Eduardo Arosemena Muñoz

Tribuna Invitada

Por Eduardo Arosemena Muñoz
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La cultura como causa común

Sabido es el que el deporte une a los pueblos. Puerto Rico lo ha confirmado en estos días con la contagiosa fiebre del mundial de fútbol y con los juegos en Barranquilla. Más allá de linderos divisorios de corte político, ideológico, moral o religioso, por nombrar temas que tienden a dividir, cuando un equipo salta a la cancha a vestir los colores de un país, se crea una tregua social que hilvana a millones de almas en una sola meta: apoyar a “los nuestros”.

Otro espacio aglutinador es la cultura. Ese amplio conjunto de tradición, historia y personas que nos precedieron que, tomados en su conjunto, se cristalizan en un presente que hace de nosotros algo más que meros ciudadanos; hace de nosotros compatriotas. Compatriotas en el uso elevado de ese vocablo. El que crea una hermandad por virtud de compartir una geografía, un vernáculo y unos valores. Más que por identidad, la cultura nos propone unirnos en una aspiración de eternidad.

En la cultura, Puerto Rico cuenta con un ente estatal que le ha servido bien por casi siete décadas. El Instituto de Cultura Puertorriqueña, desde su fundación, ha adelantado y dado a conocer al mundo la cultura, las tradiciones y la historia de Puerto Rico. Y, más importante aún, ha posibilitado la capacitación de miles de jóvenes que han compartido con el mundo lo que nuestra tierra puertorriqueña, que es una amalgama de culturas y mosaico de costumbres, tiene para ofrecerle a la humanidad. Eso nos fortalece muchísimo y nos hace cada vez más relevantes en la sociología del nuevo mapa racial que se viene perfilando en los cincuenta estados.

Hace poco menos de un año, asumí la presidencia de la Junta de Directores del Instituto de Cultura luego de que el gobernador Ricardo Rosselló depositara su confianza en los planes de atemperar el Instituto a los nuevos retos fiscales por los que atraviesa Puerto Rico. Retos que deben movernos a apostar a las mejores prácticas que se siguen en otras jurisdicciones en materia de arte y cultura, donde la filantropía privada es el motor que mueve a las entidades culturales. Al momento que les comparto estas líneas, el Instituto trabaja en constituir su primer fondo dotal, de carácter permanente y restricto, lo cual garantizará la existencia de sus programas, mantenimiento de estructuras y su misión de direccionar la política cultural de Puerto Rico para el uso y disfrute de las próximas generaciones.

Apostando a la empatía mundial que se ha creado luego del paso del huracán María, la llegada de nuevas empresas e inversionistas, no tengo duda que podremos completar, a lo largo de todo el año 2019, una robusta campaña para inyectar recursos al fondo.

Anualmente, con los intereses que genere, apoyaremos nuestras causas institucionales, a la vez que generamos menos dependencia en asignaciones del Estado. Necesitaremos el apoyo de los medios, empresas e individuos, incluyendo artistas puertorriqueños que se quieran unir a la causa, en promover las aportaciones a este nuevo fondo. Naturalmente, este contará con mecanismos que garanticen el buen uso de los recursos recolectados, esto es, políticas claras de inversión y distribución, independencia en la toma de decisiones y una Junta de Directores comprometida con adelantar la cultura puertorriqueña y la existencia del Instituto.

Siempre he creído que los dos principales mandamientos en la función pública son servir y no servirse y servir por un tiempo limitado, con la meta de dejarle al sucesor la cosa pública confiada en mejor estado de lo que se recibió. Creo que la constitución del primer fondo dotal del Instituto de Cultura Puertorriqueña es un paso en la dirección correcta. Pronto compartiré más detalles y formas de cooperar con nuestra misión, que es la de todo Puerto Rico. Porque la cultura, que no quepa duda, es una causa común.

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