Wilda Rodríguez

Tribuna Invitada

Por Wilda Rodríguez
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La corrupción que asombra

Es alucinante la capacidad que parecemos tener para asombrarnos y acoger como exclusivo nuestro estado de cosas. Ignorar los referentes de nuestra situación nos lleva a análisis simplistas sobre asuntos que en el resto del mundo ya son disciplinas de estudio y debate profundo.

Una semana plétora de situaciones críticas nos devuelve a mirarnos el ombligo como si solo nosotros tuviésemos uno. Eso parecería, ¿no?

Pues no. Este simplismo es premeditado. Si no es ignorancia, es intencional. Meter al País en discusiones triviales es parte del esquema. Hay analistas ignorantes y parcos en cultura política que no pueden ofrecer lo que no tienen. Pero, en su mayoría, su misión es mantener el debate público en lo llanito.

Me impactó mucho el artículo de Benjamín Torres Gotay sobre la pobreza cada día más evidente en los pueblos del centro del País. Sobre todo cómo lo ignoró la mayor parte de los forjadores de opinión pública. Ya no es cuestión de decir que es producto de la crisis económica. Habría que hablar del aumento en la desigualdad social que preocupa a las mejores mentes del mundo entero, del concepto pervertido de la democracia, del poder político que ha secuestrado el capital financiero, de la debilidad del estado de bienestar, y de lo que ya se conoce como el delito económico contra la humanidad —una concentración de riqueza incompatible con la democracia y el fortalecimiento del poder de los que crean la crisis y la solucionan a su manera para crear la próxima.

Nos acogen al discurso del poder económico de que no hay otra manera posible de vivir, de que nos hemos metido nosotros mismos en este atolladero, de que tenemos que dejarnos llevar y todo caerá en su sitio.

Nos preguntamos también esta semana cómo es posible que haya gente cayendo en los mismos esquemas de fraude que han fracasado antes. Pero no nos atrevemos a entrar en el debate de la corrupción colonial como un fenómeno harto estudiado. Tendríamos que citar a Fanon y a Memi. Tendríamos que hablar de Argelia, por ejemplo. Y eso aquí no se hace.

Hablamos de si la democracia es de los que votan o es de todos, como si eso fuera un debate nuevo. La desvinculación del pueblo como protagonista de la democracia se viene discutiendo hace más de un siglo, precisamente como gestora de la desigualdad rampante que permite que el 1% de la gente controle el 60% de los bienes del mundo.

Hablamos de que la metrópolis juega con los sentimientos de los estadistas y los colonialistas y no hablamos de por qué lo hace. Por dinero. Lo que le dicen es que inviertan más en los políticos norteamericanos. Más “fund raisers” para que puedan continuar alimentando sus carreras políticas electorales como administradores de la colonia. Pero eso sería hablar de la democracia desvirtuada de la gran nación que se precia de ser su líder. Eso sería hablar de la tesis de la colonia permanente que se forjó en Harvard para fines del siglo 19. Eso sería hablar de la necesidad de soberanía y esas cosas.

Mejor hablar de encuestas y por cientos cuando habría que hablar del bombardeo ideológico del capitalismo y cómo lo están enfrentando otras sociedades contemporáneas.

Porque lo enfrentan. No todo está perdido. La gente a la larga se da cuenta de que todo no va bien.

Y surgen cosas como la banca ética, algo que en Puerto Rico ni se huele, pero está ya desarrollándose en otros lugares como respuesta al capitalismo salvaje. Una banca dirigida a la actividad económica no especulativa, a la generación de bienes y servicios. Ya eso existe. Podemos asombrarnos de algo bueno.

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