Juan Zaragoza

Tribuna Invitada

Por Juan Zaragoza
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La cosa no es como antes

Antes de la independencia del Líbano en 1943, las calles en muchas de sus ciudades, particularmente Beirut, no estaban identificadas por un nombre o un número. Las calles y avenidas se identificaban por referencia a alguna familia distinguida de la época o algún monumento. Luego de la independencia, un comité nombrado para esos propósitos le asignó formalmente nombres a las calles y avenidas.

Más de 70 años después, todavía el movilizarse por la ciudad por referencia y no partiendo de nombres oficiales, sigue siendo una característica típica de un verdadero “Beiruti”.

En esencia es un sistema que depende y funciona, no gracias a la tecnología del GPS, sino a la memoria colectiva de los residentes.

A miles de millas de distancia, acá en esta isla del Caribe descontrolado, parece que al igual que en el Beirut de hoy y el Puerto Rico de ayer, reviviremos la costumbre de las direcciones por referencia. Costumbre que sobrevive hoy solo en áreas rurales de nuestra isla, pero que veremos resurgir en las áreas urbanas; no como resultado de eventos bélicos, sino por una naturaleza que nos pasa factura.

El día después del huracán María, transitando por la avenida Las Cumbres, con la mayoría de la señalización destruida y en el piso, me sentí desorientado. Fue así, aún transitando por una ruta que he tomado miles de veces a toda hora del día. Ante la confusión, mi cerebro parecía decir: “sin señales no hay paraíso”.

Mi desorientación fue mayor aún en ausencia de la frondosa vegetación que hasta hoy adornaba la ruta y que vine a descubrir cuando esta yace en el suelo. Era vegetación que, para mi sorpresa, inconscientemente servía como brújula para dirigir mi camino.

Ahora solo me queda recordar que tengo que dar una derecha o una izquierda en algún restaurante de comida rápida o algún edificio comercial.

Así me imagino que estarán cientos de carreteras en esta tierra azotada, provocando en choferes y caminantes durante las próximas semanas y meses desorientación y duda. Sin contar con las carreteras cerradas por derrumbes o inundación, que provocan desvíos por rutas desconocidas.

Esto, añadido a la destrucción, la desolación de estructuras y la pérdida de vidas, sirve de segundo aviso, esta vez a quemarropa, de que todo en esta isla cambió y nosotros con ellas.

Es como si no nos hubiese bastado con irnos a la quiebra hace unos meses y necesitáramos otra señal de allá para entender que, como cantaba Ismael Miranda en aquella cadenciosa salsa, “la cosa no es como antes”.

Así de clarito… no es como antes, o peor aún, no es como nos hicieron creer que era “enantes”.

Es tiempo de solidaridad, tolerancia y empatía. Además, es buen momento para pensarnos como individuos y como país. Ojalá esta oscuridad, que nos acompañará por buen tiempo, nos alumbre la mente y el entendimiento.

En la historia de la humanidad, hasta hace muy poco, la oscuridad era la norma y no la excepción. Grandes cosas se han pensado a oscuras. Aprovechémosla pues.

De hecho, la de estos días me recuerda aquel haikus de Benedetti: “Los apagones/permiten que uno trate/con uno mismo”.

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