Edgardo Rodríguez Juliá

Puertorro Blues

Por Edgardo Rodríguez Juliá
💬 0

La emigración: identidad y “empoderamiento”

Ciertamente la emigración es uno de los fenómenos resultantes de la llamada globalización; es consecuencia de múltiples factores en las vicisitudes de nuestra achicada aldea global. Las guerras y las economías producen desde mediados del siglo XX —y también a causa de las grandes desigualdades en las coordenadas Norte-Sur— enormes cantidades de refugiados y emigrantes. Los refugiados huyen de la guerra, los emigrantes casi siempre van en dirección al Norte.

En América la disfunción económica de muchos países latinoamericanos, unida a la opresión vivida bajo múltiples regímenes autoritarios, ha resultado en exilios y emigraciones masivas, algunas veces entre estados vecinos con diferenciación marcada en prosperidad económica. Cambios en regímenes económicos también han provocado emigración. Dictaduras notorias han producido números considerables de exiliados desde Cuba, Chile, Argentina, Nicaragua, El Salvador, Venezuela, Haití y otros. De todos modos, este fenómeno se observa, principalmente, en dirección a los Estados Unidos.

Hacia la segunda mitad del siglo 20, México y Puerto Rico vivieron grandes emigraciones de sus ciudadanos al Norte. La gran emigración puertorriqueña a los Estados Unidos durante los años cuarenta y cincuenta, provocada principalmente por la transformación de una economía agrícola y cañera a una industrializada, resultaría, lo mismo que en México, en un cuestionamiento de la identidad nacional. De niño recuerdo la tipología algo bufa del llamado “men” llegado del Norte, alguien que se ufanaba de los modos de la modernidad metropolitana, alguien parecido al “pachuco” que describió Octavio Paz en EL laberinto de la soledad. Aquella emigración produjo variaciones algo grotescas de nuestra identidad todavía campesina y latinoamericana. (Los “maras” tatuados de El Salvador, pandilleros criados en las calles de Los Ángeles y casi todos angloparlantes, son la versión más reciente de estas deformaciones de la identidad.) Aquellos emigrantes nuestros casi siempre componían un peonaje estacionario, lo que entonces conocíamos en Puerto Rico como “tomateros”. En México la tendencia sería, con el correr de los años, hacia la emigración ilegal; en Puerto Rico se manifestaría la inclinación hacia un incesante ir y venir al Norte, ello a causa de nuestra ciudadanía norteamericana.

Justo a fines de los años cincuenta comenzaría la primera oleada de los exiliados desde Cuba a Puerto Rico y Miami. A principios de los ochenta entrevisté a Luis Muñoz Marín, cuyo gobierno fomentó la emigración hacia los Estados Unidos como parte de la transformación de Puerto Rico a una economía industrial. Según él, el problema puertorriqueño de la identidad iría desapareciendo a medida que los puertorriqueños nos fuéramos integrando a la sociedad norteamericana. Esa integración no se dio por varios factores, el principal sería ese tránsito que alguien llamó “uptown-downtown”, movilidad facilitada por la común ciudadanía. La pobreza, el “ghetto”, la dificultad con el inglés, también contribuirían a esa falta de asimilación. La nostalgia, la añoranza de la isla ardiente, convierte a muchos puertorriqueños en habitantes de una región donde se conserva el folklore aún cuando la comunicación sea en inglés. Como el de tantos otros emigrantes antillanos y latinoamericanos en el Norte, estamos ante un tema de identidad irresuelto, también irresoluto y siempre dramático, algunas veces enteramente desgraciado.

Ese problema de la identidad evidencia otro conflicto, el drama del llamado “empoderamiento político”. Puerto Rico tiene tres congresistas puertorriqueños en el Congreso de los Estados Unidos; representan diferentes distritos electorales de Nueva York y Chicago. Aunque hablan el español con marcado acento, siguen reclamando a viva voz su puertorriqueñidad. Ya para la segunda generación de emigrantes, la lengua como seña de identidad comienza a transarse. En Puerto Rico —lo mismo que en México— estamos resignados a que una parte de nuestra identidad se exprese en “spanglish”, o en inglés.

Con la crisis fiscal que vive Puerto Rico, la emigración al Norte se ha convertido en un nuevo cuestionamiento de identidad: Si más de la mitad de la población puertorriqueña vive en Estados Unidos, ¿dónde está nuestro país?, ¿cuáles son sus verdaderas coordenadas políticas? Estos puertorriqueños que emigraron a la estadidad federada, ¿tendrán voto, o ingerencia alguna, en un futuro plebiscito sobre la solución permanente al estatus colonial puertorriqueño? Justo como consecuencia de nuestra crisis fiscal hemos visto cómo los políticos de la diáspora, y las comunidades puertorriqueñas en los Estados Unidos, han cobrado mayor participación en nuestra política insular. Nos preguntamos si el “empoderamiento” político de los puertorriqueños en el Continente a la larga resultará en una solución enteramente de facto al dilema de nuestra identidad y estatus colonial.

En las primarias republicanas a la presidencia de los Estados Unidos, dos de los candidatos eran de ascendencia cubana, uno de ellos con una formidable base de poder político en la Florida. Estos políticos no hablan español, aunque se identifiquen, con especial orgullo, como descendientes de exiliados cubanos, sobrevivientes ejemplares de las duras circunstancias que vivieron sus padres.

Este “empoderamiento” político de los llamados “latinos” en la Florida, también destino para muchos emigrantes puertorriqueños en los últimos años, nos coloca ante una gran ironía: En la Florida los descendientes del exilio cubano, junto con los emigrantes puertorriqueños, podrían formar una base política importante, capaz de decidir unas elecciones en los Estados Unidos. Esta es una posibilidad nada ilusa, tampoco teórica. A causa de dos historias antillanas como la cubana y la puertorriqueña, una de nacionalismo radical y la otra de autonomismo transaccional, hemos terminado con la posibilidad —luego de más de un siglo de navegar en ellago imperial norteamericano— de influenciar decisivamente en el destino de ese mismo Imperio. A la larga, los emigrantes, los refugiados y exiliados se imponen. En América hemos estado dispuestos a transar la identidad; no así en Europa, con las consecuencias terribles que todos conocemos.

Otras columnas de Edgardo Rodríguez Juliá

sábado, 7 de octubre de 2017

Simplemente María

El escritor Edgardo Rodríguez reflexiona sobre el paso del huracán María por Puerto Rico

sábado, 9 de septiembre de 2017

En cinco años

El escritor Edgardo Rodríguez Juliá comenta sobre la "inminente" estadidad que pregona el liderato del PNP

sábado, 12 de agosto de 2017

La única utopía

"Son varias las paradojas irreconciliables que vivimos: El ser humano cada vez vive más sobre un planeta peligrosamente enfermo", señala el escritor Edgardo Rodríguez Juliá

💬Ver 0 comentarios