Alejandro Silva Díaz

Punto de Vista

Por Alejandro Silva Díaz
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La cuarentena en un calabozo

En el día de ayer, el doctor Fernando Cabanillas publicó una nota enfatizando la importancia de quedarnos en casa. En su escrito expone que nuestra casa no es un calabozo. A pesar de las dificultades que nos pueda representar no salir, estamos en un momento donde nuestra experiencia no es nada cercana a los retos que enfrentó, por ejemplo, Oscar López en sus 32 años en la cárcel. 

Y para muchos de nosotros, es cierto: estoy seguro de que muchos tenemos acceso a recursos que facilitan nuestra cuarentena y cubren nuestras necesidades. Para nosotros, los retos que surgen de estar en casa son un pequeño sacrificio para lograr un objetivo mayor. 

Sin embargo, es igual de necesario recordar que siempre hay otra cara de la moneda. Si bien muchos de nosotros tenemos la facilidad de comunicarnos con nuestras familias por videoconferencia, contamos con internet para trabajar, y tenemos comodidad en el hogar… para muchos otros su casa sí es como un calabozo.

Para muchas personas, su casa es una de 26,600 viviendas sin dormitorio o 23,000 residencias ocupadas sin una cocina completa en Puerto Rico (según el Censo). Para muchas otras, su casa es una estructura deteriorada en donde sus pertenencias, su salud y sus vidas están en riesgo cada vez que sople, llueve... o tiemble.

Para muchas, su casa es el lugar donde son víctimas de violencia. Unas 6,725 personas reportaron ser víctimas de violencia doméstica el año pasado. Hace unos días este diario reportó que las víctimas de violencia de género enfrentan más dificultades para reportar incidentes. 

Para 9,000 personas su casa queda próxima a una base militar con altos niveles de radiación que les puede causar una enfermedad letal mucho más lenta, dolorosa y costosa que el COVID-19. Para muchos su casa, no importa dónde ubique, es donde tienen que convivir con su condición de ansiedad.

Para muchos su casa es el impedimento para terminar su semestre académico por no tener internet. Para unos 350 universitarios en Río Piedras su casa fue clausurada cuando la universidad cerró la residencia y ahora tienen que vivir en la casa de alguien más. 

La mayoría de la población no tiene los recursos para comprar los suministros que necesita para guarecerse en su casa un mes sin salir. Para muchos niños, su casa es un centro de hambre porque dependían de la comida del comedor escolar. Ah, y ni hablar de las personas que ni siquiera tienen una casa. 

Y a pesar de esto, sí: nos tenemos que quedar en casa lo más que podamos. El doctor está recetando el medicamento correcto para el COVID-19. El distanciamiento físico - no social, físico- es la respuesta que tenemos ahora para combatir este virus. 

Sin embargo, el problema es que el paciente no solo tiene coronavirus: tiene muchas enfermedades, y hay que tratarlas todas. La salud del pueblo es un tema complejo que requiere el trabajo colectivo y coordinado demuchos sectores. Tenemos que trabajar juntos. Así lograremos implementar las medidas que necesitamos como país, no solo para esta emergencia, sino para todos los retos que enfrentamos. 

No estoy diciendo que por todas estas condiciones ahora tenemos que salir y reanudar nuestras vidas como de costumbre y ya. El punto es que al igual que la respuesta no puede ser dejar el distanciamiento físico, debemos darnos cuenta de que atender los retos sociales del país es parte de la estrategia para ganarle al COVID-19.

¿Entonces, ¿qué hacemos? Esa pregunta es la más compleja de todas. Tal vez no tengamos todas las respuestas, pero podemos comenzar abriendo los comedores escolares para hacer entregas a personas sin alimentos. Podemos encontrar la manera de que psicólogos, trabajadores sociales y organizaciones de base comunitaria puedan prestar sus servicios de manera segura. Agilicemos la nación de un Task Force Social para que profesionales del sector social puedan contribuir a atender ramificaciones sociales de la emergencia.

Lo que no debemos hacer es minimizar los problemas que enfrentamos y penalizar a la ciudadanía por intentar sobrevivir y adaptarse a la situación. Por ejemplo, debemos desmitificar el estribillo ya trillado de que los jóvenes están saliendo porque "necesitan janguear con los panas”.

Fomentemos que la ciudadanía se organice para encontrar soluciones a todas las complejidades que enfrentamos en la emergencia. Y por supuesto, trabajamos para que cuando todo esto culmine, eliminemos la inequidad para que nadie tenga que vivir toda su vida… en un calabozo.

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