Enrique Toledo Hernández

Punto Fijo

Por Enrique Toledo Hernández
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La fe y el “cuponero”

La existencia de la actual pobreza es política, económica y culturalmente muy útil. Sin la existencia de esa pobreza, la existencia de la identidad-aspiración moderna puertorriqueña (definida para -no por- las clases media y ricas) sería imposible.

La dinámica entre clases sociales y grupos racializados e inferiorizados dentro de éstas (por ejemplo, jíbaros-campesinos, afroboricuas, mujeres, desempleados), está determinadas por la operatividad de la burocracia estatal. Empero, la operatividad de esta burocracia estatal está determinada por la dinámica del sistema de partidos, la burocracia federal y del capitalismo internacional (hoy financiarizado). Por tanto, sin los “empobrecidos”, o los llamados “cuponeros” por las clases media y rica, el mundo material y simbólico (que se creen) no podría existir.

Asimismo, sin los “empobrecidos” y las clases media tampoco podrían existir ni los partidos políticos (¿o sus bases electorales?) ni el control colonial que Estados Unidos ejerce (como nunca antes) sobre las instituciones y la psiquis puertorriqueñas.

Pero todo sistema social necesita de un relato que ofrezca sentido a las dinámicas sociales y revaliden las estructuras institucionales. Este relato tiene unas creencias (incuestionables) que fungen como lentes para interpretar el mundo social. Actualmente, tal creencia mundial es el logro y la sostenibilidad del “desarrollo o el progreso” (bienestar material y libertad individual), que equivaldría a la “salvación en la tierra”, y cuyo más importante fenómeno es el crecimiento económico. Esto es, la consecución y la sostenibilidad de la ilimitadamente creciente producción y consumo masivo de bienes y servicios.

Esta creencia equipara implícitamente los medios (bienes y servicios) con el propio fin de la vida (o su sentido). O sea, los medios son los propios fines y, cuantos más medios-fines, más felices-exitosos-libres somos. Un país primermundista es feliz-exitoso-libre aunque para que obtenga sus medios-fines haga infeliz-fracasado a otros países “tercermundistas”. Si todos la humanidad viviera el nivel de vida de Estados Unidos necesitaríamos 4.5 planetas ante la insuficiencia de “recursos” en la Tierra.

Pero esos medios-fines tienen un condicionante en el capitalismo. No basta producir excedentes de año en año; es indispensable producirlo exponencialmente, y no de modo necesario para las mayorías.

Ante todo, los excedentes-ganancias tienen que ir primero a los enriquecidos, si no, se detiene el crecimiento (o el mantra consumo-éxito-felicidad). Por tanto, las ganancias y sus instrumentos (inversión, crédito y tecnología e infraestructura para aumentar productividad y bajar costos) son también fines en sí mismos. Empero, la creencia de una vida “primermundista” para toda la Humanidad es tan religiosa como esperar “la salvación en el cielo”. Lo “secular” de esta creencia no la hace superior a una religiosa. La primera creencia sostiene la supremacía de países, específicas culturas-conocimientos y clases sociales. La otra, en su momento, sostenía a la iglesia, sus representantes y sus conocimientos.

Tal creencia en Puerto Rico toma matices por la propia dinámica colonial. La misma construye a “los pobre modernos”, y a la “porquería de país que tenemos”, vía sus más fieles creyentes: las clases media y rica. Estas clases emergieron, directa o indirectamente, con el aumento de las funciones modernas del gobierno estatal y federal para, uno, responder a las necesidades del capital extranjero vía exenciones de impuestos y provisión de infraestructura física y social a fin de aumentar la productividad y bajar costos, y, dos, mantener bajo control a los excluidos del “progreso” mediante la administración de programas federales y más policías. Trabajar para enriquecer el capital extranjero, valorarlo como un fin en sí mismo, aspirar al “nuevo progreso”, anhelar más policías y exenciones de impuestos al capital extranjero, ver “obra” (sin saber para qué), no sólo dio empleo a la clase media y creó al “pobre”, también les ofreció un relato del mundo: “consumo-éxito-felicidad”. Nace así el discurso (racista-elitista) contra el “cuponero” sobre la base de la creencia-mantra, sus instituciones y representantes.

El discurso del “cuponero”, replicado por las clases medias, es la expresión del sistema colonial para reproducir una creencia que encumbre las estructuras sociales que las dominan, explotan y excluyen.

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