María Bird Picó

Punto de vista

Por María Bird Picó
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La consigna no dicha: no hay prisa

No hay prisa, anuncia el muchacho mientras espera pacientemente que termine de pagar por la compra en el supermercado. Minutos más tarde, con un ademán de la mano, el conductor del carro que aguarda por mi estacionamiento me deja saber lo mismo: no hay prisa. Y en un paseo en carro por Piñones para disfrutar del paisaje, el olor a salitre y la vista al mar, ningún carro trata de rebasarnos a pesar de nuestra velocidad de tortuga. La consigna no dicha: no hay prisa. 

Sonrío pues no he dejado de pensar en esa palabra desde que comenzó la cuarentena hace dos meses. 

La palabra prisa es mi brújula, el motor para cumplir con una ambiciosa agenda diaria, quizás para despejar cualquier duda de mi capacidad para exprimir productivamente cada minuto del día a manera de justificar mi espacio en nuestro planeta. Y de la noche a la mañana, mi mundo se derrumbó cuando se desvaneció esa necesidad tiránica, imperiosa. Atrás quedaron las fechas de entregas, y el afán de resolver problemas y cumplir tareas mientras maniobraba horarios, distracciones, tapones, apagones, egos, citas, exigencias laborales y burocracia.

No lo niego: una larga lista de tareas y actividades fue el timón de mis horas diurnas durante las primeras semanas de la cuarentena. Levantarme a la misma hora de siempre para organizar o limpiar la casa, sesiones de ejercicios y yoga, clases virtuales, recetas nuevas (algo ambicioso para alguien que no disfrutaba de la cocina), la compra de alimentos, práctica de la guitarra, escribir y apoyar a mis tres compañeros de confinamiento. Hasta que hace una semana me levanté con la pregunta: ¿cuál es la prisa? 

Lo cierto es que no hay nada que cumplir. Y descubro que todo puede esperar, todo sobrevive la pausa. El mundo no se desmoronará si no tomo la clase hoy, si el cuerpo descansa, si las decisiones se postergan, si no termino el crucigrama o si el teclado de mi computadora enmudece. La vida seguirá su curso si no adquiero nuevos conocimientos o si sucumbo a la siempre latente tentación de ser una espectadora más. Y cuando la duda asalta, una fuerte dosis de noticias y recorrido rápido por las redes sociales me sacude con el recuerdo de que cientos de millones de seres humanos alrededor del mundo han puesto también en pausa el afán de sobrevivir y cumplir tareas o metas en este doloroso momento histórico. 

Sin el yugo de la prisa, despierto cada mañana con muchas preocupaciones, y frustraciones por la imposibilidad de trabajar. Pero sin la presión de tiempo, me gozo el lujo que sea mi cuerpo, y no una alarma, el responsable de determinar cuándo romper frío con la tibia cama. Me levanto al fin seducida por la promesa del tazón de café, el periódico, el crucigrama, y la revelación que no hay que salir corriendo o encender de inmediato la computadora. No hay prisa, me repito, mientras saboreo una segunda tazade café para regodearme en la inmensidad de la calma, palabra que poco a poco me seduce. 


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