Antonio Quiñones Calderón

Punto de vista

Por Antonio Quiñones Calderón
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La convención retro del PPD

Me dicen que fueron unos 1,729 delegados (1,503 menos de los que se esperaban por reglamento) a la convención retro del Partido Popular el domingo 13. Fue una asistencia promedio de 345 por cada uno de los cinco aspirantes a síndico(a) liquidador(a) del partido. El partido del que todos sus adeptos (unos públicamente y otros a lo sucosumuco en las barras del hotel) denunciaron la pérdida de su esencia de los lejanos años de los 1940. Me dicen cómo se podía palpar en el ambiente la triste nostalgia de los líderes populares (lo de líderes es un decir) por el partido venido ahora a una mera entelequia, un simbolismo del pasado. 

Un partido, como diría el mismísimo Muñoz Marín, que sigue mirándose en un espejo que hace tiempo descolgaron de la pared. Un partido que sus propios críticos se comprometieron con recomponer, centrados en las soluciones de aquella época para unos problemas propios de un nuevo siglo, muy distintos a los del siglo anterior. Aun sin ser específicos en sus propuestas, la generalización en que se regodearon en sus discursos los aspirantes a ejercer la sindicatura del partido de la Pava (¿se acuerdan de esa figura?), constituyó un monumento a su pasado. Fue, en efecto, una convención retro por todo lo alto.

Lo que no vi por ninguna parte fue que alguien -principalmente quienes aspiran a la sindicatura popular- propusiera alguna idea novel, alguna solución coherente y transformadora que sirva para solucionar, o cuando menos aliviar, los problemas actuales. Fue más de lo mismo. Vi, sí, que volvieron a tratar el tema del desarrollo económico, sin aportar siquiera un átomo de propuesta de una fórmula de economía sustentable que no fuera la basada en la principal estrategia social y económica del popularismo: la política pública de la mano extendida, la del colonizado sumiso que lo espera todo del colonizador. 

Así que, como ocurre con todos los partidos populistas, vi que quienes fueron autorizados a hablar a sus seguidores (después de la cartilla que les leyó el presidente nominal en funciones), aludieron a los diagnósticos de los problemas, pero ninguno a sus soluciones coherentes. Claro está, esperar eso era ilógico, desde luego. A los consentidores, y amantes, de la colonia, ese trabajo de pensar, proponer e implantar estrategias de desarrollo es sucio difícil. Para eso están quienes tienen el poder efectivo de la soberanía del territorio.

Tan retro fue la convención popular del domingo pasado que usted podía cerrar los ojos y ver la película que, con sus discursos y seminarios, proyectaron sobre el problema colonial del territorio: solo cambió el elenco. La trama fue la misma: exigencia de igualdad económica con los estados, para salud, para educación, para carreteras, para desarrollo económico. Pero hasta ahí: ¿igualdad en la ciudadanía, incluyendo la franquicia electoral completa? Nadita de nada.

A nadie se le ocurrió preguntar a dónde debería mandarse a quien le diga que la dignidad de una sociedad, como la de sus ciudadanos, se resuelve con dólares y centavos.

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