Esteban Pagán Rivera

Prórroga

Por Esteban Pagán Rivera
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La Copa del Mundo será la radiografía de nuestro baloncesto

Cuando Puerto Rico conoció sus rivales para la Copa del Mundial 2019 tras celebrarse el sorteo el pasado mes de marzo, todos celebramos.

No fue un mal sorteo. Puerto Rico quedó en el Grupo C con España, Túnez e Irán. En el ranking mundial, solo España nos aventajaba. Todos soñábamos con volver a la segunda ronda por primera vez desde Indianápolis 2002.

Sin embargo, todo se ha derrumbado. La plantilla se ha desinflado con las ausencias de John Holland y Tyler Davis, y el ya tradicional desplante de los enebeístas Maurice Harkless y Shabazz Napier. De repente, estamos en China con el mismo equipo que nos cargó en las ventanas clasificatorias; una plantilla que hizo el trabajo en el continente americano, pero que podría verse superada en muchos aspectos a nivel mundial.

Ayer, en un power ranking realizado a base de los resultados de fogueos, la FIBA nos colocó como el tercer peor equipo del torneo, 30 de 32.

No se puede esconder que nuestra Selección Nacional masculina ya no carga con el brillo de antaño. Desde que José “Piculín” Ortiz se retiró, no hemos clasificado a unos Juegos Olímpicos ni hemos pasado a una segunda ronda del Mundial.

En el 2019, algunos insisten en ver a Puerto Rico como una potencia mundial del baloncesto. Vivimos del ranking mundial, en el que ocupamos la posición 16 y —en papel— somos superiores a países como Turquía (17), Canadá (23), Irán (27) y Túnez (51), estos últimos dos rivales de grupo en el Mundial.

También vivimos de logros recientes que nos aumentan la autoestima, como la sudada victoria contra Uruguay en el Clemente para clasificar al Mundial, la medalla de oro en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Barranquilla 2018 y la plata en los Panamericanos de Lima 2019. Son triunfos que momentáneamente celebramos y nos hacen pensar que todo está bien con el baloncesto. Pero cuando se analiza objetivamente el contexto de esas conquistas, caemos en cuenta que una medalla de oro centroamericana no nos hará un rival más fuerte en un Mundial.

Este Mundial nos servirá como una prueba de resonancia magnética para nuestra Selección Nacional masculina. De fallar en obtener la clasificación a la segunda ronda, ese fracaso debe ser el puntillazo final para aquellos que todavía creen que somos potencia en el baloncesto internacional, y un llamado contundente a comenzar a dejar de vivir del pasado.

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