Nicolás Ramos Gandía

Tribuna Invitada

Por Nicolás Ramos Gandía
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La cultura anti-numérica nos lleva al abismo

El filósofo griego Heráclito de Éfeso en el aforismo: “Nadie se baña en el río dos veces porque todo cambia en el río y en el que se baña”, dejó plasmada una verdad molestosa para los que miran las contradictorias manifestaciones de la realidad a través del espejo retrovisor.  Desde el momento en que nuestros ancestros se bajaron de los árboles y los australopitecos comenzaron a caminar como nosotros se inició el señorío de la humanidad en la Tierra.  Son incontables los paradigmas que, siendo legítimos para un contexto y pertinentes en un momento, ya pertenecen al pasado de la historia.

Hoy, ¿cuántos bancos habrá en el mundo que administren las cuentas de sus clientes a través de libretitas de bolsillo y los libracos de teneduría?, sin duda muy pocos, si alguno.  Pregonamos, en muchos casos irreflexivamente, que la solución de la crisis está en los emprendedores, y para eso proclamamos el intrascendente empresarismo del sofrito en vez de aquel que se fundamenta en el código y la computación (del que acaso hablamos sigilosamente) que es el presente y futuro del desarrollo económico global.

Nos llenamos la boca con eslóganes que leemos en los libros de aeropuerto con títulos pomposos: los diez pasos para el éxito, puedes ser lo que tú quieras o piensa en grande para triunfar.  Como si los problemas que tenemos en nuestro carácter individual, en la organización que laboramos o en el país que vivimos se pueden enfrentar con formulitas de quincalla uno dos tres, pensamiento positivo vacuo o con temeraria desproporción de lo posible.

En el País tendemos, como si fuera un valor social u orgullo, a rechazar los números que nos proporcionan los datos.  Por nuestra cultura anti-numérica y por no tener datos válidos y confiables es que prácticamente nos vemos imposibilitados de dimensionar lo que enfrentamos con precisión.  Si a esa ecuación le incorporamos la pérdida significativa del capital humano, desarrollado en parte o completamente en el país, que se nos difume en el espacio aéreo de la emigración a otros horizontes con poco o ningún ánimo de regreso, el problema se magnifica.

Ahora bien, el problema principal que afrontamos habla por sí mismo.  Tenemos más desembolso en gastos gubernamentales (muchos de ellos incuestionables y otros no tanto) que ingresos recuperados a través de las llamadas contribuciones, que en muchos casos son una penalidad impuesta al éxito.  ¿Podemos resolver los problemas de hoy con arquetipos del pasado, sin adaptarlos y superarlos?  Rotundamente no.

Como lo cantó Serrat: “Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”.

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