, exponen, pueden votar en las elecciones primarias para nominar candidatos a la presidencia de su nación, pero –ironía sarcástica, digo yo– luego no pueden votar por el aspirante que han nominado.

Los autores del ensayo inician advirtiendo cómo restan aun algunos –planteo que insertados en el sector inmovilista y colonial del popularismo con la mano suplicante al amo– que no acaban de entender la relación directa y apabullante de la economía local con el coloniaje prevaleciente. A esos efectos hacen referencia al devastador huracán María de 2017, con sus miles de muertos y desplazados, millones sin electricidad y pérdidas económicas ascendientes a casi $90,000 millones, puntualizando que “conforme crecía la cuenta de los daños y la inadecuada respuesta del gobierno estadounidense, pocos notaron la causa última de las malas condiciones de Puerto Rico: que, para fines prácticos, aún es una colonia de Estados Unidos”.

Apuntando certeramente al dato indiscutible de que somos los puertorriqueños quienes tenemos que, y debemos, decidir el futuro del territorio no incorporado de Puerto Rico, Weiss y Setser hacen una puntual advertencia al gobierno federal. “Para que Estados Unidos –es la advertencia y la admonición– se mantenga como vocero de la democracia y la autodeterminación en el escenario internacional, debe acabar con su injusta relación con Puerto Rico y con el dañino purgatorio que representa su estatus político”. Sí, porque ese es el real purgatorio en que se encuentra Puerto Rico.

Es de rigor, entonces, salir del tormento político que representa –y castiga– el prevaleciente estado político colonial, con el ingreso a la Unión federal en igualdad de condiciones, ampliamente favorecido en las dos últimas consultas, sin cerrar la oportunidad de decisión a la opción de la separación, con la que –hay que decirlo todo– podría conseguirse también igualdad… en la distribución de la pobreza.

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