Carmen Dolores Hernández

Punto de vista

Por Carmen Dolores Hernández
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La guerra contra los inmigrantes

El poema “The New Colussus”, de Emma Lazarus, se encuentra en el pedestal de la Estatua de la Libertad, en la ciudad de Nueva York, desde 1903.

Dice, en parte, así:

Give me your tired, your poor,

Your huddled masses yearning to breathe free,

The wretched refuse of your teeming shore.

Send these, the homeless, tempest-tost to me…

Donald Trump no lo ha leído. El actual presidente de la auto-proclamada “tierra de los libres” ha emprendido una guerra sin cuartel contra los inmigrantes pobres y latinos que acuden desde el Sur en busca de oportunidades para sí y sus hijos en Estados Unidos. Los ha tildado de ladrones y violadores y ha pedido -aunque sin éxito- que les disparen en las piernas para impedir su avance y que se llene un foso de serpientes y cocodrilos a los pies del “Gran Muro Americano” para obstaculizar su entrada.

Que un presidente de Estados Unidos sostenga tales posiciones ante una masa de gente desposeída, amenazada por la violencia, que busca la salvación “prometida” por la manera en que la nación americana se representa ante el mundo no es solo inaudito sino injusto. Los desplazamientos migratorios de mexicanos y centroamericanos tienen una causa y una historia. Y si bien ambas señalan hacia la mala administración de sus gobiernos, también señalan hacia una política exterior estadounidense imperialista y abusiva a lo largo de los siglos XIX y XX. Eso ni lo ve ni lo comprende Trump, el ignorante.

Aproximadamente un tercio del territorio que hoy forma parte de Estados Unidos, para empezar, fue antes de México. La guerra Mexicano-Americana (1846-1848) satisfizo un impulso expansionista que arrinconó también a los indígenas. Los nombres mismos de los estados atestiguan su origen hispano: Nuevo México, Nevada, Arizona (árida zona), Colorado, Montana (montaña), California (isla mítica en una novela española de caballerías), Oregon (orejón). Las disposiciones del Tratado de Guadalupe Hidalgo que prometía la ciudadanía estadounidense y el reconocimiento de los derechos religiosos y de propiedad a los mexicanos de los territorios conquistados se violaron continuamente. Esos mexicanos se convirtieron en sujetos colonizados en su propia tierra.

En 1856, un aventurero estadounidense, William Walker, se instaló en Nicaragua; quería anexar el país a Estados Unidos como un estado esclavista. El presidente Pierce reconoció la legitimidad de su gobierno, que eventualmente fue derrocado por una alianza centroamericana. Ya en el siglo XX, Estados Unidos apoyó las dictaduras de tiranos como Anastasio Somoza y sus hijos en Nicaragua, además de los regímenes de generales y oligarcas en El Salvador y Guatemala. En ese país la CIA depuso, en 1954, a un presidente democráticamente electo, iniciando un ciclo de violencia extrema que duró más de cuatro décadas. Estados Unidos entrenaba las fuerzas militares que apoyaban a esas dictaduras: los “contra”. Quienes huían de los genocidios acudían a Estados Unidos. A mediados de los noventa, el presidente Clinton les negó protección a los salvadoreños. Los desertores del ejército o de las guerrillas regresaron y formaron las bandas responsables hoy de más violencia.

Todo ello forma una cadena de causas y efectos que implica también a compañías estadounidenses, particularmente la United Fruit Company, acaparadora de tierras que explotaba hasta dejarlas inservibles y cómplice de gobiernos corruptos. (Su producto principal suscitó el mote de “repúblicas bananeras”).

Si la injerencia estadounidense fue tan constante y nefasta en México y Centroamérica durante dos siglos, provocando disturbios y desplazamientos, instalando tiranías y propiciando genocidios, ¿cómo puede ahora darle la espalda a la emergencia humanitaria de la que es -en parte- responsable? Si aquellos polvos trajeron estos lodos, ¿cómo no enfrentar sus consecuencias? Puede que muchos no conozcan la historia, pero esta, al final prevalecerá. Y no absolverá.

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