Fernando Cabanillas

Consejos de cabecera

Por Fernando Cabanillas
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La flora intestinal y su papel contra el cáncer

Es muy poco usual que una revista científica publique el mismo día dos artículos del mismo tema y encima un editorial.  Cuando esto ocurre, debe elevarle las cejas a cualquiera y mucho más si ocurre en una revista de muy alto calibre como lo es Science. El tema tan ardiente de atención fue el vínculo entre el sistema inmune y los gérmenes que habitan nuestro intestino, que conocemos como la flora intestinal. Admito que no sabía que existía tal relación, pero un colega, el urólogo-oncólogo Dr. Ricardo Sánchez, me alertó sobre esto. Rápidamente acudí a la revista y lo que leí me dejó boquiabierto.

El sistema inmune cada día recibe más atención en cuanto a su importancia en el tratamiento del cáncer. Antes de adentrarme en el tema es necesario dar algo de trasfondo. Sabemos que de la misma forma que ese sistema controla las infecciones, también es capaz de dominar el cáncer. Al hacer contacto con los linfocitos del sistema inmune en los llamados puntos de control, los tumores son capaces de paralizar estas células, evitando ser atacados por ellas. En la oncología, el descubrimiento de los puntos de control inmune (“immune checkpoints”) ha sido uno de los más importantes en las últimas décadas y me atrevo predecir que se le otorgará un Premio Nobel de Medicina a su descubridor, el carismático Dr. Jim Allison, proveniente de Alice, un pueblito de 20,000 habitantes en el sur de Texas. 

Si mi predicción se cumple, Jim Allison, jefe de Inmunología del Hospital MD Anderson, será el primer Premio Nobel en haber fracasado varias veces durante sus estudios de maestría. Si no le gustaba una clase, simplemente dejaba de asistir y no se daba de baja, sino que no se presentaba al examen. También sería el primer Nobel en haber tocado la armónica con su ídolo, el famoso cantante de country music, Willie Nelson, y el primero en ser líder de una banda musical de jazz blues llamada “The Checkpoints”. Cuando Allison solicitó ingreso para estudios de doctorado, no sabían qué hacer, porque su expediente reflejaba A en las clases que le interesaban y F en las demás. Para dicha de la humanidad, lo aceptaron, y basándose en sus descubrimientos, se ha logrado diseñar tres drogas de inmunoterapia, las cuales han tenido un impacto en el manejo de tumores tales como la enfermedad de Hodgkin, el melanoma de la piel, el cáncer de pulmón, el cáncer de cabeza y cuello, colon, vejiga y riñón.

Hace ya tiempo se descubrió que la flora intestinal es importante para el desarrollo del sistema inmune en ratas. Y en humanos, algunos trastornos autoinmunes se relacionan con la flora intestinal. Por ejemplo, pacientes con la enfermedad de Crohn, al igual que aquellos con colitis ulcerosa, ambas enfermedades autoinmunes, se han tratado exitosamente cambiándoles la flora intestinal por medio de un trasplante de heces fecales de una persona sana, procedimiento no muy agradable, pero que pronto se sustituirá por “bacterioterapia”, utilizando una fórmula de bacterias libre de heces fecales.

Pero lo más novel y fascinante son los experimentos recientes en animales, los cuales han demostrado que a veces estas nuevas drogas de inmunoterapia fallan porque el sistema inmune antes de echar a andar necesita encenderse igual que el motor de un carro. Y ahí es que surge el segundo descubrimiento, de gran potencial para el tratamiento del cáncer. Sorprendentemente, la ignición que lo prende es la flora intestinal que estimula las células dendríticas, esenciales para activar el sistema inmune. La flora intestinal de cada persona consiste de una mezcla única de bacterias y al parecer algunas combinaciones de estos microbios son mejores que otras. Si dicha flora no contiene la combinación idónea, el sistema inmune falla en encenderse y por ende las drogas de inmunoterapia no funcionarán. 

Estos datos se pueden criticar por provenir exclusivamente de animales experimentales, pero tan reciente como nueve días atrás, Un estudiante de doctorado presentó un trabajo importante proveniente de MD Anderson, confirmando por primera vez este descubrimiento en 221 pacientes con melanoma metastásico tratados con inmunoterapia.   Su estudio ratificó que aquellos cuya flora intestinal era diversa, no solo respondieron mejor al tratamiento, sino que también las respuestas duraron más. Además, demostró la presencia abundante de dos bacterias en específico en los pacientes que respondieron al tratamiento. Estas bacterias beneficiosas pertenecen a dos familias de las cuales presentaré más datos en la próxima columna. Finalmente, detectó que aquellos pacientes con abundancia en su flora intestinal de otra familia diferente de bacterias, no respondieron bien a la inmunoterapia y por tanto concluye él, que esta última familia se puede considerar como perjudicial para el sistema inmune.

Otros datos que comprueban la importancia de la diversidad de la flora intestinal es que las personas delgadas tienen una flora más diversa que los obesos, y sabemos que la obesidad correlaciona con un riesgo más alto de cáncer. De interés también es que, si se le trasplanta la flora intestinal de una rata obesa a una delgada, esta última engordará y lo contrario también ocurre.

Esto me provoca una serie de interrogantes como, por ejemplo, ¿Hay algunos antibióticos que disminuyan más la diversidad de la flora y que por tanto debiéramos evitar? ¿Será necesario en el futuro un análisis de la flora intestinal de los pacientes de cáncer antes de tratarlos con inmunoterapia? ¿Será deseable administrar de forma preventiva algunos probióticos que se consiguen fácilmente en las farmacias? Esta última pregunta es de suma importancia y será el tópico de la próxima columna.

El intestino contiene entre dos a cinco libras de microbios y cientos de diferentes bacterias, hongos y virus, pero a nadie se le había ocurrido que, si las vísceras contienen tantos gérmenes, por una trascendental razón será. Ya sabíamos que algunas de estas bacterias producen vitaminas. No obstante, se pensaba que la mayoría no producían nada provechoso, pero si el proceso de evolución les permitió a esas bacterias crecer y vivir en el intestino es porque estas nos colonizan para ayudarnos y no para enfermarnos. Esto es así, aunque vaya en contra de nuestro concepto tradicional de una colonia.

En otras palabras, no todos los gérmenes colonizadores son malos; hay muchos que residen en nuestro cuerpo con algún propósito provechoso y primordial.  ¿Cómo es posible que hayamos sido tan torpes en no reconocerlo antes?

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