Benjamín Torres Gotay

LAS COSAS POR SU NOMBRE

Por Benjamín Torres Gotay
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La fiebre anaranjada

El americano se acerca al espejo, quizás por accidente, quizás con aprensión, y lo que ve al otro lado es una cosa de espanto: hay un personaje de más de seis pies de estatura, torso ancho como de búfalo, pelo rojizo aupado en un elaborado peinado, la piel anaranjada como pintada con aerosol y una mirada dura, que parece que da latigazos.

En este personaje se agrupan, y de ahí el espanto, algunos de los peores males de la sociedad que lo parió, entiéndase, entre otros, la ignorancia, el chovinismo, la ausencia de valores y, el peor de todos, el que no hace mucho se dio la ilusión de que por fin se había superado para siempre, el racismo.

Agravaba el espanto, si cabe, que este personaje no es un Marine Le Pen o cualquier otro demagogo de medio pelo de los que abundan por ahí agitando y hurgando en miedos desde el margen, con posibilidades de causar ansiedades, pero no de llegar a la silla mayor.

Este llegó, pues este del espejo es Donald John Trump, 72 años recién cumplidos, casado en terceras nupcias, empresario multimillonario, 45to presidente de Estados Unidos de América, puesto por la historia en la línea de los George Washington, Abraham Lincoln, John F. Kennedy, Ronald Reagan y Barack Obama de la vida.

Llegó sin que nadie, ni él mismo se lo esperara, porque el miedo al curso natural de la historia que hay en vastos sectores de la sociedad estadounidense es más grande y tiene más fuerza de lo que muchos imaginaron.

La sociedad estadounidense se ha ido transformando paulatinamente por décadas. El blanco anglosajón protestante está dejando de ser el americano típico. Se estima que, a mediados de este siglo, dejarán de ser la mayoría.

Los americanos lo saben, porque lo ven en sus comunidades. Ven en sus calles, en sus escuelas, en sus parques, a gente de la piel tostadita, los pelos encaracolados, con vestimentas raras o invocando a dioses que ellos no conocen.

Se da esto al mismo tiempo en que no están tan bien como antes los que, por ejemplo, ganaban buen dinero en industrias pesadas.

Se suma una cosa con la otra –mi empobrecimiento más mi nuevo vecino que le reza a otro dios– y se llega a creer, con la ayuda de agitadores y nigromantes en los medios y hasta en algunas iglesias, que dos más dos son cinco.

Trajo esto grandes miedos a la sociedad estadounidense. Miedo de que los latinos, los musulmanes, los negros, los judíos, todo el que sea distinto, les transforme la nación a algo que no es lo que ellos quieren imaginar. Lleva años machacándose esto en el canal de noticias Fox, que es hace tiempo el de mayor audiencia en Estados Unidos.

El Partido Republicano vio tierra fértil en ese miedo y sembró. Y la cosecha está ahora tuiteando mentiras, insultos y ataques desde la Oficina Oval o desde sus campos de golf, con una comparsa de neonazis, supremacistas blancos y propagadores de dementes teorías normalmente haciéndole coro.

Esa cosecha fue la que se puso a preguntarse en voz alta cuánto le costaría la reconstrucción de Puerto Rico tras el paso del huracán María; en los peores días de la crisis dijo que aquí queríamos que se hiciera todo por nosotros; se ha negado a reconocer que la respuesta del gobierno federal al desastre no fue apropiada; no ha dedicado ni media palabra de solidaridad a las víctimas, y se puso a hacer chistes con la estadidad cuando el gobernador Ricardo Rosselló se lo planteó cara a cara en junio de este año.

Esa cosecha republicana es la que tiene a Estados Unidos pasando en estos días una de las peores crisis políticas de su historia. Es que el portaestandarte que el americano asustado eligió para que lo representara le salió chueco.

No tiene idea de lo que es ser presidente ni le interesa aprenderlo, carece por completo de la capacidad para manejar las increíbles complejidades de dirigir el país más poderoso del mundo y es del todo incapaz de controlar sus impulsos, por no mencionar la total ausencia de valores y moral en sus determinaciones, ni la debilidad que tiene por autócratas como Vladimir Putin o dictadores como Kim Jong-un.

Pero Estados Unidos, república de 242 años que sabe más por vieja que por república, no es la primera vez que tiene a un indeseable en la presidencia y tiene sus mecanismos para defenderse de lo que está pasando, como un cuerpo humano tiene anticuerpos con los que combate infecciones y virus.

Donald Trump llegó a la presidencia, al Estado le dio una fiebre anaranjada y los anticuerpos comenzaron a funcionar.

Las agencias federales de inteligencia determinaron que Rusia intervino en las elecciones de 2016 con el propósito de beneficiar a Trump y perjudicar a Hillary Clinton.

A raíz de esto, se designó a un fiscal especial, el exjefe del FBI Robert Mueller, para que investigara si eso se hizo en coordinación con la campaña de Trump, y como el magnate tiene un largo historial de trampas de sus tiempos de nebuloso empresario y “playboy”, están cayéndole problemas y complicaciones como que llueve y no escampa.

Son culpables en los tribunales ya, entre muchos otros, su exdirector de campaña Paul Manafort, su exsubdirector de campaña Richard Gates y su abogado personal y amansaguapos de muchos años, Michael Cohen.

Fue este Cohen el que más problemas le ha causado al reconocer en corte que, por instrucciones del ahora presidente, cometió los delitos graves de crear esquemas para burlar las leyes electorales federales ocultando el dinero que dio Trump a dos mujeres –una estrella de películas porno y una modelo de la revista Playboy– con las que tuvo romances extramaritales, para que callaran durante la campaña.

Es la primera vez que el presidente de Estados Unidos es señalado directamente en corte como un criminal desde que Richard Nixon fue implicado en el escándalo de Watergate, por el que renunció en 1973 antes de que el Congreso pudiera enjuiciarlo. O sea, que los problemas de Donald Trump son hoy más complejos hasta que su peinado, lo cual es mucho decir.

Nadie sabe cuáles son los afanes del día siguiente.

En algún momento, Robert Mueller va a rendir un informe al Departamento de Justicia en el que se espera que señale a Trump por el delito cometido junto a Michael Cohen contra las leyes de financiamiento de campaña.

Se esperan también en ese informe muchas otras denuncias, relacionadas tal vez con las complicadas finanzas personales o empresariales del presidente, que, contrario a la tradición, no quiso nunca mostrar sus planillas durante la campaña.

No es descabellado esperar que el informe de Mueller contenga imputaciones que motiven al Congreso a intentar enjuiciarlo con el fin de destituirlo, considerando sobre todo que hay posibilidades reales de que los demócratas recuperen el control de ambas cámaras legislativas en las elecciones de medio término de noviembre.

El sistema se está defendiendo ferozmente contra la fiebre anaranjada, pero el presidente tenía el viernes un nivel de 41% de aprobación, según la firma Gallup. Esos no son grandes números, pero sí muy significativos considerando la racha interminable de escándalos, renuncias y sacudidas que ha enfrentado la administración Trump, en sus 20 meses en el poder.

Además, entre republicanos su nivel de aprobación es de un asombroso 85%, lo cual quiere decir que, si ese partido retuviera el control legislativo en noviembre, habrá hombre Trump hasta el 2020 y cuidado si más.

Trump dijo una vez que él podía pararse en la Quinta Avenida de Nueva York, entrarle a tiros a alguien y aun así no perdía apoyo.

Al menos entre republicanos, el tiempo le ha dado la razón.

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