Hiram Sánchez Martínez

Punto de vista

Por Hiram Sánchez Martínez
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La crisis de los hospitales: ni el médico chino

De niño escuchaba aquella frase legendaria de “No lo salva ni el médico chino”, para querer decir que la situación de la que se hablaba era tan grave que no había en el mundo remedio alguno para evitar un resultado adverso. Yo, a mi corta edad, suponía que el dicho estaba fundado en la creencia de que los chinos, en eso de curar enfermedades, eran los mejores. Pero luego comprendí que ese refrán, que nos llegó del imaginario cubano del siglo XIX, era aplicado también a otras situaciones complicadas de la vida y que, de momento, nada tenía que ver con los chinos. En Puerto Rico se había convertido más bien en un comodín para el desaliento y la desesperanza.

En estos días he vuelto a recordar al médico chino porque allá en China, en Wuhan principalmente, se ha estado muriendo la gente de la terrible infección del coronavirus sin que sus médicos hayan podido evitar el deceso de más de 1,000 personas hasta el momento y que otras personas alrededor del mundo hayan comenzado a caer como pollitos. Sin embargo, lo que me ha llamado más la atención no han sido los médicos chinos, sino los arquitectos, ingenieros, contratistas y trabajadores chinos que en solo diez días construyeron un formidable hospital para dedicarlo al tratamiento de personas infectadas por esa enfermedad.

 Y cuando usted compara lo que aquí se ha hecho con, digamos, el Hospital Comprensivo de Cáncer en San Juan es como para echarse a llorar. ¡Tomó catorce años! Por otro lado, después de los huracanes Irma y María el gobierno federal ha asignado millonadas de dólares para la reconstrucción de estructuras públicas y privadas, y de carreteras, y en más de dos años apenas hemos usado una ínfima fracción. La reconstrucción de la isla no parece iniciar por ningún lado. La burocracia —que es el modo feo de llamarle a la ineficiente y lentísima actuación de las agencias gubernamentales a cargo— todo lo complica o lo paraliza. Hay muchas quejas de que las agencias no son capaces de conceder un permiso, para lo que sea, dentro de un término razonable, y que muchos funcionarios se dedican a encontrarle defectos y devolver documentos ante cualquier falta, por mínima que sea, a veces incluso las que son subsanables de oficio, es decir, por la propia agencia por tratarse de información que la propia agencia posee. Tramitar un permiso, según se dice, sigue siendo hoy día como caminar a campo traviesa por un terreno minado. Y así no hay modo de reconstruir nada.

Lo cual nos hace volver a los chinos. Hemos podido ver, casi con lástima, cómo el Dr. Pablo Rodríguez, director del Hospital de Trauma del Centro Médico de San Juan, ha estado suplicando desde distintos foros —el más reciente televisivo— por que el gobierno construya un nuevo hospital con ese propósito, pues el que existe fue construido con los códigos de finales de la década del 50 y no soportaría un terremoto fuerte sin derrumbarse. Y los peritos de la UPR-Mayagüez confirman su temor. ¿Si luego de un terremoto catastrófico no quedara el Hospital de Trauma en pie, quién y cómo se atenderán las víctimas? No podríamos traer al médico chino, bien porque se trata de una ficción de la imaginería popular, o bien porque el de carne y hueso está muy ocupado en su país con los enfermos del nuevo virus.

El país no merece que nos tomemos más riesgos. A los chinos se les veía trabajando como hormiguitas, día y noche, y sin descanso para tener su hospital en diez días. A nosotros nos tomó catorce años para tener el último que hicimos. Y aunque no podemos esperar catorce años más por un nuevo Hospital de Trauma, podríamos tener la paciencia de esperar tal vez catorce días, o catorce semanas, o catorce meses. Y aunque creo que seríamos capaces de hacerlo solos, si no me lo creen, que entonces vengan los chinos y lo hagan.

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