Juan Antonio Candelaria

Tribuna Invitada

Por Juan Antonio Candelaria
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La fuerza huracanada desnudó la miseria del país

Como relatado en la Alegoría de la Caverna de Sócrates, donde esclavos, acostumbrados a las tinieblas, pretendían ver una realidad que no existía, María nos ha revelado la luz. Que más allá de una metrópolis de grandes centros comerciales y artificial riqueza de las tarjetas plásticas, existía un pueblo pobre.

María nos ha desnudado, puesto al descubierto nuestras viseras gástricas sorprendiéndonos en la realidad de que más allá de la fastuosa capital, con sus marquesinas de teatros, luces de neón, bambalinas y artificiales decorados, existía una ínsula cuya belleza paisajista ocultaba las casitas pobres, techadas de zinc.

Ha puesto al descubierto que el presupuesto fue repartido en salarios ostentosos, contratos leoninos y cabilderos. Destinado a esa aristocracia gubernamental, muchos pavoneándose en el Centro de Convenciones simulando hacer algo para atenuar la miseria que crearon, culpables de que no quedara dinero para obras públicas, infraestructura y beneficios para los trabajadores. María nos ha desnudado de la mentira.

María nos ha rasgado las vestiduras hiladas de ficciones, hipocresía y apariencias. Nos ha corrido el velo, poniendo al descubierto los paños menores de la miseria. De una pobreza que estaba ahí, pero hoy se nos revela ante nuestros ojos. Nos supusimos un puerto rico con un presupuesto combinado que ronda los $28 mil millones, pero fue dilapidado por los que hoy simulan levantarlo. Puerto Rico se habrá de levantar a sí mismo cuando depongamos de ese inmenso grupo de arrimados al presupuesto; legisladores, jefes de agencias y empleados de confianza que han quedado desnudos ante su futilidad e inutilidad. Lo único que han hecho es solicitar al gobierno federal.

Esa fuerza huracanada nos desnuda de la oprobiosa realidad, que somos un pueblo con las manos extendidas para pedir. Pedimos a FEMA, solicitamos ayuda al Cuerpo de Ingenieros, la Guardia Nacional, la Cruz Roja, la diáspora. Se ha desnudado la gran mentira de que los políticos nos dan algo, cuando en realidad son los contribuyentes de aquí y de allá. No nos dan, nos quitan.

María desnuda una realidad siempre señalada, que son los obreros con machete en mano, empleados de la salud trabajando a obscuras, de un cuerpo de seguridad arriesgando su vida, educadores, con su mísero salario, pero con entrega, vocación y orgullo. Brazos y mentes productivas los que pueden hacer posible un Puerto Rico mejor.

Nos revela una sórdida realidad: que sobran los políticos, que resulta oprobioso funcionaros con salarios de un cuarto de millón de dólares, dinero bueno para asfaltar kilómetros de carreteras. Desnudos ante la realidad de un país con una infraestructura frágil en extremo, ya que los dineros destinados a ésta y al desarrollo económico ha sido dilapidado por los políticos de turno, abundando los personeros con salarios y contratos de aristócratas.

Pero, también, nos ha desnudado en nuestra pequeñez y nimiedad humana. De la banalidad de la mujer que busca, afanosamente ausente de electricidad, un secador de cabello intentando cubrir su tesoro plateado; del hombre lacrimoso por no poder ver el inicio de MBA; o de la joven con su mirada letárgica puesta en un celular inerte, como quien observa un cadáver insepulto; o de quien busca, desesperadamente, la última soda del desierto. María nos ha desnudado de nuestros fútiles hábitos y condicionamientos.

María es invitación a retomar nuestra humanidad, ser servicial con el vecino, esperar pacientemente en fila, conversar de frente, sin aparatos electrónicos, posponer gratificaciones. María no ha sido otra cosa, que la fuerza de la naturaleza, poderío de quien rige el universo, dotándolo de estabilidad. Esa fuerza y energía ha enviado un mensaje. Corresponde a los puertorriqueños entenderlo.

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