Benjamín Morales

El Catalejo

Por Benjamín Morales
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La estela de Parkland

El pasado 14 de febrero se desató la desgracia en una escuela de Parkland, Florida, cuando un jovencito de nombre Nikolas Cruz llegó a la instalación y armado con un fusil AR-15 liquidó a 17 personas con una sangre fría pasmosa.

El estupor de la noticia se regó por el mundo y desató la típica ola de reacciones que surge tras una infamia de este nivel: manifestaciones de indignación, mensajes de apoyo y solidaridad, sentido de pena generalizado, enjuiciamiento público del atacante, protestas masivas y la búsqueda de los culpables más allá del mero agresor, para así fijar las cuentas de rigor.

El libreto es el mismo, repetido en desgracias similares como las ocurridas en Columbine, Newton o Virginia Tech.

Todo aparenta comenzar con un joven con problemas mentales que entra armado a una institución educativa y comienza a matar a mansalva. Del hecho trágico degeneran entonces las reacciones que favorecen las regulaciones a las armas y abogan por mayores atenciones para pacientes adolescentes de salud mental.

Finalmente, la discusión se muere sola, sea por la inercia que provoca la propia discusión pública en Estados Unidos o por el músculo de los intereses económicos que defienden la teoría de que un mundo bien armado es mejor, o de que los fondos públicos para tratamiento psiquiátrico intensivo son un gasto y no una inversión.

Luego, todo se entierra hasta que aparece un nuevo personaje que hala el gatillo y liquida seres humanos sin piedad alguna, poniendo a rodar de nuevo este letal círculo vicioso.

Porque de lo único que estamos seguros que pasará tras la matanza de Parkland, es que un nuevo Nikolas Cruz está en formación en alguna parte de Estados Unidos, esperando ese momento desgraciado en el cual hará explosión y provocará una discusión que nuevamente no llegará a ninguna parte.

Entonces, ¿por qué nunca se toman las medidas necesarias para minimizar el riesgo de estas matanzas?

La razón estriba en que los dos actores fundamentales de este problema son representados por poderosos sectores que controlan una buena tajada del andamiaje político de Estados Unidos.

Por un lado está el sistema de salud, el cual está en manos de corporaciones que operan hospitales o seguros médicos, las cuales jamás permitirán que sus ganancias se vean limitadas por un puñado de “jóvenes locos” a los que de vez en cuando les da con matar gente. El tratamiento psiquiátrico es largo y caro, una combinación que a este sector nunca le convendrá.

El caso de Nikolas Cruz es el ejemplo de cómo todo un sistema fue incapaz de manejar eficientemente a un joven que a todas luces confrontaba serios problemas mentales. Tratar a Nikolas Cruz como se debía costaba demasiado caro, no era costo-efectivo, como dicen en el mundo de los negocios.

A esto se suma la industria del armamento. La Asociación Nacional del Rifle (NRA, por sus siglas en inglés) ha acumulado un enorme poder político gracias al bolsillo opulento que le proveen las empresas que manufacturan armas. Esta gente tiene comprados a diversos e influyentes actores de la política, el gobierno, el sistema judicial y la empresa privada estadounidense. Es raro encontrar alguien de alto nivel en Estados Unidos que no haya sido tocado por la NRA. (De hecho, y haciendo un paréntesis, recuerdo cómo el exalcalde de San Juan, Jorge Santini, vestía con mucho orgullo una gorra de una organización).

Son los intereses de esos dos sectores los que impiden que se minimicen los riesgos de nuevos incidentes de matanzas colectivas.

La realidad clama por estrictas regulaciones a las leyes de armas y por tratamiento efectivo e intensivo para adolescentes con condiciones mentales, las que son enfermedades serias y no poca vergüenzas de muchacho, como se dice por ahí.

Porque si terrible es tener en la calle a un joven desequilibrado mentalmente por la falta de tratamiento y la prevención correcta, peor aún es ponerle en las manos un arma con la cual pueda concretar los más oscuros deseos provenientes de ese estado psiquiátrico.

Sólo espero que la estela de Parkland siga creciendo y que de una vez y por todas se tomen las medidas necesarias para prevenir estas carnicerías, lo cual veo difícil, porque para las empresas de salud y de armas, estos muertos no son más que daños colaterales o, más perverso todavía, una buena fuente de ingresos.

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