Angie Vázquez

Tribuna Invitada

Por Angie Vázquez
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La crisis de la esperanza

La sabiduría popular de muchos pueblos del mundo sentencia que la esperanza es lo último que se pierde. Cuando se desvanece, no quedan muchas razones para vivir porque el que no espera nada, nada busca y esa inmovilidad es una especie de mala muerte en vida. En su origen la palabra proviene del latín “sperare” que significa esperar. Y esa espera es prospectiva y dinámica. O sea, que debemos mirar y movernos hacia al frente.

Para muchos, la esperanza es parte de sus aprendizajes religiosos sobre las principales virtudes teologales cristianas (fe, esperanza y caridad), herramientas fundamentales para la salvación del alma. Para otros, como en las ciencias psíquicas, la esperanza es una forma especial de actitud mental, también aprendida, que sirve de motor incentivador en la búsqueda de mejores cosas futuras que optimicen o corrijan el presente y el pasado. Es una herramienta fundamental de la resiliencia psicológica, un recurso mental positivo de superación y un importante motivador intrínseco que nos ayuda a darle continuidad a la vida a pesar de las adversidades.

No creo que exista un ser humano que no crea en el valor de la esperanza a pesar de tantos desesperanzados en tiempos presentes. Sin duda fue, y es, una de las construcciones cognitivas filosóficas, no solo teológica, más nobles y útiles para la Humanidad. Se transforma en un estado de ánimo constructivo que combina otros elementos importantes de la conciencia que trabaja hacia el optimismo. La esperanza es, pues, una mezcla de deseo (lo que se aspira) con una idea (lo que se aprende a desear) y ciertos comportamientos específicos (lo que se hace para lograr el objetivo deseado). Entonces, la esperanza no es un deseo solitario y pasivo sino una predisposición actitudinal, un acto de voluntad, una postura ante la vida que requiere transformación hacia la acción y la búsqueda de resultados.

La esperanza tiene que producir efectos porque su fracaso lleva a la desesperanza. Dice el refrán que el que espera, desespera. La desesperación, por regla general, es negativa. Desestabiliza el estado ordinario de bienestar. Es un estado de carencia y, como tal, de vacío. Se convierte en una condición sine qua non de incomodidad que puede producir emociones negativas como ira, impulsividad, desmoralización, ansiedad, tristeza y despersonalización, entre otras.

La desesperanza agudiza terribles sentimientos de soledad, desamor y vulnerabilidad. Debilita nuestra capacidad de experimentar alegrías. Estados prolongados de desesperanza pueden nublar la visión de futuro y alejarnos del razonamiento correcto para solucionar problemas de la forma más ética (sociable) posible.

Vivimos en un mundo donde reinan los discursos de defensa a la imposibilidad: que no es posible el buen amor, la buena amistad, el buen trabajo, el buen vecino, la buena sociedad, la buena vida. Anárquicamente todo se vuelve igual porque nada es esperanzador y da lo mismo lo malo que lo bueno. Esta grave confusión nos aleja del equilibrio teleológico. El sentido de la vida es cada vez más difuso y escurridizo. La responsabilidad cada vez más débil. La corrupción, apestosa lacra social que surge del fracaso de los viejos modelos del siglo XX, alimenta la desesperanza y fertiliza los contravalores. No se puede creer en nadie ni en nada, dicen. Hemos llegado a la peor de las crisis epistemológicas de la Humanidad. Bien decían los humanistas del siglo XIX que el nuevo siglo traería un ser humano más solo y angustiado que nunca antes.

El objeto de nuestra esperanza puede ser real o imaginario; posible o idealista. Debemos madurar para discernir bien entre uno y otro. Kant hablaba -optimistamente- de nuestra inmensa posibilidad de ser felices si mirábamos el mundo desde nuestra capacidad de voluntad racional.

Nos acercamos a nuestro objeto de esperanza cumpliendo con la moral humana, si así lo escogemos. Es lo que decidimos hacer por nosotros y otros, no lo que recibimos, lo que determina la calidad de nuestra esperanza. Tenemos que recuperar nuestra voluntad de ser esperanzados.

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