Andrés Fortuño Ramírez

Punto de vista

Por Andrés Fortuño Ramírez
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La gente buena de Puerto Rico

Aterricé el día de Navidad en Puerto Rico. Con las ganas de llegar, olvidé en el taxi un maletín con mi computadora, mi pasaporte y todo lo que uno considera importante para viajar. Para colmo, sin entender para qué era aquel papel, le dejé al taxista el recibo que entregan en el aeropuerto con toda su información.

Llegué al Airbnb y me fui a cenar. Una vez de vuelta, noté que no tenía el maletín conmigo. Comencé a llamar todo número relacionado a taxis y maletas perdidas, nadie contesta.

Agarro un Uber al aeropuerto. El chofer manejaba lentísimo. Le pido que acelere mientras le cuento lo sucedido. El señor con voz muy pausada y sin cambiar su velocidad, me dice que, según su esposa, si se le reza al santo correcto cosas buenas suceden. Sin poder hacer nada, recordé al santo que mi abuela invocaba cuando algo se le perdía, San Pascual Baylón. Siguiendo sus cánticos dije en silencio: “Ay San Pascual Baylón, si encuentras mi maletín, prometo bailarte un son”.

Ya en el aeropuerto, me acerqué a la estación de taxis y les explico que el chofer era un señor de edad media, de pelo gris y que manejaba una camioneta blanca. Cuando miro la fila, de al menos ochenta vehículos, todos entraban en la misma descripción. Un joven empleado, súper amable, envió varios mensajes de radio, pero nada. Frustrado y listo para pasar una noche en vela, decido ir a preguntar, taxi por taxi.

Me detengo frente a la primera camioneta blanca. El hombre no sabe nada. El segundo auto era un sedán, así que lo descarto. Llego al tercero y toco en ventanilla. El chofer salta y me dice, "Wepa, te estaba buscando. Dejaste un bulto en el asiento de atrás, aquí lo tengo guardado".

No sé si fue la velocidad del Uber, mi pedido al santo o la honestidad de los puertorriqueños, pero bailé toda la noche sabiendo que todavía hay tanta gente buena en mi querido Puerto Rico.


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