Manuel G. Avilés Santiago
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La Disneyrriqueñidad

Cuando niño, cada domingo, esperaba con ansias la llegada del periódico a mi hogar. La edición dominical resultaba especialmente seductora, pues incluía la sección de viajes. Sigilosamente, me apropiaba del suplemento y escudriñaba aquellas ofertas que, a precios módicos, nos invitaban a un llamado Mundo Mágico.

Magia tuvo que hacer mi padre para poder ahorrar el dinero y sufragar los gastos de aquel viaje en el verano del 93. Y así, al igual que miles de puertorriqueños, hice mi primera travesía fuera de la isla a Disney World. La estadía en la International Drive, la visita a los outlets y la cena obligada en algún Golden Corral complementaron los siete días y seis noches de extenuantes recorridos de parque en parque.

Muchas personas en la diáspora me preguntan el porqué de la obsesión de los boricuas con Disney. Mis respuestas, a veces filosóficas y a veces prácticas, coinciden en un elemento de proximidad. Primero, la proximidad geográfica que hace del destino uno accesible. Pero también hay una proximidad emocional construida desde lo que denomino como “disneyrriqueñidad”.

Disneyrriqueñidad que se activa desde el souvenir visual de la ciudad amurallada en los Piratas del Caribe o por los recurrentes “Ay bendito” que se escuchan en las largas filas de las atracciones. También, desde la nostalgia que evoca cada vez que vemos algún empleado cuyo carnet de identificación apunta a cualquiera de los 78 municipios de los cuales son oriundos.

Recientemente, los medios reportaron el emotivo encuentro entre la presentadora de programas infantiles, Sandra Zaiter, y el personaje Goofy, mientras esta visitaba el parque temático. Durante su encuentro, Goofy se le acercó al oído para decirle: “crecí contigo”, y confesarle a “Tití Sandra” que, gracias a ella, aprendió las tablas de multiplicar.

Como el Goofy boricua son miles los puertorriqueños que han tenido que abandonar la isla en busca de oportunidades. Muchos de nuestros primos y primas, vecinos y vecinas, amigos y amigas son Mickey o Minnie, Donald o Daisy, Blanca Nieves o Cenicienta; protagonistas de un cuento no necesariamente de hadas.

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