Carmen Fernández

Punto de vista

Por Carmen Fernández
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La gallardía de los maestros ante la pandemia

Jean Piaget, uno de los teóricos del aprendizaje más reconocidos y estudiados en los cursos de psicología y pedagogía, estableció que “el aprendizaje es un proceso que solo tiene sentido ante situaciones de cambio. Por eso, aprender es en parte saber adaptarse a esas novedades”. Sin lugar a dudas, uno de los mayores procesos de aprendizaje por los cuales atraviesa la humanidad actual se llama COVID-19. Su surgimiento ha cambiado exponencial y drásticamente nuestras vidas. La pandemia nos ha obligado a aprender y a reaprender, siendo tal vez uno de los mayores retos el cómo vivir diariamente desde el aislamiento y distanciamiento social.  

El ser humano tiene una capacidad enorme de aprendizaje y también de adaptación. En esta vorágine que se vive con el COVID-19, el maestro puertorriqueño está enfrentando con gallardía el reto de continuar desde la distancia con un proceso de enseñanza-aprendizaje para el cual no estábamos, como institución, totalmente preparados. Nos ha tocado hacer grandes ajustes, aprender sobre la marcha, reinventarnos y reprogramarnos. La realidad actual que vivimos trastoca paradigmas y trasciende fronteras, pero en medio de toda esta emergencia mundial, “la educación, arma más poderosa para cambiar el mundo” (Nelson Mandela), debe continuar.

Ante lo sucedido con los pasados movimientos telúricos experimentados desde diciembre de 2019, el sistema educativo se detuvo por varias semanas y las críticas no se hicieron esperar. El Departamento de Educación comenzó a hacer cambios para tratar de atemperarse a la nueva realidad. Sin embargo, aún en un proceso en pañales, llegó el toque de queda por orden ejecutiva y una vez más, por causas más que justificadas, se cerraron las escuelas. De inmediato, todo el personal que labora en las escuelas públicas recibió varios memos con las directrices a seguir ante la emergencia, con el fin de que el proceso educativo continuara. Esto ha sido así, con la única diferencia de que ese estudiante tiene que permanecer en su hogar y desde allí continuar su proceso de aprendizaje. Una vez más, las críticas mordaces, severas y muchas veces injustas no se han hecho esperar.  

Me parece sumamente osada e irrespetuosa cierta publicación que hizo una madre en una red social, reclamando que el salario de los educadores se le pague a las madres y padres, puesto que nosotros los educadores, “no estamos haciendo nada mientras que diariamente sus hijos tienen que hacer tareas escolares en la casa ayudados por sus padres”. Afortunadamente el pensar de esa madre no es el de la mayoría. Entiendo que todos nos estamos esforzando por crear cierto sentido de “normalidad”. Los educadores también estamos siendo bombardeados de trabajo y como dije antes, aprendiendo sobre la marcha. Todos hemos tenido que ajustarnos a esta nueva realidad y no es fácil para ninguno de los involucrados. 

Las directrices del departamento han sido más que claras. En el memorando con fecha del 16 de marzo de 2020 titulado “Alternativas para la continuación de la enseñanza durante el periodo de emergencia” se detallan claramente las funciones de todo el personal que trabaja directamente con el alumno. La agencia ha puesto a disposición de los padres todos los recursos a su alcance, al igual que apoyo técnico y asistencia directa. Si en algo ha sido enfático el secretario del DE es en que debemos ser “flexibles”. Ese adjetivo es vital, porque no queremos agudizar la difícil situación que atravesamos. Por eso es innecesario, inhumano y absurdo asignar a los alumnos excesivos proyectos y tareas. Hay que tomar en cuenta las diversas limitaciones que hay en este proceso de educación a distancia.

Solo el que es educador sabe todo el trabajo que, aún desde la distancia, debemos realizar. Trabajo que se ejecuta con nuestros propios recursos y en muchas ocasiones siendo autodidactas, pero con el mejor deseo de ayudar a nuestros estudiantes. La educación, como muchas veces suele pensarse, no es exclusiva del maestro o la escuela. En estos momentos, más que nunca, la institución familiar es fundamental para que trabajemos en equipo y unirnos para salir airosos. Reza un proverbio africano, “para educar a un niño hace falta la tribu entera” y en esa tribu estamos todos.  

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