Joanne M. Rodríguez Veve

Punto de Vista

Por Joanne M. Rodríguez Veve
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La etiqueta fundamentalista en la política

Con la inscripción de dos partidos nuevos, el tablero político cambió. Y con este cambio, también hicieron mudanza las estrategias discursivas para combatir al oponente. Las ideologías políticas de estatus dejaron de ser punta de lanza de campaña ante el languidecido -pero no por ello menos urgente- debate sobre nuestra futura relación política con Estados Unidos.

Ante un país moribundo, en la mentalidad de muchos electores, de momento, sobrevivir será la meta. Para ello, afinarán su juicio crítico y escudriñarán las propuestas de los futuros gobernantes. En ese ejercicio, inevitablemente se toparán con ideas similares, incluso idénticas, entre las propuestas de los partidos. Y es que, después de todo, las soluciones a muchos problemas del país han sido harto discutidas por décadas.

Así pues, identificar los nuevos contrastes alejados de los linderos del estatus será un imperativo en la carrera eleccionaria.

Resulta muy interesante que, apenas ubicándose los corredores en sus carriles, la oposición política se ha dado a la tarea sistemática de definir simplistamente a Proyecto Dignidad como el partido de los “fundamentalistas”. Esto, sin tan siquiera conocer sus propuestas para todos los renglones de la sociedad. Lo que, a mi juicio, nos permite presumir que dicha categorización no es solo fruto del prejuicio, sino también parte de las nuevas tácticas discursivas empleadas con la intención de diferenciar maliciosamente; pensando, muy probablemente, que esta etiqueta ahuyentará a algunos corazones tibios de las filas del nuevo partido.

Sin embargo, la impredecibilidad del comportamiento electoral no hace esperar sus sorpresas, y vemos como este partido emergente continúa construyendo sobre roca su visión del país.

Ahora les corresponde a los autores de la etiqueta “fundamentalista”, y también al coro que la repite, explicar la sustancia de su señalamiento. Sospecho que sus explicaciones serán prueba prima facie de su propio fanatismo ideológico, reflejado en el desprecio por los que difieren de ellos.

Tildar de fundamentalista a todo que discrepe de sus ideas como estrategia para descalificarlo, no solo es abusar del término, sino una maniobra peligrosa que pude regresarles como el búmeran. Fundamentalista, ¿quién?

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