Angie Vázquez

Punto de vista

Por Angie Vázquez
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La fortaleza de un pueblo en las desgracias

Los bisabuelos cuentan de un tiempo pasado y lejano cuando la tierra tembló en Puerto Rico por más de 19 días corridos. Se referían al terremoto de San Fermín del 1918 y sus réplicas. Las oscilaciones iniciales eran de tal magnitud que dificultaban caminar o escapar. Las casas crujían. Edificios y puentes caían. Durmieron a la intemperie temiendo ser víctimas del colapso de sus hogares. En el pueblo de Mayagüez mucha gente murió producto del terremoto y la ola posterior (tsunami) que parecía querer tragarse la tierra. La historia se repite.

Contaban que hicieron fogones fuera de las casas. Montando piedras del campo improvisaron “cocinas” que les ayudaron a comer por casi un mes. Sin televisor, radios portátiles, celulares ni otros avisos, que no fueran las noticias que los mismos vecinos oralmente proveían, procedieron a cuidarse entre sí, como familia y comunidad, sin paralizarse ni esperar ayudas del gobierno. En tanto aislamiento y pobreza, pudieron sobrevivir ayudándose unos a otros. Y después del horrible desastre, la vida poco a poco se fue recomponiendo. 

¿Qué aprendemos de esta corta historia? Que lo que hoy vive Puerto Rico no ocurre por primera vez. Que por nuestras condiciones geomórficas tampoco será la última. Que por más desgraciado que sea el evento natural, el pueblo siempre se levanta para retomar su futuro. Que la solidaridad comunitaria es fundamental para la sobrevivencia. Que la naturaleza se enfrenta aceptando sus designios y reconstruyendo ruinas para volver a empezar. Que las alegrías y desgracias son cíclicas; hoy estamos abajo pero pronto estaremos arriba de nuevo. Que los que hoy tenemos vida somos el legado de aquellos que supieron y pudieron sobrevivir sin amilanarse en su desgracia.

El terremoto del 1918, tan poco recordado y atendido en el repaso escolar de nuestra historia, evidencia que lo vivido hoy ya fue experimentado por otra generación de puertorriqueños. Son muchas las lecciones que podemos aprender del pasado a pesar de la amnesia colonial educativa y el desfile de malas administraciones políticas sin visión integral de país a largo plazo. 

Los archivos históricos deben dirigirnos y alertarnos en datos significativos sobre el impacto material que tuvo aquel terremoto, pero también las narrativas documentadas del efecto emocional que tuvo la tragedia. Por ejemplo, los ataques al corazón y los suicidios aumentaron después del evento. Debemos, pues, atender con urgencia la salud mental del pueblo.

El informe de la comisión encargada de la investigación de terremotos (Reid & Tabler, 1919) informó que los daños a la propiedad fueron enormes y que el estado emocional del pueblo estaba seriamente afectado. El informe personal de la monja Adelaide Dáuney del 1918 del Colegio de la Inmaculada Concepción (en custodia del Archivo Histórico Municipal de Mayagüez), indicaba que la gente lloraba en las calles pidiendo perdón a Dios pensando que el día del juicio final había llegado. Las monjas del Colegio atendieron heridos y acongojados sin ayuda externa por mucho tiempo pues una epidemia de influenza había mermado la cantidad de soldados que pudieran llegar desde San Juan. Debemos, pues, usar nuestros recursos inmediatos pues se sobrevive con lo que se tiene y no con lo que se espera tener.

A solicitud del entonces gobernador Arthur Yager, el historiador Dr. Cayetano Coll y Toste sometió un informe en el 1918 recopilando datos de los terremotos registrados en Puerto Rico, identificando eventos desastrosos en el 1772 en Aguada (después de un ciclón), 1787 en Arecibo, y los del 1844 y 1867 al noroeste de la isla. Coll y Toste narró su experiencia personal en San Juan con el del 1867, indicando que la gente salió de sus casas y en procesión espontánea se dispusieron a abandonar la ciudad en medio de réplicas y destrozos. Describió en detalle el estado de ánimo de desasosiego, histeria, desmayos, pavor, desesperación, confusión y nerviosismo anticipatorio a otro temblor. La gente decidió irse “al campo” de las afueras del Viejo San Juan para sentirse más seguros y tranquilizarse. 

La historia se repite. Mientras la población sigue sufriendo la incertidumbre y la destrucción de los actuales temblores, no podemos relegar la importancia de su devastador efecto psicológico. Estos constantes temblores se han sentido como una tortura lenta que no termina. Esto dificulta que las personas puedan pasar a una nueva etapa de recomposición mental y reconstrucción emocional pues el peligro no ha pasado. Estudios por desastres de terremotos claramente indican que las reacciones de trauma psicológico aumentan en estos eventos siendo el Síndrome Post Traumático el de mayor frecuencia y duración. Mientras más tiempo dure el episodio traumático detonante, más complejo, prolongado y profundo es su efecto psicológico. 

Nuestro pueblo está en grave peligro otra vez. Se configura un duelo complejo colectivo e individual por las múltiples dimensiones y consecuencias del presente evento. Se siente pena por la pérdida de hogares, trabajo, estabilidad y rutina. Se siente dolor por las muertes directas e indirectas. Se siente coraje que el gobierno reaccione de la misma forma descoordinada que en María. Pero no podemos dejar que la pena nos gane porque tenemos mucho trabajo de reconstrucción que planificar y realizar.

La tristeza por cansancio, la depresión por la pérdida de cosas que nos dan seguridad, la ansiedad ante la incertidumbre, la constante y repetida amenaza a la seguridad e integridad física, el coraje por el injusto castigo (porque así se siente) y la angustia por la crisis del sentido de la vida misma, nos llevan a desarrollar una pena profundamente corrosiva. Pero tenemos que recordar que no es la primera ni será la última vez que esto ocurre y que, por lo tanto, tenemos que seguir tomando buenas decisiones familiares y comunitarias para ayudarnos a sobrellevar y sobrevivir este difícil momento. Este pueblo es valiente. La palabra clave es resistencia, igual que lo fue para nuestros bisabuelos y antepasados.

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