Luce López Baralt

Con Acento Propio

Por Luce López Baralt
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La ética laboral de no dar un tajo

Lamento decir que no me sorprendió la noticia escandalosa de que el 40% de los empleados públicos de Puerto Rico no va a trabajar (El Nuevo Día, 20 sept. 2019). Antes, lo primero que me vino a la mente fue la etimología infamante de la palabra “trabajo”, que descubrí hace mucho de la mano de mi profesor de latín, el insigne Segundo Cardona. “Trabajo” proviene de la voz tripalium, que alude a un cepo de “tres palos” con el que se inmovilizaban los esclavos para castigarlos. Tripaliare significa pues “torturar”, para el horror íntimo de las culturas neolatinas que aun empleamos el vocablo teñido de sufrimiento --y, por más, de secreto vejamen--. Con nosotros los hispanohablantes también “sufren” el trabajo los franceses (travail), los italianos (travaglio) y los portugueses (trabalho). Estamos pues ante un legado colectivo que las culturas neolatinas debemos conocer a fin de que lo podamos combatir mejor. 

Un vocablo a menudo aglutina en su abreviado espacio una actitud vital, un modo de vivir y un conjunto de valores y prácticas compartidas por siglos. Tanto así, que el folklore moderno y el espacio sugerente del arte atestiguan que la antigua palabra tripalium aún irradia sobre nosotros su preocupante filosofía de vida. Los hispanos nos atrevemos a proclamar desparpajadamente que no nos gusta el trabajo, a despecho de lo magníficos trabajadores que podemos ser en determinados momentos. 

¿Quién no recuerda la ética laboral del célebre “Negrito del batey? Su fe de vida festiva nos convoca a protegernos del tripalium a ritmo de merengue:

A mí me llaman el negrito del batey

porque el trabajo para mí es un enemigo

el trabajar yo se lo dejo todo al buey

porque el trabajo lo hizo Dios como castigo.

A mí me gusta el merengue apambichao

con una negra retrechera y buena moza

a mí me gusta bailar de medio lao

bailar bien apretao

Con una negra bien sabrosa.

[...]

Y di tú si no es verdad

merengue mucho mejor

porque eso de trabajar

a mí me causa dolor....

El soleado descaro de nuestro hermano antillano resuena al otro lado del Atlántico, pues la ética del trabajo andaluza parece ser la misma. El historiador Arturo Dávila recuerda que Puerto Rico fue poblado en el siglo XVI por andaluces; específicamente, por sevillanos oriundos de Triana. De ahí que nos sintamos tan en casa en Andalucía, y que no nos cueste comprender al gitanillo del cantante Juan Legido, que entona su filosofía de desprecio al trabajo al compás del “garrotín”, es decir, de un “palo” o estilo del flamenco: “Unos viven trabajando / y yo vivo equivocando/ al compás del garrotín”. Como nuestro negrito del batey, siente el trabajo como “enemigo”: 

Porque nací gitanillo

le tengo mieo al trabajo

ay leré, leré leré leré, 

leré leré leré, 

leré leré leré lerá

En vez de la cuesta arriba

me gusta la cuesta abajo

[Ay leré..]

A mí no me importa que la gente al pasar 

murmure que yo nací cansao,

bien saben los pobres que no pueo trabajá

porque pá mi cuerpo es un pecao........

El humorista José Mota actualiza la ética hispánica del trabajo cuando su personaje, el Fumi de Morata, asegura que “yo nací pá descansar,/ todo el día en el sofá, olé, olé”. El Fumi se protege con su “rumbita, de noche y de día” --una vez más, la música como escudo para atajar el amenazante tripalium--y se jacta de que su siesta “era tan gorda” que cuando se despierta “ha caducado la garantía del colchón”. 

Esta fe de vida desvergonzada no pasó desapercibida a Federico García Lorca, que preguntó a un artista gaditano “¿en qué trabajas?” Impávido, el cantante le riposta “¿Trabajar yo? Yo no trabajo. Yo soy de Cai”.  “Cai” no es otra cosa que el diminutivo afectivo de “Cádiz”: los allí nacidos, por definición, no trabajan y lo llevan a honra. La contrapartida puertorriqueña del vago de Cádiz horroriza, pero es verídica: un adulto preguntó a un niño “¿Qué quieres ser cuando seas grande? ---¿Yo? Un retirado como mi papá”. 

Con este botón de muestra basta para concluir que en nuestro subconsciente colectivo, “no dar un tajo” y, si se puede, “vivir de renta” son metas sociales deseables. Todo ello es muy preocupante al momento de reconstruir nuestro país, porque para sacarlo de su estancamiento se impone un enérgico cambio de mentalidad. No será fácil: me recuerda mi hermana antropóloga Mercedes que la cultura siempre suele ser retardataria frente a la volubilidad de los cambios políticos y económicos. Por eso, aunque la indignación colectiva contra la corrupción puede haber diezmado la responsabilidad laboral de nuestros empleados recientemente, el problema fundamental es que tenemos una cultura adversa al trabajo. 

Este imaginario colectivo tendiente al ocio se refleja en la laxitud exasperante de nuestra burocracia, en la dejadez para la toma de decisiones, en la falta de metas, en la deseabilidad del cese del esfuerzo. Olvidamos que una actitud productiva ante el trabajo refuerza la autoestima e incluso define la identidad, pues lo que contestemos a la socorrida pregunta “¿a qué te dedicas?” nos define como personas. Delata un proyecto de vida a largo plazo, un haber asumido nuestra manera de estar en el mundo.  

Puerto Rico tiene un 40% de ausencia laboral versus el 2.9% de Estados Unidos. Son éticas de trabajo abismalmente distintas, y el resultado socio-económico de ambos países está a la vista. Frente al gozo irresponsable de nuestro dolce far niente recuerdo al conserje de la casa de profesores donde vivíamos en Cambridge, que se enfrentaba triunfante al trabajo del día: “If it's work, it's gotta be done!” Comparto su actitud felicísima, porque para mí el trabajo sabe a Paraíso. 

Claro que hay sociedades cuya ética del trabajo peca por exceso. Las culturas asiáticas se distinguen por una rígida disciplina ancestral que forma al individuo para la productividad extrema. Cuando la guerra o la pobreza asola estos países, resurgen de sus cenizas en tiempo récord: ahí está el milagro socio-económico de Singapur, el Japón moderno y la vibrante economía china, que tanto atormenta al presidente Trump. Visitar el Shanghai contemporáneo es una experiencia alucinante: varias ciudades de Nueva York cabrían en su casco urbano, y la belleza arquitectónica de sus rascacielos hacen ver a Manhattan como una metrópolis anticuada cuyos mejores años han quedado atrás. 

Pero el esplendor asiático moderno es producto de serios abusos laborales, y ningún extremo es deseable. Hace unos años un niñito de Tokyo llegó al colegio unos segundos tarde --falla gravísima para su cultura intransigente-- e intentó entrar a toda prisa, pero el portón eléctrico se le cerró encima, dejándolo malherido. Su caso conmocionó al país, porque fue un aldabonazo en la conciencia colectiva japonesa, famosa por las expectativas excesivas en la productividad de sus ciudadanos. Me conmueve pensar que incluso existe un vocablo en japonés que define la “muerte por trabajo excesivo”: karoshi. En chino se dice gualaosi. ¿Qué diría de este inusitado peligro el negrito del batey? Estas muertes por “trabajo” que tan inverosímiles nos parecen no son infrecuentes en Japón, pues incluso existen leyes de salud pública que determinan el monto de la recompensa que recibirán los familiares de la persona muerta por causas laborales. Al presente las autoridades intentan flexibilizar la carga excesiva de los oficinistas dándoles un “viernes premium” o un “lunes resplandeciente” como premio ocasional. Muy ocasional, porque lo usual es que se les otorguen unos escasos 8 días de vacaciones al año. No les sirven de mucho, porque los empleados suelen sentirse culpables de no hacer “nada” durante esos días de ocio (Pablo Ochoa, BBC, 20 agosto 2019, bbc.com). 

Tanto en el caso de los excesos de la cultura laboral asiática como en el caso de nuestra denigrante delincuencia laboral, estamos ante legados culturales que son difíciles de modificar. Como adelanté, son actitudes que no surgen de la nada, pues son producto de una lenta construcción social y psicológica. Admitido: no nos será fácil sacudirnos la espantosa etimología del tripalium y virarla al revés como un guante, pues gravita agazapada en nuestro subconsciente colectivo. No será una tarea fácil, pero urge que la asumamos. Para ello tengo por útil que nos miremos en el espejo elocuente de los “filósofos” hispanos de la ética del trabajo. Reírnos de nosotros mismos nos permitirá ver mejor la enormidad de nuestras fallas. Y nos hará verlas con humor y compasión. Y con sabiduría, justo lo que necesitamos para dar marcha atrás a nuestra conducta de pueblo. Cuando el “negrito del Batey”, el “gitanilllo” de Juan Legido, el gaditano de Lorca y el niño que soñaba con ser pensionado se nos conviertan en prototipos risibles y kitsch, estaremos en camino de librarnos de sus propuestas vitales. Podremos sentir por ellos compasión fraterna, pues son nuestros; pero, eso sí, sin asumir jamás su fatídica filosofía del trabajo. Si comenzamos por la disciplina en la casa, todo se dará por añadidura, porque el niño habrá asumido emocionalmente las ventajas y la alegría del trabajo y de la productividad. 

Graduémonos del ancestral tripalium: If it's work, it's gotta be done!

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