Arturo Estrella

Tribuna Invitada

Por Arturo Estrella
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La guerra comercial

Cuando un país impone aranceles sobre los productos importados, esencialmente impuestos sobre esos productos, los costos adicionales reducen las importaciones y benefician a los competidores domésticos en los mercados afectados. Lo que quizás es menos obvio es que en un país con moneda propia, los aranceles también tienden a reducir las exportaciones.

Por ejemplo, si Estados Unidos impone aranceles sobre los productos agrícolas provenientes de Méjico, los estadounidenses compran menos de estos productos y cambian menos dólares por pesos para hacer esas compras. La menor demanda por el peso hace que el dólar aprecie, lo que hace a su vez que los productos estadounidenses sean más caros para los mejicanos y por lo tanto se reducen las exportaciones a Méjico. El resultado neto es que los aranceles reducen el comercio exterior en ambas direcciones.

Si seguimos un paso más allá, la cosa se pone peor. Con la protección que se les provee a los productores domésticos, se reduce la competencia y suben los precios a los consumidores de los productos en cuestión. Los precios más altos contribuyen a un alza en la tasa de inflación general.

No se queda ahí. Es natural es que cada país se especialice en los productos que se les facilite más producir. Cuando se reduce el comercio exterior artificialmente por medio de aranceles, se reducen las eficiencias que proveen estas ventajas comparativas en la producción y todo el mundo pierde. Se produce menos y todo es más caro.

¿Por qué entonces hay países que insisten en imponer aranceles sobre importaciones? La razón principal que se ofrece es la protección de alguna industria doméstica, aunque la acción traiga otros costos. Por ejemplo, Estados Unidos anunció recientemente aranceles sobre el acero y el aluminio para proteger a los productores domésticos de esos metales.

Está clara la motivación política de la medida, ya que la acción favorece a los votantes en regiones en las cuales son importantes esas industrias, pero el gobierno también argumentó en este caso que esos productos son esenciales para la seguridad nacional. Si tomamos en cuenta que el mayor exportador de acero a Estados Unidos es Canadá y no China o Rusia, parece tener más peso la razón política.

La guerra comercial surge cuando los países afectados por aranceles toman represalias e imponen aranceles al país que tomó la iniciativa. En el caso reciente, China y Europa han anunciado aranceles sobre muchos productos que se importan de Estados Unidos. Las medidas adicionales son también nocivas para el comercio internacional en todas direcciones y el efecto total se va multiplicando.

Puerto Rico, al no tener control sobre la política comercial ni sobre la moneda, no es combatiente directo en la guerra comercial. No produce acero ni soya, pero se convierte en víctima del daño colateral de la guerra. Irónicamente, lo mismo se puede decir de los estados que se ven más afectados adversamente, como Washington, Kansas, Nebraska e Indiana en el caso actual, ya que ellos tampoco controlan las restricciones comerciales ni su moneda.

Lo que queda es pedirle al gobierno federal que recapacite. El Congreso podría pasar leyes que restrinjan la habilidad del ejecutivo de establecer aranceles arbitrariamente, pero el proceso es complicado. Hay elecciones en noviembre y hay intereses conflictivos al nivel local y nacional, y si surgieran retos legales entraría en juego la rama judicial, que está también en transición.

Puerto Rico lleva tiempo pidiendo que se reconsideren las leyes de cabotaje, que tienen efectos similares a los aranceles sobre el comercio exterior de la isla. En el caso de los nuevos aranceles, podría unir su voz a los estados en protesta ante el ejecutivo federal. Buena suerte.

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