Cezanne Cardona Morales

Punto de vista

Por Cezanne Cardona Morales
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La frente prestada

Cree el gerente vanidoso que toda frente es su aldea. Adapto aquí la frase inicial de “Nuestra América”, de José Martí, asediado por ese modismo empresarial que disparara a sus clientes con termómetros láser. No conforme con el carnaval de mascarillas, el desinfectante a quemarropa y los campos de látex, la pandemia también ha legalizado los asaltos de salud en las entradas de tiendas y negocios. “Présteme su frente”, dicen los empleados con ternura sicaria, y luego nos apuntan a la cabeza con un aparato digno del viejo oeste.

Los ingenieros lo llamaron pirómetro, y el primero que me asaltó era color blanco y de gatillo gris, justo a la entrada de una gasolinera “American”. El “bang” apenas hizo “beep” y la infatuación de futuro desdobló mi cartografía. ¿Lectura de temperatura corporal sin contacto de axila, oído o boca? Conviene decir que mi desidia se debe a otra calistenia, pues no es la ciencia ficción la que está de pláceme con el coronavirus, sino el primitivismo más glamoroso. Basta preguntarle a Bartolomé de las Casas cuando escribió, en su “Historia de las Indias”, sobre los dotes religiosos de la piedra solimán como remedio contra una plaga de hormigas negras. “Bienvenido a América”, casi dice la empleada que me invitó a pasar sin informar los grados Fahrenheit de mi bautismo láser. ¿Podré reclamar la “ley Hippa” si vociferan mi febril algoritmo? ¿En qué momento de la emergencia viral se negoció la calentura interior?

El siguiente asalto me tomó mejor blindado y con el poeta de “El rayo que no cesa” bajo el brazo. Así que antes de que me fusilara frente a las puertas de la tienda “Me Salvé”, fijé la mirada en el juguete termal: amarillo como los semáforos, con bordes y gatillo negro mate; toda una mágnum urbana. Ya sabía -vía Amazon o Pinterest- que la luz infrarroja de los termómetros láser rebotaba en la frente a la velocidad de la luz y luego transformaba la energía recibida en señal eléctrica. Nada de eso sirvió de auxilio ante el vigor calamitoso del cañón láser de “All Ways 99”: rojo alarma, repujado de ébano plástico y de petulante tamaño, similar al uzi israelí. En cambio, la triste balística del termómetro de la ferretería “National” me dejó contrito; una flauta mágica o pícolo de orquesta, de un suave violetita lavanda con gatillo blanco. Reconforta la variedad, tal vez porque simula ser evidencia de que aún ningún contratista del gobierno ha ordenado la compra de medidores termales en el extranjero; el Apocalipsis será rentable o no será, oficia el progreso.

Huelga una aclaración: no en todas las tiendas desenfundan un arma de radiación térmica. Pero las veces que pregunté por el prerrequisito, me atravesaron una saeta lírica como las de Sor Juana Inés de la Cruz: “Este que ves, engaño colorido”. En un país tan fiebrú, increpa que criminalicen la hipertermia. Llevamos años con la democracia prorrateada y allí donde dice: “Nos reservamos el derecho de admisión”, en realidad se publicita una nueva ecología del miedo. ¿Será que el beeper de urbanización cerrada también es un arma? Aunque la cháchara en las filas infla mascarillas como chiringas al vuelo, recelo el silencio ante la salud policíaca en manos del mercado. Sin infección teórica, me atrevo a decir que hemos refinado con eficiencia nuestro narcisismo de catástrofe. Solo faltaba un aforismo: el colmo del trópico es que prohíban la fiebre. Tan profunda es la erótica del control y la seguridad que, a la entrada de una megatienda, extrañé que no me pidieran la frente prestada. Mejor lo resumió Carlos Monsiváis: “Pásele, sino le devolvemos el orgasmo.”

Pero no nos llamemos a engaño: el “task force” fue la primera fuerza de choque de la salud puertorriqueña. Le siguió el botín del Secretario de Salud, que gana en un mes lo que un maestro en un año. Lo extraño es que, en la ecatombe gubernamental, la novela “Fahrenheit 451” de Ray Bradbury no se haya vuelto una exigencia de emergencia nacional. La política de “Zona libre de calenturas” pone en peligro la infección de oído, la vergüenza, la hipertensión, el sonrojo de mejillas, la rompehueso, ese calientito en las orejas tras el chiste colorao y hasta el más honesto hallazgo estético, si se sigue la definición que dio Nabokov: “belleza: escalofrío en el espinazo. ¿Por quién doblan los termómetros? Ya no es por el clima, la vivisección moral, la astrología individual o la cotidiana farmacéutica del dolor. Aunque no estoy para otra épica viral más, al menos prometo que la próxima vez que me pidan la frente prestada exigiré que me devuelvan mi accidente interior.

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