Carlos Altagracia

Punto de vista

Por Carlos Altagracia
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La educación como mercancía, camino a la mediocridad

La educación es uno de los aspectos más importantes de la sociedad. Aquellos que se dedican a enseñar, y lo hacen con pasión, imaginación y con las estrategias requeridas, son capaces de lograr maravillas con sus estudiantes. Por eso, cuando tenemos la suerte de tenerlos junto a nuestros hijos en un salón de clases debemos aprender a reconocerlos y a conservarlos. 

No obstante, responder ante los retos que representa un maestro con estas cualidades es difícil. El estudiante y sus padres deben ser educados y conscientes de que asumir la responsabilidad de aprender es clave para su desempeño y aprovechamiento. El tiempo de estudio fuera de la escuela o colegio es fundamental. Ese es el momento cuando el estudiante piensa en lo dicho en clase, en los argumentos desarrollados por el maestro, en los comentarios o chistes que hizo para ilustrar mejor lo que deseaba comunicar. 

El tiempo fuera de la escuela es cuando los estudiantes pueden comenzar a practicar a conversar con ellos mismos sobre lo leído o estudiado. Es cuando la magia puede ocurrir y, con suerte, llega una que otra idea porque se comienza a ensayar con el manejo de los conceptos.  Pero para que eso ocurra hay que tener disposición y deseo, tanto de los estudiantes como de los padres. 

Es un grave error pensar que al pagar un colegio o por tener un derecho no tenemos que hacer nada más. Es errado pensar que el trámite económico debe garantizar que las buenas notas van a llegar. La mensualidad pagada entendida de esta manera solo garantiza y afirma el carácter de mercancía que tiene la educación. Ese es, a mi entender, un mensaje dañino que se le transmite a los niños. 

Estudiar puede ser divertido, pero no es fácil. Aprender algo, lo que sea, implica trabajar y, por lo tanto, requiere tiempo y esfuerzo, dedicación y hasta más pasión que la expresada por el maestro en el salón de clases. 

Se trata de que la educación no termine a las 2:10 de la tarde. De hecho, a esa hora debe continuar el proceso educativo con nuevas estrategias, con otro tipo de autoridad dirigiendo el aprendizaje y con renovadas dosis de pasión. El que quiera que termine a la hora que suena el timbre porque paga (es interesante la relación entre timbre y fin de la jornada de trabajo en la fábrica) sabe que es posible que las calificaciones no le satisfagan. ¿Todos quieren A para sus hijos, pero les proporcionan las herramientas para ello? Lamentablemente casi nunca, aunque piensan que pagar es suficiente. Por su parte, los estudiantes asumen, porque es lo que aprenden, que se merecen la A con el mínimo esfuerzo posible debido a que sus padres realizan la transacción económica que compra su educación. Y eso es un gran daño.  

De ese error pasamos a otro igual de grave. Cuando nuestros hijos no obtienen las deseadas A entonces los padres, resentidos con sus hijos porque los han hecho quedar mal, identifican el eslabón más débil de la educación por pago: el maestro. En ese momento las habilidades argumentativas de los padres afloran para que el maestro sea identificado como único responsable del fracaso educativo. De pronto, todos los padres se convierten en pedagogos expertos, en jueces de lo que es justo estudiar en el salón de clases y, sobre todo, se auto-complacen al convencerse de que son excelentes padres y madres porque entienden que al atacar al maestro están velando por el bienestar de sus hijos. No debemos partir de la premisa de que los niños siempre merecen la mejor nota. Menos aun sin que se tomen en cuenta sus capacidades e intereses, pero particularmente, sin que pongan suficiente empeño en lograrlo. 

El resultado esperado es: padres y madres presionando a la administración del colegio para que, a su vez, presione al maestro y brinde a los estudiantes oportunidades no merecidas. Los famosos puntitos por trabajos adicionales que no son otra cosa que regalar notas. En el peor y más triste de los casos el maestro señalado como responsable del fracaso de los estudiantes será despedido y alguien, quien sea, dictará la clase que sea y como sea. En otras palabras, en el nuevo escenario el nuevo maestro, quien no desea perder su trabajo por razones obvias, hará como que dicta las clases, los estudiantes harán como que estudian y obtendrán la nota de los deseos de los padres y el colegio mantendrá su matrícula en positivo. Desde el punto de vista de la lógica del valor de la mercancía, los padres terminan exigiendo pagar, y caro, por una mercancía que contribuyeron a corromper. 

Con este desenlace murió la posibilidad del reto educativo, de la imaginación, de la satisfacción por el esfuerzo y el tiempo invertido en aprender y pensar. Y esta es una de las formas en que se cosecha, porque se cultiva con mucho ahínco, la mediocridad nuestra de cada día.

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