Eduardo Lalo

Isla en su tinta

Por Eduardo Lalo
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La frontera

Existen instituciones que pueden brindarnos imágenes instantáneas de un país y el aeropuerto es una de ellas. Tengo la edad para recordar el nuestro cuando tenía un solo edificio y no ostentaba el nombre del fundador del ELA. Luego ha pasado por muchas etapas, por periodos de modernización y crecimiento o de especulación y abandono. Hace unos años, un gobierno manirroto lo entregó, por los años restantes de la mayoría de los puertorriqueños, a una empresa mexicana.

Los gobiernos del bipartidismo han permitido un aeropuerto que nos es doblemente ajeno. Lo administra un consorcio cuyo objetivo es el lucro y lo rige una fuerza policiaca que responde exclusivamente a los intereses de Washington. Estos hechos de una magnitud enorme patentizan la manera en que nuestros gobiernos han estado desprovistos de un proyecto de país.

Hoy Puerto Rico está más aislado que hace 40 años y los destinos aéreos han desaparecido dramáticamente. Mi memoria conoce de líneas aéreas británicas, estadounidenses, francesas, mexicanas y alemanas que ofrecían vuelos directos desde San Juan. En nuestros días el Luis Muñoz Marín apenas nos lleva a ciudades que son centros de transbordo. No está de más pensar, que de no quedar limitados por la colonialidad, hubiéramos podido optar por esta función continental. Sin embargo, hoy el aeropuerto es un conjunto de edificios por el que después de las nueve de la noche circulan números reducidísimos de pasajeros. Sus tiendas y restaurantes, que deben ser de los más caros y mediocres del mundo, cierran también a horas inconcebibles para una ciudad capital. Es tal la desolación de nuestro puerto de entrada, que como señalara en una columna reciente, sus administradores aparentemente optan por apagar las escaleras eléctricas a partir de cierta hora.

El pasado fin de semana, fui parte de una delegación de la Universidad de Puerto Rico que regresaba a San Juan. El viaje desde un estado sureño mexicano tomó más de 12 horas y debió hacerse en tres aviones. Según se profundiza nuestra ruina, el mundo va quedando más y más lejos.

Luego de aterrizar cerca de la medianoche, entramos a un aeropuerto sin un alma. Pronto nos percatamos de que algo había cambiado. Las flechas no nos dirigían al lugar habitual de los trámites de inmigración. Luego de tornar en un pasillo, dimos con una barrera y una cincuentena de pasajeros divididos en dos. Todos habíamos bajado de un solo avión y la fila de los puertorriqueños era mucho mayor que la de extranjeros.

Del otro lado de la barrera había una quincena de máquinas y un empleado. En escalas hechas en ciudades estadounidenses había visto los aparatos con pantallas. Siguen una lógica robótica: sustituyen a los funcionarios de inmigración y obligan al viajero a efectuar él mismo el trámite de entrada.

La fila era estática. Las máquinas eran nuevas, pero más de la mitad estaban inoperantes. El tiempo malgastado hizo suponer los tumbes federales: los beneficios de los vendedores, instaladores y reparadores de un equipo que no funcionaba. Luego de casi una hora tuve en la mano un papel con una cruz negra sobre mi foto borrosa. Casi todos los que llegamos en ese vuelo obtuvimos el mismo resultado y el empleado nos indicó que debíamos repetir la fila en una segunda barrera.

Así pasó otra hora. Nuevamente, un solo agente migratorio atendía a los pasajeros. Sin embargo, a nuestro alrededor había seis guardias armados. Uniformados con ropas oscuras, llevando a cuestas un equipo capaz de reprimir a una multitud, se limitaban a observarnos.

Hartos del abuso, algunos exigieron la presencia del supervisor. Este era puertorriqueño y se apellidaba Cruz. Un miembro de la delegación le expuso nuestra protesta con claridad aritmética: seis policías para vigilar un grupo inofensivo y una sola persona para atenderlo. Muchos empleados federales han llevado su colonización al extremo de encarnar las violencias de los colonizadores como conducta cotidiana. Se trata, quizá, de dejar establecida una raya entre unos y otros, entre colonizados y colonizadores y algunos funcionarios, a partir de la adopción de esta violencia institucionalizada, suponen que han cambiado de bando y que ya no son parte de la masa de “nativos”.

La respuesta de Cruz fue una parejería: “¿Tú ves a alguien comiendo pop corn?”, preguntó haciendo referencia a los guardias que nos observaban sin hacer nada. Casi a punto seguido culminó el intercambio con un “Ya terminó para que me deje trabajar” y desapareció en una oficina con cristales que no dejaban ver su interior, pero desde la cual nuestra espera interminable e injustificada era perfectamente visible.

Sé que existen muchas diferencias de grado y drama, pero no por ellas lo que voy a afirmar deja de ser certero: he aquí a nuestros tontons macoutes. Igual que en las milicias de Duvalier en Haití, se está ante una fuerza militar para la cual el ciudadano aparentemente no tiene valor.

El aeropuerto internacional se ha convertido en el páramo en el que aterrizan cada vez menos aviones en una colonia dominada por unos funcionarios federales con frecuencia inclinados al abuso. Hay ciudades que han convertido sus oprobios en fuente de ingresos. Río de Janeiro o Medellín ofrecen a sus arrabales como destinos turísticos. El Aeropuerto Luis Muñoz Marín posee las condiciones para beneficiarse de estas prácticas. Guías podrían conducir a los turistas por grandes naves vacías, con mostradores cerrados hasta el primer vuelo de la mañana o el único de la semana. La experiencia sería una especie de Chernobil del empresarismo criollo. Nada como caminar por escaleras eléctricas detenidas, construidas con millones de dólares que no se sabe a qué manos han ido a parar, sintiendo la emoción de que Cruz o algún otro oficial federal nos obsequie con dos horas de espera y su mal genio.

Se dice que al menos el 95% de los votantes están contentos con este ordenamiento. El colonizado se ilusiona con que nadie se da cuenta de sus contradicciones, humillaciones y violencias y Cruz pensará que para que lo consideren un incondicional debe comportarse ante los suyos como un patán o una alimaña.

¿Qué sería de Puerto Rico sin los federales? En este contexto la respuesta es sencilla: al regresar parecería que hemos llegado a casa. Puerto Rico nunca ha comenzado en su aeropuerto. La conquista estadounidense de 1898 se vuelve crasa en la frontera y el país comienza en la Avenida Baldorioty de Castro, cuando empieza a disiparse la indignación y la rabia.

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