María de los Ángeles Ortiz

Punto de vista

Por María de los Ángeles Ortiz
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La escuela ante la pandemia: empeora la brecha de aprendizaje

Aunque alguna vez hemos pensado como Everret Reimer, el inglés que afirmó en 1974 con la mayor de las vehemencias, “la escuela ha muerto”, lo cierto es que la educación en general y la escuela en particular siguen siendo el principal instrumento de movilidad social y de transformación humana en todos los países del mundo. 

Hoy tendríamos, sin embargo, que plantearnos cómo se han afectado las escuelas cuando más de 850 millones de estudiantes en más de 100 países permanecen en sus casas por causa del cierre de estas como consecuencia de la expansión del COVID-19. La pandemia que, aunque en algunos países comienza a ceder discretamente mientras que en otros se complica, parece sentenciar que habrá olas sucesivas, mientras no se tenga una cura o una vacuna capaz de contener su propagación. 

Esta crisis sanitaria ya provoca un impacto seguro en el derecho de los estudiantes a una educación integral e incluyente para todos, según ha reclamado la italiana Stefania Gianini, directora adjunta para la educación de la UNESCO. Si tomamos en cuenta que, según el Perfil de Niños y Niñas en Pobreza, en Puerto Rico uno de cada cuatro menores vive en un hogar donde el jefe de la familia trabaja pero no gana lo suficiente para sacar a la familia de la pobreza, resulta arriesgado pensar que los estudiantes con este perfil de pobreza estén servidos con equidad a través de modalidades educativas virtuales. Sabemos que la enseñanza telemática hace más profunda la desigualdad de clase en el sistema educativo y empeora la brecha digital de aquellos que ya la sufren.

Son variadas y múltiples las secuelas de cerrar las escuelas sin haber ofrecido a los estudiantes opciones de acompañamiento y con la enseñanza virtual como única alternativa. La reducción del tiempo lectivo influye en el rendimiento escolar de los estudiantes y provoca un impacto económico y social en sus familias. Además de que hay que ajustarse a la prolongada permanencia de los hijos en casa, este cierre trae consigo situaciones colaterales que agravan aún más las desigualdades. Es bien sabido que familias con mayor capacidad económica pueden proporcionar acceso y opciones más amplias de aprendizaje a distancia para compensar la pérdida del horario lectivo.

Proveer o no acceso y apoyo tecnológico sostenible a los estudiantes es solo un ángulo de este análisis. La vida en aislamiento social provoca en los humanos situaciones difíciles de manejar, sobre todo en familias que disponen de menor capacidad para gestionar el estrés en los niños y los adultos, según han reconocido expertos en  conducta humana. Situaciones de precariedad económica, carencia de alimentos y desesperanza, los espacios reducidos de las viviendas, la preocupación por si pueden o no pagar los alquileres y cumplir con las obligaciones recurrentes, son condiciones que limitan la capacidad de lospadres para mantener una rutina sana en la que sus hijos puedan mitigar el efecto y las consecuencias de cierre de escuelas por coronavirus.

Los educadores sabemos que en muchos casos donde el nivel educativo de los padres no les permite compensar en casa la ausencia de un profesor, se produce una interrupción casi total del proceso educativo. Lucas Cortázar, investigador del Banco Mundial, va más allá y señala que cada semana que dure el confinamiento van a aumentar las brechas de aprendizaje, porque aun cuando se distribuyan ordenadores masivamente, muchas comunidades, como hemos visto, carecen de conectividad y acceso a dispositivos móviles con contenidos educativos articulados con sus necesidades. Esta situación se agrava cuando hay en Puerto Rico estadísticas altas de estudiantes con diversidad funcional a través de la Isla.

Vale preguntarse, ¿qué tiempo han dedicado los educadores oficialistas a crear opciones alternas de organización escolar para cuando regresen al trabajo productivo los padres de los niños, sobre todo aquellos que no pueden pagar por el cuido de sus hijos mientras trabajan? ¿Debe perpetuarse el enorme desafío de equidad educativa que puede tener consecuencias que alteren permanentemente la vida de los estudiantes vulnerables? ¿Seguirá sin evaluarse cómo el encierro (necesario preventivamente para evitar el contagio) ha modificado el contexto de los hogares, creado incertidumbre, provocado o exacerbado condiciones pre-existentes de salud mental en los estudiantes y sus familias? ¿Seguiremos ignorando que esta niñez y esta juventud transita por primera vez una ruta desconocida para ellos y que en su interior hay un volcán de emociones y sentimientos? ¿Que nos les hemos preguntado qué sienten al recibir tareas de temas que no saben de qué tratan y proceden de entidades que no conocen, sobre todo esos seis de cada 10 niños y niñas que, según el Instituto de Desarrollo de la Juventud, viven en pobreza? ¿Por qué seguimos adelante aprobando a todos y a todas sin calibrar lo aprendido, lo desaprendido y lo que no les ha sido posible emprender o disfrutar? ¿A raíz de qué argumentos, incluso desde esferas de gobierno, hemos obviado examinar cómo se está reemplazando la docencia, qué es y qué función tiene la evaluación en el proceso de enseñanza y aprendizaje? 

Evaluar es, también, acompañar solidariamente a los alumnos para que puedan hacer uso del éxito, del fracaso y del error como instancia de superación y cambio positivo. Acompañar al alumno (aun cuando utilicemos plataformas digitales para instruirlos) es justamente evaluar y corregir conductas, acciones y desinformaciones que los niños tienen sobre todo cuando operamos en contextos de aprendizajes diferentes. Por qué hacerles creer que “aprobaron todos”, que celebramos todos juntos y que aquí no pasó nada. ¿O será que ciertamente no pasó nada?

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