Hiram Sánchez Martínez

Punto de vista

Por Hiram Sánchez Martínez
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La gobernación no es cosa de juego

Ahora que las calles se han vaciado de la efervescencia ciudadana que caracterizó el mes ardiente e impetuoso de julio de 2019, que los estudiantes han regresado a las aulas, los empleados han concluido sus vacaciones y los trabajadores de la Policía han vuelto a sus cuarteles y hogares, habrá que ver cuánta presión política la gobernadora Wanda Vázquez Garced podrá soportar de la misma gente del Partido Nuevo Progresista que la llevó al poder. Porque, aunque anhelamos un poco de sosiego después de las apabullantes manifestaciones de las últimas semanas de verano, no podemos llamarnos a engaño; la cosa continúa. Es como si viviéramos para la política (o, habrá quien diga, para la politiquería).

La primera escaramuza será entre el liderato político del PNP y la nueva gobernadora, quien viene de una larga carrera de 32 años en el servicio público y no se considera política. A partir de sus palabras en su primera conferencia de prensa brindada a este periódico en su primer día de trabajo, ella se mantendrá aparentemente en el cargo hasta finalizar el cuatrienio, según dispone la Constitución. Esta posición contrasta con sus deseos expresados anteriormente, previo a ser efectiva la renuncia del gobernador Ricardo Rosselló —en cuanto a que preferiría que otro funcionario ocupara el cargo de gobernador—, y que llevó al nombramiento de receso de Pedro Pierluisi como secretario de Estado. Pero del mismo modo que en aquel momento pensara no ocupar el cargo de gobernadora en propiedad, ahora ella tiene perfecto derecho a permanecer en la gobernación, sin que haya ningún impedimento jurídico ni moral para esta nueva decisión. 

Aun cuando, de seguro, esto solo le traerá rechazos y recelos, no sería la primera vez que un primer ejecutivo tendría que gobernar con una Asamblea Legislativa hostil. Claro, en el pasado tal hostilidad provenía del simple hecho de gobernador y legislatura ser de partidos políticos antagónicos. Al gobernador novoprogresista Carlos Romero Barceló le tocó gobernar con un Senado popular presidido por Miguel Hernández Agosto, y al gobernador popular Aníbal Acevedo Vilá con una Cámara novoprogresista. Ya antes lo había hecho el gobernador Luis A. Ferré con un Senado popular presidido por Rafael Hernández Colón. Entonces Puerto Rico funcionó; a tropezones muchas veces, pero funcionó. Ahora, sin embargo, la rivalidad es entre funcionarios del mismo partido, algunos con suficiente pujanza política y legislativa como para hacerle la vida imposible a la gobernadora.

Y en este tipo de controversias políticas el Tribunal Supremo no podrá intervenir. El Tribunal Supremo como intérprete final de la Constitución y árbitro de las controversias entre el Estado y sus ciudadanos o de funcionarios entre sí, solo puede intervenir en casos o controversias justiciables. Reconocemos que afortunadamente el Tribunal Supremo ha demostrado su gran relevancia social y, sobre todo, su indispensable intervención para la supervivencia de nuestras instituciones. Y lo hizo con madurez y gran sentido de misión histórica. Pero ahora, aclarado el orden sucesorio en el cargo de gobernador de manera autoritativa y definitiva, les corresponde a los poderes Ejecutivo y Legislativo honrar los preceptos constitucionales que nos rigen y continuar la marcha sin turbaciones adicionales.

Debemos tener claro que el nombramiento de un nuevo secretario(a) de Estado es prerrogativa de la gobernadora. Dicho secretario(a) no será gobernador(a) mientras ella ocupe la gobernación, pero lo será en caso de su renuncia o destitución. El país confía en que la gobernadora buscará el mejor candidato(a). La Constitución también requiere el consentimiento de ambos cuerpos legislativos, que deberán prestarlo juiciosamente. Aunque, de cierto, será de estirpe novoprogresista, la persona nombrada deberá poder inspirar confianza en el país, con sólidas credenciales de rectitud y honradez y, si posible, con experiencia en el servicio público; una persona que pueda trabajar para todos los puertorriqueños(as) sin reparos ideológicos. El cargo es demasiado importante; no es una túnica que pueda echarse a suertes.

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