Luis E. IV Santaliz-Ruiz

Punto de Vista

Por Luis E. IV Santaliz-Ruiz
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La epidemia del cólera morbo en Puerto Rico

Esta no es la primera vez que Puerto Rico se enfrenta a una epidemia mortal. En 1855 nuestra isla vivió una horrenda epidemia. Hombres y mujeres, blancos y negros esclavos, niños y niñas por doquier manifestaban repentinamente vómitos y una profusa diarrea que le arrebataba hasta la última gota de fluido en sus cuerpos. Miles perecieron. 

El 10 de noviembre de 1855 surgió el cólera morbo en Naguabo. En aquel momento el doctor José Lluveras estaba destacado en el mencionado pueblo. Sus colegas el doctor Santiago Porrata-Doria y el doctor Manuel Alonso, autor de El Jíbaro, le auxiliaron cuanto pudieron. 

El año anterior Barcelona sufrió una terrible epidemia de cólera. Desde hacía años el Vibrio cholera rondaba el Caribe: Santo Domingo, Santo Tomás, Santa Lucía, Martinica, Jamaica, Bahamas y Cuba. De hecho, en Cuba atacó varias veces, en 1833, 1850, 1853-1854. El cólera morbo de 1833 extinguió 22,705 vidas en Cuba, de las cuales 18,490 eran esclavos. Tres afrodescendientes sucumbían por cada blanco que fallecía a causa del cólera. La población de esclavos mermó y la escasez de mano de obra en los ingenios agravió la economía azucarera. 

El gobierno español en Puerto Rico bajo el mando del Gobernador y Teniente General Don José de Lemery Ibarrola y sus antecesores venía preparándose con antelación a la catástrofe. Desde 1850, la Junta de Sanidad publicó medidas y precauciones contra el cólera escritas por el doctor José María Vargas, ilustre médico venezolano que residió en Puerto Rico para 1819 y quien más tarde alcanzó la presidencia de su país, en 1835. Estas circulares determinaban: 

1) Que se construyeran casas en número suficiente para los esclavos en parajes secos, altos y ventilados, separados de humedales, ríos y pantanos.

2) Que los esclavos eviten las corrientes de aire por las noches para evitar que se corte la transpiración durante el sueño.

3) Que los esclavos no duerman hacinados en la misma habitación.

4) Que duerman con abrigo de lana y se les proporcione comodidad en las casas, en el vestido y calzado.

5) Que se eviten los castigos corporales y trabajos fuertes.

6) Que no se expongan a la lluvia y no se desnuden al aire libre estando sudados.

7) Que se les alimente con carnes frescas (no de cerdo), arroz, papas, pan y se les dé vino o ron de buena calidad; y café para el desayuno, y que si se enferman sean atendidos por personas blancas, más resistentes al cólera que el negro.

8) Se le impusieron multas a los capitanes de buques que no tuvieran patente de sanidad. También se hacía compulsorio fumigar la bodega de los barcos con soluciones de ácido sulfúrico (vitriólico).

Para esa época era poco lo que se sabía del cólera. La ciencia desconocía cuál era su patógeno, cómo se transmitía, cuál era el tratamiento más adecuado y cómo se prevenía, tal como hoy desconocemos un tratamiento eficaz contra el COVID-19. Creían que tal vez algo en el medioambiente se transmitía a través de las corrientes de aire o la respiración. Por ello, a pesar de todas las medidas tomadas, inevitablemente el cólera nos atacó entrando por Naguabo, punto de comercio de ganado que se transportaba a otras antillas. 

Rápidamente la epidemia se propagó por la isla hasta diciembre de 1856. Las zonas montañosas de la Cordillera Central resultaron menos afectadas. Interesantemente, Morovis se salvó del cólera. La mosca fungió como medio de transportación efectiva al Vibrio cholera de una localidad a otra. En ese entonces no había acueductos, alcantarillados de aguas usadas, inodoros ni agua corriente para el lavado de manos o aseo. 

Muchas veces había que bañarse en el río, por lo que el agua quedaba contaminada si un infectado se aseaba en un cuerpo de agua. Muchas de las casuchas de esclavos no tenían letrinas. Así que muchos esclavos y jornaleros recurrían a realizar sus necesidades biológicas junto a las siembras, cafetales y piezas de caña. Las moscas se posaban sobre las heces fecales y transportaban en sus patas millones de bacterias, entre ellas el cólera. Las cocinas de los esclavos comúnmente eran al aire libre. De manera que la mosca incursionaba a pararse sobre los alimentos y los contaminaba. De ahí estos dípteros realizaban un viaje a la cocina y las mesas de comedor de las casas de los hacendados y hacían lo propio. 

La leche, el agua y los alimentos contaminados al paso de las moscas eran ingeridos cotidianamente. Por eso unas 154,000 personas, que representaban el 31% de la población de Puerto Rico, se contagiaron. Ante el inusitado número de pacientes, los médicos no daban abasto. 

Voluntarios, comisarios de barrios y sacerdotes se lanzaron a las calles, pueblos y campos en sus labores ministeriales para brindar primeros auxilios a los enfermos. El contacto directo con los pacientes hizo susceptibles a los galenos, sacerdotes, voluntarios y comisarios de barrio a contagiarse. En Arecibo el doctor Sterling pereció a causa del cólera, mientras cuidaba de sus pacientes y cumplía con su juramento hipocrático.

De acuerdo al Censo de 1854, la población de Puerto Rico constaba de 492,452 habitantes. De esta totalidad, unos 237,686 eran blancos, otros 207,843 eran negros y mulatos libertos y unos 46, 918 eran esclavos. El 26 de enero de 1857, el gobernador Lemery Ibarrola contabilizó 25,820 víctimas del cólera morbo en Puerto Rico. De esta cantidad, fallecieron 5,741 blancos, unas 14, 610 personas negras libres y 5,469 esclavos.  

En Mayag?ez, el doctor Ramón Emeterio Betances Alacán utilizó eméticos como el jarabe de ipecacuana para inducir el vómito, en un intento de expulsar del estómago el agente causante de la enfermedad. Contenía la emesis con hielo y la champaña helada. Hidrató sus pacientes con caldos y limonadas.Combatió las diarreas con láudano, una poción que contenía alcohol, azafrán, opio y canela. Además, usó polvo de opio y elíxir paregórico, en una mezcla potente de alcohol alcanforado de 46 grados.

Los médicos poseían muy pocos medicamentos para tratar los enfermos. El elíxir paregórico fue muy utilizado por las propiedades conocidas del opio de ocasionar constipación y, por ende, detener la diarrea. Cada onza del elíxir paregórico contenía 117 miligramos de opio equivalentes a 12 miligramos de morfina. Debido a las repetidas y profusas diarreas, muchos casos requirieron grandes dosis del paregórico para lograr el efecto antidiarreico. Esto ocasionó intoxicaciones opiáceas y algunos pacientes desarrollaron un estado catalíptico que ciertas veces se confundía fácilmente con la muerte. 

En esa época todavía no existían el electrocardiograma ni los monitores cardiacos. Algunos pacientes eran dados por muertos y enterrados. No obstante, vecinos de los cementerios oían gritos de desesperación pidiendo auxilio en la noche. Varias personas fueron desenterradas al día siguiente y se hallaron cadáveres bocabajo o con signos de desesperación porque realmente fallecieron asfixiados bajo la tierra. 

A raíz de lo acaecido, promulgaron una ley que establecía que había que velar el presunto difunto una noche fuera del cementerio, en custodia de dos o más guardias para constatar que no estuviera bajo el efecto catalíptico del paregórico. De esa forma, se salvaron unas cuantas personas. 

Hoy sabemos que el cólera morbo lo ocasiona un bacilo gram negativo llamado Vibrio cholera, descubierto en 1883 por el médico y bacteriólogo alemán doctor Koch. Conocemos que el cólera se transmite por la contaminación de alimentos vía la ruta fecal-oral. Más allá del tratamiento de soporte y la hidratación intravenosa para remplazar las pérdidas masivas de fluidos, contamos con medicamentos efectivos contra el cólera, entre ellos la doxiciclina, ciprofloxacina o la azitromicina. Al igual que ocurrió con esta enfermedad, en un futuro cercano contaremos con medicamentos eficaces para combatir el SARS-Cov-2.

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