Orlando Parga

Tribuna Invitada

Por Orlando Parga
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La estadidad es un derecho inalienable

En su última columna para este medio, el apreciado amigo Julio Muriente expresa el ingénito menosprecio independentista a la estadidad.  Esa ha sido la norma desde que José Celso Barbosa los amaneció el 4 de julio de 1899, solicitándola a la Unión recién desembarcada a nuestras playas.  El origen del irrespeto sigue siendo el mismo: las derrotas y oportunidades perdidas por el independentismo a lo largo de los siglos, les impide reconocer la festividad ajena.

Desde que a ocasos del siglo XIX no hallaron respaldo en el pueblo puertorriqueño a la invitación que Cuba nos hizo para unirnos en armas contra España, optando nuestro procerato de entonces negociar la Carta Autonómica; a los atentados, revueltas, asesinatos, motines, marchas, represalias y contra  represalias del siglo XX; generación tras generación, el independentismo ha ido cuesta abajo cada vez más con menos respaldo en las urnas y de opinión pública.

La teoría de que la ciudadanía americana fue impuesta por el Congreso, desacreditada ad initium por la inmensa mayoría de puertorriqueños que gozosamente la aceptaron en 1917 y que, desde entonces, la estiman como esencia de su identidad; el rechazo apabullante al Bill Tydings que en 1936 pretendió imponernos la independencia; el reconocimiento de esta realidad histórica que representó la evolución hacia la unión permanente con Estados Unidos de Luis Muñoz Marín – el  más taquillero líder político independentista contemporáneo.  Factores indisputables reafirmados en la conducta electoral del pueblo a través de todo el tiempo transcurrido desde 1898.  Cuando en sus orígenes el movimiento estadista requería de abstenciones o coaliciones para ganarle a sus opositores anti estadistas; ahora los anti estadistas son los que requirieron de alianzas para las ocasiones en las que pudieron prevalecer en las urnas.

La frustración conduce a disputarle legitimidad a la asimilación consumada por el acto de naturalización ciudadana consumado en 1917 y ratificado en 1940 para, de tal manera, negarnos el derecho inalienable que corresponde al ciudadano americano para reclamar igualdad y solicitar la admisión de un territorio a la Unión.  Esa es la teoría de la que se vale el amigo Muriente – y los que como él piensan – para deshacerse de la realidad de lo que los puertorriqueños colectivamente hemos decidido y queremos ser.

Este ensayo independentista apuesta al absurdo de que, contra la voluntad del pueblo puertorriqueño, Estados Unidos desertificará a 3.2 millones de sus ciudadanos, con una parentela extendida de 5.4 millones que viven en los estados, para crear una república en la que la mayoría de sus habitantes retendrán la ciudadanía estadounidense.  Good luck with that, my dear friend.

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