Aarón Gamaliel Ramos

Punto de vista

Por Aarón Gamaliel Ramos
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La franja territorial estadounidense

A finales del siglo diecinueve, cuando Estados Unidos se encaminaba a ocupar un lugar en la cima del poderío mundial, consideró importante crear un cordón de islas para proteger las amplias fronteras del naciente imperio. Fue el historiador naval Alfred Thayer Mahan quien advirtió la necesidad de edificar una franja de seguridad en su libro, La influencia del poder naval en la historia, publicado en 1890, que fue la lectura preferida de los dirigentes de esa nación durante aquellos tiempos.

Mahan lamentaba que, fuera del territorio de Alaska, comprado a Rusia en 1867, su país no tuviera un perímetro guardián de sus costas. Por ello, sugería la necesidad de contar con una franja de colonias en las dos fronteras de Estados Unidos, pues estas ofrecían “el medio más seguro de apoyar en el extranjero el poder marítimo de un país”. Le tocó a Theodore Roosevelt convertir esas ansias imperiales en una realidad, arrebatándole territorios a España en 1898 para colocar los primeros peldaños de su periferia naval.  

Estados Unidos inició el montaje de su franja el 10 de diciembre de 1898, cuando España firmó el Tratado de paz con Estados Unidos en París. En ese momento, las antiguas colonias españolas de Filipinas, Puerto Rico y Guam pasaron a convertirse en las piezas iniciales de la construcción de una frontera marítima integrada por estaciones navales, en cuyo plan también estaba Cuba, la isla más cercana a sus costas. 

En su frontera atlántica, Estados Unidos también operó dos importantes bases militares: la Base Naval en Guantánamo, remanente del intento de descarrilar la ruta de Cuba hacia su independencia, y la franja del Canal de Panamá, que operó como un territorio ultramarino desde 1903 hasta finales del siglo veinte.  Más adelante Estados Unidos consolidó su faja protectora del Caribe mediante la adquisición de las Islas Vírgenes danesas en 1917, que fueron gobernadas por la Marina de Guerra hasta la segunda posguerra. 

A la adquisición de las tres antiguas colonias españolas se fueron sumando otras tierras. En la franja del Pacífico agregaron a Hawái, cuya anexión había sido propuesta por el Partido Republicano cuatro años antes de que el Congreso lo convirtiera en territorio en 1900. En ese mismo año Estados Unidos culminó el control de la parte oriental de la cadena de islas samoanas, donde ya estaba instalado un importante puerto carbonero estadounidense desde 1872. La Marina de Guerra ejerció presión para lograr que las élites autóctonas samoanas le cedieran el territorio, proceso que se inició en 1904 y culminó en 1929, cuando el Congreso de los Estados Unidos aprobó formalmente las escrituras de cesión y comenzó a llamarle Samoa Americana. Luego se inició un período de administración territorial directa por las autoridades navales estadounidenses, el cual se extendió hasta 1951. 

En 1946, con la salida de Filipinas delgrupo de islas de control directo, Estados Unidos inició una segunda fase de inclusión de territorios en Oceanía. Habiendo advertido su fragilidad militar en la zona del Pacífico luego de los sucesos en Pearl Harbor, el gobierno estadounidense aprovechó la transferencia temporera de territorios que le hizo Naciones Unidas luego de finalizada la Segunda Guerra Mundial para consolidar su hegemonía naval en esa región. 

A través del control de varios países comprendidos en el “Territorio en Fideicomiso de las Islas del Pacífico” formado por un conjunto de islas del archipiélago micronesio que estuvieron en manos de los países perdedores en la guerra, Estados Unidos apuntaló su presencia militar en la puerta de entrada al continente asiático. En ese grupo se encontraban las Islas Marianas del Norte, las Islas Marshall, los Estados Federados de Micronesia, y Palao, que fueron históricamente controlados por otras metrópolis interesadas en ampliar sus propias fronteras navales. En el acuerdo con la organización internacional, Estados Unidos se comprometía a “promover su desarrollo progresivo hacia el autogobierno o la independencia”.

Aunque los territorios del fideicomiso de Naciones Unidas no fueron cedidos de modo permanente a Estados Unidos, este país estableció sobre ellos varias bases navales y áreas para realizar pruebas con proyectiles nucleares y misiles. Asimismo, los atolones de las Islas Marshall fueron intensamente utilizados para esos propósitos, lo que incluyó la remoción de sus habitantes durante los primeros lustros de la segunda posguerra. En cada uno de ellos se establecieron bases navales y aéreas, cuyos comandantes fueron jefes de facto de la administración territorial, como fue la Base Andersen en Guam. De modo que, al culminar la administración fiduciaria a finales de la década de 1970, la Marina estadounidense quiso mantener estos tres países en su esfera de influencia, mediante diversos arreglos políticos que garantizaban su control sobre ellos.

Aunque los cuatro territorios del fideicomiso de Naciones Unidas acabaron siendo entidades soberanas, estos tomaron diferentes rumbos. De una parte, las Islas Marianas del Norte fueron convertidas en un territorio no incorporado de Estados Unidos mediante un esquema de Commonwealth parecido al de Puerto Rico. Con esta adición se completó el cuadro de cinco colonias que comprenden la franja territorial estadounidense en la actualidad.   

En cambio, las Islas Marshall, los Estados Federados de Micronesia y Palao acabaron siendo países soberanos, con ciudadanías propias y asientos en la Organización de Naciones Unidas. No obstante, por su importancia naval, Estados Unidos también procuró que estos tres países se mantuvieran vinculados a su cordón naval a través de diferentes pactos de libre asociación, a través de los cuales cedían autoridad en áreas clave para la seguridad militar estadounidense a cambio de asistencia financiera y la libre entrada de sus ciudadanos a Estados Unidos.

Desde sus inicios, la conversión de pueblos con configuraciones étnicas propias en colonias estadounidenses desató formas diversas de conflicto. Las más pequeñas en superficie y población vieron desaparecer sus economías tradicionales, que fueron sustituidas por el establecimiento de bases militares como principal fuente de empleo. Varias de ellas fueron perdiendo sus modos autóctonos de vida y sus lenguas por el influjo avasallador del inglés, excepto Puerto Rico y Samoa, cuyas lenguas autóctonas se mantuvieron como lenguajes principales. Sin embargo, solo Samoa mantiene su rechazo a la imposición de la ciudadanía americana, pues consideran que con ello se debilitaría su organización social tradicional, perdiendo también la autoridad que ahora disfrutan para impedir la adquisición de tierras por extranjeros.

En todas ha habido insatisfacción persistente con los esquemas coloniales impuestos, que las colocaron bajo la jurisdicción del Congreso de Estados Unidos, desde donde siempre se miró con desdén cualquier cambio político que pudiera alterar ese cinturón militar.

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