Benjamín Torres Gotay

LAS COSAS POR SU NOMBRE

Por Benjamín Torres Gotay
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La coraza y el llanto

En los primeros días de octubre de 2016, me tocó ir a Haití a cubrir el paso por allí del huracán Matthew. Vi la inconmensurable tragedia que vivían miles de desdichados que no tenían casi nada y perdieron lo poco que era su todo.

Vi filas interminables de casuchas destruidas, comunidades enlodadas. Se sentía el olor a muerte. Caminé las calles llenas de gente hambrienta, sedienta, enferma, gente a la que ya no le quedaba, según me dijo un sacerdote en Les Cayes, “ni la esperanza”.

En un refugio en Petit-Goaves, encontré a cientos de desamparados, incluyendo niños y niñas, hacinados en salones sucios, malolientes y oscuros, con solo el piso para dormir. No tenían agua y la comida no daba para todos.

Llegábamos el fotoperiodista Xavier Araújo y yo, y los desesperados nos rodeaban, nos agarraban de las manos, nos imploraban. Al periodista le toca seguir. Observa, escucha y sigue. La manera en que ayudamos es contando para el que tenga que oír, oiga y se mueva.

El periodista está en contacto continuo con la desgracia y para poder seguir uno tiene que ponerse una coraza que nos proteja de los flechazos de dolor entre los que caminamos. Uno se convierte en una máquina. El combustible es la adrenalina. Si uno se derrumba, no puede contar. Y si no puede contar, no aparece quien de verdad pueda ayudar.

Tiene que hacerse en estos casos un delicado balance. Hay que acercarse lo justo como para que haya la empatía, que es la que motiva la respuesta, pero, al mismo, se mantiene la distancia apropiada para no convertirse uno en la historia y perder efectividad.

Sin embargo, hay, a veces, relámpagos que abren pequeñas grietas en la coraza. Uno se descuida un solo y diminuto instante y, ya, se dejó tocar.

En Petit-Goaves estaba Dorsan Última (así me escribió el nombre el traductor en la libreta). Tenía 38 años y era madre de siete niños. No sabía de su marido desde el huracán. Había perdido su casa y estaba en el refugio con todos sus niños. La más pequeña tenía solo 15 días. La contemplé. Estaba flaquita. Se veía frágil, aletargada. Se pegaba sin mucha fuerza de una teta flácida.

No estaba limpia, pues no había cómo asearla. No pude evitar que, como una sustancia venenosa, me inundara el alma la certeza de que, en las condiciones insalubres que había en ese tugurio, en ese país donde todavía son comunes el cólera, la malaria, la tisis, muchas otras enfermedades mortales, la niña seguro pronto iba a enfermar y morir.

Sufrí una sacudida.

Me aparté un momento hacia un rincón del patio donde no había gente. Mirando al vacío, me abandoné unos minutos al estremecimiento, al dolor, a la impotencia, a la rabia. Pasó rápido. Respiré profundo, me reacomodé la coraza, le apreté las tuercas, los goznes y los resortes, y seguí.

Veinticuatro horas después de salir de Haití, Xavier y yo estábamos con nuestro colega Dennis Rivera Pichardo en el Bar Sabina, un pub de moda en la parte antigua de Santo Domingo, bebiendo, oyendo música, hablando de la vida y del periodismo, que para nosotros demasiado a menudo son lo mismo.

La desgracia de Haití era ya un eco distante. Me perturbaba a ratos la imagen de la bebé, pero me ocupaba rápido de otras cosas. Di mi misión por cumplida cuando un par de días después, en una conferencia de prensa en San Juan sobre una iniciativa de ayuda a Haití desde Puerto Rico, un empresario dijo que se sintió motivado a cooperar tras leer mis despachos desde el lugar de la tragedia. Eso me hizo sentir que mi cobertura tuvo un valor tangible.

Justo un año después, llegó María.

Y la coraza no sirvió para nada.

María le arrancó la piel a Puerto Rico. Lo derribó. Le fracturó las coyunturas. Lo dejó atolondrado y atónito. Nos dejó atolondrados y atónitos a todos. Como de costumbre, me puse la coraza, bebí adrenalina y me lancé a trabajar. Laboré por horas y días corridos, como una máquina, con cierto carácter obsesivo.

Vi la destrucción, desde el cielo, antes de que se recogieran los escombros. Las calles inundadas o enlodadas. Los negocios destruidos. La gente perpleja, adolorida, incrédula. La vida quebrada por la mitad. Vi un país que lloraba lágrimas ardientes. Me sentí estremecido hasta lo más hondo por la visión de los campos desnudos y arrasados, como si los hubieran quemado.

Contaba las historias de los desamparados, de los que habían perdido sus casas, de los que no sabían qué iban a comer al día siguiente, de los olvidados. Regresaba a mi casa ya bastante entrada la noche.

Mas, contrario a Haití, no había escapatoria. No había Bar Sabina en el cual refugiarse. Cubría el desastre y al terminar de trabajar volvía al desastre.

Mi casa no sufrió daños. Pero, como todo el mundo, no tenía luz, ni agua. Durante las primeras semanas, ni planta. No sabía de mis familiares de fuera de la zona metropolitana. Mi esposa y mis hijos hacían largas filas por gasolina, gas, hielo, comida y dinero en efectivo. No siempre se conseguía. Más de una vez, no hubo en mi casa nada frío para tomar, ni nada caliente para comer.

Sé de compañeros periodistas que sus casas o se inundaron o resultaron destruidas y no dejaron de trabajar.

En las noches, en medio de la oscuridad y el calor, se me hacía difícil conciliar el sueño. Cerraba los ojos y me abrumaba el eco de los hambrientos, de los desesperados, de los muertos.

Nunca, hasta hoy, he dicho esto a nadie: varias veces, en la oscuridad, sin poder evitar pensar en lo que había visto, en la magnitud de la destrucción, en la certeza de que había gente pasando hambre y muriendo por falta de atenciones, en la lentitud de la respuesta oficial, en todo lo que mi adorada isla había perdido y tardaría tanto en recuperar, tuve episodios de agobiante ansiedad y dificultad para respirar.

Nunca consulté a un médico, pero entiendo que fueron ataques de pánico. En 24 años de periodista, nunca me había pasado nada parecido.

Una amiga a la que una vez le conté que en las noches ocasionalmente me sentía agobiado, me preguntó si había llorado por María. Me fingí guapo, le dije que los periodistas no lloramos y le hice el cuento de la coraza.

Sigo sin llorar a María.

Quizás, por eso el dolor. Quise contar esta historia al cumplirse ya el martes seis meses del huracán, a ver si se me da el llanto. Otro día les digo si pasó.

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