Ingrid Vila Biaggi

Tribuna invitada

Por Ingrid Vila Biaggi
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La esperanza

Dicen que uno siempre sueña. Más yo puedo contar con los dedos de la mano los sueños que luego recuerdo. En esta ocasión el sueño me despertó abruptamente a medianoche. Al Padre Darío lo vine a conocer más estrechamente estos últimos tres años. Habíamos coincidido antes, mas nunca habíamos colaborado en proyectos comunes. Pero hay personas que entran a nuestra vida y aunque breve su pasaje, dejan una marca imborrable. Son almas afines que uno tiene la fortuna de encontrar.

Como escribía también Mayra Santos Febres en los pasados días, desde que Padre Darío me comunicó que lo habían diagnosticado con cáncer, siempre pensé que vencería la enfermedad. Su fuerza y determinación para lograr todo lo que se proponía no permitían prever otro resultado.

A su regreso definitivo de Houston, tuve la oportunidad de visitarlo. Conversamos sobre tantas cosas. No empece el golpe que significaba la enfermedad, se veía lozano, firme. Estaba en completa paz y en pie de lucha para combatir, pero no resistir. Al finalizar me aseguró: “Te voy a seguir acompañando. Voy a estar contigo”. No se refería sólo a mí. Era su manera de ser franciscano: darse, sin condición.

Nunca había tenido la experiencia de tener un guía espiritual o un consejero, pero la travesía que juntos compartimos en el servicio público me permitió contar con Darío siempre, en cualquier circunstancia. Hoy, he de confesarlo, despierto en llanto. Y es que su consigna de que me seguiría acompañando se me ha hecho evidente.

En el sueño conversé con Padre Darío de la manera más natural: por teléfono. Me sentía como en un espacio sin gravedad. Su voz era clara y calmada. Como suele ocurrir cuando uno habla con alguien por teléfono, uno crea en la mente una imagen de la persona con quien habla. La imagen de Darío era de paz absoluta, de energía en calma.

Conversamos como siempre. Darío era un conversador excepcional. Entre otros temas, le pregunté si había podido leer el último escrito que le envié. Me dijo que sí y que le había gustado. Le pregunté, entonces, qué le parecía si escribía sobre él. Le confesé que pensaba era un tema complejo, pues contrario a él yo no cuento con dotes de expresión literaria. Me respondió: “Cuando uno escribe del corazón para comunicar esperanza, las palabras fluyen. Ya verás que lo logras”. Y luego me advirtió, con voz jovial, como era su costumbre: “Eso sí, cuidado con la cursilería”.

Continuamos conversando y le dije: “Padre, ya es la medianoche y estoy cansada”. Me dijo: “Descansa, que para sembrar esperanza se necesitan todas las fuerzas”. Enganchamos y de un golpe sentí la gravedad de mi cuerpo nuevamente. Desperté. Las lágrimas comenzaron a brotar incontenibles. Pero no de tristeza: así se siente la esperanza.

Y es que la energía de Darío, esa vitalidad del pensamiento y la acción que nos ha legado, es esperanza en su estado puro. Es la esperanza que cultivó en los niños y niñas de su proyecto en Sabana Seca, en cada persona que tocó a través de su vida. Es la esperanza de que no existen barreras que impidan la colaboración, no importa cuánto nos distancie la ideología. Es la esperanza de que podemos alcanzar y compartir nuestro potencial. Es la esperanza de que la energía con la que toquemos el alma del prójimo, para ayudarle, para levantarlo cuando esté caído, para ofrecerle lo mejor de nosotros, permanece eternamente, aun después de trascender.

Sé que mi experiencia no es la única, y que existen cientos, sin duda miles de discípulos de Darío con vivencias extraordinarias. Darío nos mostró que somos los autores de lo posible. A través de la esperanza nos seguirá acompañando.

Gracias Darío. Te quiero.

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