Edgardo Rodríguez Juliá

Puertorro Blues

Por Edgardo Rodríguez Juliá
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La fondita de Doña Fema

Luego del brutal paso del huracán María, y a causa de los vientos que destrozaron casas y desclavaron paredes, los inodoros de tantas viviendas quedaron expuestos, al aire libre; fue lo único que sobrevivió en su sitio. Siendo nosotros gente bastante malcriada, recién salidos de la miseria los más, estacionarios en la pobreza los muchos, debemos dar gracias de que fue el inodoro American Standard y no la ancestral letrina lo expuesto. Una joven escritora, que obviamente jamás tuvo el apuro de correr a una letrina, como yo cuando pequeño, se lamentaba que la tormenta hubiese expuesto nuestra “tripa”, la parte más innoble de la condición humana. Pero como se trata aquí de “hacer de tripas corazones”, es decir, dotar con cierta nobleza nuestros procesos digestivos, pasaremos ahora de la mera alimentación que nos trajo la tormenta a una gastronomía excepcional, aquella que imaginaríamos confeccionar con los paquetes de suministros “MRE”, “Meals Ready to Eat”, que nos repartió el mantengo de “FEMA”.

Tito, mi vecino y cuate en este campo de Aguas Buenas, barrio asolado por María, fue muchas veces a buscar los paquetes de alimentos distribuidos por FEMA, allá al campo de pelota al lado del pueblo, y tanto así que me protestaba que con cada comida de soldado “ya iba camino a convertirse en veterano”. Era uno de los muchos puertorriqueños que durante aquellos días intransitables se quejaba de no recibir de FEMA un buen plato de arroz y habichuelas, nuestro plato nacional después del arribista mofongo. Además, como usuario consecuente de la catana, Tito, el del rostro siempre afligido y resacoso, bien que se alimenta fumando Newport 100 y calentándose el buche con avena Quaker. Quiso compartir y me trajo todos aquellos paquetes, asegurándome que era buena comida, como para soldados, “lista para calentarse en el monte”.

Los paquetes MRE vienen en estas envolturas crema oscuro ?color kaki militar? y llevan el sello del Pentágono, del Departamento de Defensa de los Estados Unidos, el águila imperial siempre visible, en primera plana. Se representa emblemáticamente, mediante una foto polarizada, a dos soldados en el momento, nada reflexivo, de meterle el diente a las raciones. Es como dice Tito, se trata de comida de campaña, ahí se representa el oficio de la guerra con una estiba de rifles M16, culatas al suelo y los cañones que forman pirámide.

El menú 5 es de “chicken chunks, white, cooked”. Por qué incluyen una descripción de ese menú, y de todos los otros, en francés, es un misterio. No sé, quizás para ennoblecer con el francés de la superior gastronomía la modestia de una oferta de campaña. De todos modos, a este pollo lo llaman “Dés de poulet”. La comida del paquete es “warfighter recommended, warfighter tested, warfighter approved”, otra prueba más de que los americanos más que pertenecientes a una cultura militarista, como los latinoamericanos, se enorgullecen en pertenecer a un temperamento guerrerista. Son severas las advertencias que se completan con una prohibición de reventa del producto; pertenece al U.S. Government y tampoco pueden usarse los adminículos para calentar las raciones ?la destreza necesaria para su uso requiere un entrenamiento militar básico de meses? por aerolíneas comerciales, con la salvedad ?aterrador “caveat” apocalíptico? que sí podrían usarse, de permanecer en sus envolturas originales, durante una emergencia, ¿nuclear? Con las prohibiciones en estos paquetes podemos sentir la autoridad distante, severa y primitiva, del Imperio, palpar también sus incertidumbres y temores.

Y tan pronto superamos el menú cinco, el de ese pollo troceado de carne blanca y húmeda, lista para escurrir, y que se puede convertir en ensaladilla mediante cebolla, perejil, mayonesa y recao de monte, sal y pimienta a gusto, nos adentramos en este discernimiento de la alimentación en que cada ración tiene su sombra étnica, la de los emigrantes legales e ilegales que conforman los “gurkas” imperiales, la carne de cañón muchas veces reclutada entre salvadoreños, mexicanos, negros y puertorriqueños pobres.

Por ejemplo, en la ración del “Chili with beans”, “Chili con carne y habichuelas”, o en francés “Chili aux Haricots Rouges”, y que es lo más cercano que los damnificados por María estarían de un buen “arroz con habichuelas” ?no en balde me lo recomendó el bueno de Tito?, también se han incluido dos miserables “tortillas”, insuficientes, y de harina, el gesto condescendiente, aunque fallido, con los centroamericanos que sirven en las fuerzas armadas yanquis. Para servirlo como plato principal, y con una guarnición de arroz con habichuelas marca diablo, este “chili con carne” puede domarse con recao del monte, cebolla picadita y ajo; sería la manera de proveerle algo del sofrito antillano a una comida Tex-Mex que, en sí, ya es una falsificación.

Para los de origen italo-americano están los mentados “Spaghetti with beef and sauce”, “Spaghetti en sauce à la viande de boeuf”. Y ya con esto empezamos a sospechar que el chef consultado sobre la traducción al francés jamás supo que los damnificados por el terremoto de Haití ?también beneficiarios de FEMA? no hablan francés sino creole y pocos son capaces de leer esa descripción en la lengua de Brillat-Savarin, incluida en el paquete de manera tan premeditada. Quizás pensó que hacer la descripción en francés sería mejor que usar el término “Marinara” para describir la salsa. ¡Eureka! ¡A nosotros, los damnificados por María nos llegaron los excedentes de guerra del terremoto de Haití! Y justo aquí es donde entra el soberano arroz con habichuelas boricua, porque es uso y costumbre en la fonda puertorriqueña acompañar los espaguetis marinara con una guarnición de arroz con habichuelas rosadas, pesadilla para los dietistas y “comfort food”, comida de antojo y sostén, para el puertorriqueño fondero. Para comensales esnobs, se recomienda mucho queso parmesano rayado al momento y, si sobró algo, una versión “scarparo”, sustituyendo con el cilantrillo la albahaca del pesto.

Y los jovencitos americanos suburbanos, criados con hambugers y pizzas de chorizo tienen esas deliciosas Pepperoni Pizza Crackers, galletitas deliciosas, adictivas, muy recomendadas por el cuate Tito, sin olvidarme de ese pan de maíz, destinado a sureños y afroamericanos, engañosamente chato, sabroso, con sabor a maíz grueso, mejor que el de la más cercana panadería de campo, allá en lo alto de la barriada donde María nos dejó sin techo y con el trasero al descubierto.

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