Benjamín Torres Gotay

LAS COSAS POR SU NOMBRE

Por Benjamín Torres Gotay
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La gran inmoralidad

Cybell Batista lleva 17 años dando la buena batalla como maestra de español en las complicadas escuelas públicas de nuestra isla. Con una maestría en comunicaciones y estudiando actualmente un doctorado en literatura del Caribe, imparte cursos de géneros literarios en la superior vocacional Pedro Perea Fajardo, en Mayagüez.

Sus estudiantes son muchachos de residenciales públicos o de educación especial, a los que poca gente le augura éxitos académicos, mucho menos la posibilidad de interesarse en la literatura. Cybell no se amilana.

A menudo, se sale del rígido currículo del Departamento de Educación para traerles a sus estudiantes lecturas y experiencias que les sean relevantes a su vida y vincularlos así con las ilimitadas posibilidades del arte y el pensamiento.

No son pocas las veces, cuenta ella, que un muchacho que nunca había estado expuesto a la literatura le dice, al final del semestre: “Maestra, recomiéndeme libros”.

“Enseñar es mi pasión. Yo me lo vivo. Los nenes me lo dicen”, me contaba en una charla reciente.

Su pasión por su trabajo y 17 años abriéndoles las puertas de la cultura y el conocimiento a incontables jóvenes de sectores menos privilegiados del país le han dado incontables satisfacciones a Cybell. Pero hay algo que no ha logrado: sacarla de pobre.

Divorciada y madre de tres, su ingreso bruto de $2,300 mensuales, que es el único sustento de su familia y al que le hacen, entre otras deducciones, $380 para plan médico, la pone bajo el nivel federal de pobreza.

El Departamento de Educación tiene el presupuesto más grande del gobierno de Puerto Rico: $2,600 millones. Antes de la quiebra, era más. Llegó a ser de $3,200 millones. Se dice por ahí con frecuencia que es mayor al presupuesto de algunos países.

Muchísimos, sin más talento que saber con quien relacionarse, se han hecho millonarios a la sombra de ese árbol. Se inventan compañías, seminarios, asesorías, campañas de valores y hasta saltos de trapecio para agarrar algo de esa piñata inagotable. Una exsecretaria dijo que en Educación hay fondos federales “hasta para pintar huevitos de pascua”.

Esa avalancha de dinero, ese maremoto de dólares, ese río crecido de fondos, se queda en los amigos de los amigos, en los superconectados, en las sociedades púrpura (la mezcla del rojo y el azul) y no llega nunca a donde tiene que llegar.

Vivimos con la vergüenza nacional, con la inmoralidad colectiva, con la aberración social, de que soplapotes y alicates de toda pinta se hacen ricos con el dinero de nuestro futuro, mientras muchísimos de los maestros y maestras que están día a día batallando con los niños más desventajados, con los que vienen de los entornos sociales más difíciles, con los que más necesitan de todos nosotros, viven en la pobreza.

Tenemos que tolerar, los que somos decentes, los que de verdad nos importa este país, que nuestros niños más necesitados estudien en planteles deteriorados, con patios llenos de yerba, sin materiales, a menudo hasta sin un mísero rollo de papel sanitario. Tenemos que oir a maestros de $2,300 al mes, o de $1,750 cuando empiezan, que tienen que comprar los materiales educativos, la pintura de su salón, llevar su propia computadora, su propio proyector, comprar su tiza, porque las inmensas cantidades de dinero de la agencia se quedan en contratos para Batata & Associates y el bufete Ñemerson, Frankestein & Eyelicker, entre muchos otros.

Tenemos que vivir sabiendo que a los niños de educación especial llevan años peseteándole los servicios, mientras se reparten contratos como si el dinero de la agencia no se fuera a acabar nunca.

Imaginemos todos, por un momento, que nos pase lo que le pasó no hace mucho a Cybell Batista: ella, que lleva tantos años moliendo vidrio en los salones sin siquiera poder decir que no es pobre, tuvo que recibir un seminario sobre tutorías de alguien que nunca ha dado un tajo en la agencia, pero que está cobrando $100 la hora por decir cuatro obviedades.

¿Cabe una bofetada de mayor significado a la dignidad de la clase magisterial y, de paso, a todos los puertorriqueños y puertorriqueñas que tenemos sangre en las venas?

El fracaso del pueblo de Puerto Rico tiene muchos culpables.

Ninguno, quizás, lo es más que el crimen de lesa humanidad que la clase política que nos ha gobernado ha cometido por décadas desde el Departamento de Educación, dejándolo convertirse en esa bestia amorfa que es hoy, en esa enemiga de las aspiraciones del pueblo puertorriqueño, con el propósito de poder seguir saqueándolo de manera tan salvaje.

En estos días, noticias del Departamento de Educación vuelven a poner a prueba nuestra capacidad de resistencia.

Durante los primeros dos años de este gobierno, en momentos en que se contemplaba el cierre de cientos escuelas, por criterios puramente financieros, el Departamento de Educación repartía $902 millones en contratos.

En el mismo periodo del pasado gobierno, cuando no se había reconocido que estábamos en bancarrota ni había Junta de Supervisión Fiscal achicando el cuarto, pero también se tramaba el cierre de cientos de planteles, la repartición de bienaventuranzas ascendió a $1,431 millones.

Parece que algunos de los muchos que saquearon la agencia están en el umbral de algunos problemitas.

Hay un gran jurado federal husmeando entre quienes puedan haber metido la mano donde no debían. Están mirando con lupa a la exsecretaria Julia Keleher y a algunos de sus allegados, incluyendo la persona a la que le dejó encargada su empresa, Vanessa Monroy, quien es esposa de Ramón López de Azúa, un conocido activista popular que fue jefe de las divisiones de fondos federales y legal del Departamento de Educación.

De Keleher pidieron información de sus cuentas bancarias. A Monroy le allanaron la casa. Puerto Rico no supo de esto hasta que salió en la prensa.

Hay una trama oscura, espesa, sórdida, hedionda a mil millas distancia, desarrollándose allá adentro.

No se sabe por dónde vienen los tiros, si es que al final del día vienen tiros pero están sonando nombres de mucho peso.

El gobernador Ricardo Rosselló, quien no ha dicho ni una palabra de Keleher y sigue nombrando cuadros políticos para dirigir la agencia, ha tenido hasta que dar explicaciones sobre un hermano suyo, Jay.

A Jay un bufete de Washington que estuvo bajo contrato de Educación lo anuncia como el hombre contacto para hacer dinero con las charters en Puerto Rico.

También se supo después que en diciembre del año pasado estuvo en Fortaleza reunido con Keleher, también hablando de charters, pero en representación esta vez de otra organización, esta “sin fines de lucro”, que también siente una pasión particular por el muy lucrativo negocio de las escuelas chárter.

Al Departamento de Justicia de Puerto Rico ni a la fiscalía federal de San Juan parece que nada de esto le ha llamado la atención, pero sí prendió un radar en la División de Integridad Pública del Departamento de Justicia de Estados Unidos en Washington, que es la que tiene a par de agentes y a un gran jurado levantando piedras y alumbrando en cuevas a ver qué encuentran.

El pueblo reza para que si alguien robó, alguien caiga preso. Mas rezar no basta. Hay que estar pendientes de que estas cosas no nos vuelvan a pasar. Miremos bien. El que viene con estas manías, por lo regular, enseña el refajo bien tempranito. Observemos.

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