Mayra Montero

Tribuna Invitada

Por Mayra Montero
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La guerra de los descabezados

El fin de semana pasado, cuando se empezaba a ver la luz de una posible solución a la huelga universitaria, arreció el chantaje emocional para que los huelguistas no abrieran los portones.

Los ideólogos del cierre indefinido, que ya puede catalogarse de desastre, se apresuraron a advertir que “nadie negocia a base de una primera oferta” y que las propuestas “eran muy generales”. Por ejemplo, en lugar de un año de moratoria en el aumento a la matrícula, aconsejaron a los estudiantes que exigieran varios años sin aumentos. Y que más que pedir que la UPR fuera considerada una institución esencial, debían insistir en que no sufriera recorte alguno. Total, que se dañó el invento.

Como consecuencia, se desató una lluvia de renuncias. Primero la rectora, hace unos días. Hoy la Presidenta interina, a la que yo creo que algunos ardían en deseos de ver esposada, despeluzada y yerta. Nunca entenderé cómo esa mujer no renunció mucho antes. El famoso día de la reunión del Plan Fiscal, por ejemplo, cuando las hordas enfurecidas invadieron al salón y aquella joven tan fina le gritó en la oreja: “Nivia, ¿te creías que no íbamos a entrar?” Desde ese episodio, en que una reunión vital se convirtió en el programa de la doctora Polo, Nivia Fernández debió dar el portazo.

El abogado de los demandantes en el caso que se sigue en el Tribunal de Primera Instancia y que hoy entró en un limbo, quiso saber, el pobre, quién se había quedado al mando de nuestra primera institución docente. La jueza secundó esa pregunta. “Tiene que haber una cadena de mando”, dijo la magistrada. Había tres abogados en sala representando a la Universidad. Uno dijo que él no sabía nada. El segundo aseguró que él tampoco. Y al tercero no lo oí, pero supongo que diría algo así como el equivalente de “a mí que me registren”. La jueza montó en cólera y le dijo a este último: “Camine hacia su clienta, o que su clienta camine hacia usted, y pregúntele quién se quedó al mando de la Universidad”. Los dos caminaron rapidito, uno hacia el otro.

La pregunta no podía ser más pertinente. ¿Quién se ha quedado allí para echarle agua a las matas, recoger el periódico por la mañana, tirarle sus bolitas al beta y apagar la luz?

Nivia Fernández se refirió vagamente a la “secretaria de la Junta de Gobierno”, quien me imagino que cuando oyó que la nombraban, echándole aquel muerto encima, sufrió una crisis de ansiedad, o un ataque de pánico, o las dos cosas y salió corriendo. Por suerte, la expresidenta interina de la UPR rectificó enseguida y dijo: “Está acéfala”. La Universidad, quiso decir, no la secretaria de la Junta.

El movimiento estudiantil también lo está. No hay nadie al mando. No hay un líder que arrastre a sus huestes y tome decisiones. No hay una personalidad creíble, articulada, arrolladora. Solo grupúsculos que reciben órdenes, o encomiendas. Y todos sabemos de sobra de dónde las reciben.

Ahora bien, este Frankenstein es la criatura de muchos otros que al principio se dedicaron a alabar o a condescender con esa huelga indefinida. Frases como “los estudiantes encabezan los grandes cambios sociales en el mundo” o “los estudiantes son los únicos que están haciendo algo” se repitieron hasta la saciedad, de boca en boca, como si fueran verdades absolutas. Y es cierto que aquí y en muchos otros países se han producido cambios inspirados por las movilizaciones estudiantiles. Pero los estudiantes no son infalibles, ni siempre tienen la razón, ni hay que apoyarlos en todo lo que hagan.

En los primeros días de la huelga, alguien me comentó: “Estoy en contra, pero ya que la decretaron, hay que apoyarlos”. ¿Sí? ¿Pero por qué? ¿Cuál es la obligación de apoyar algo que uno considera un error táctico, y, en las condiciones concretas de Puerto Rico, una contradicción terrible, que ignora realidades básicas?

Ahora hay tiempo, cómo no. Todo el tiempo del mundo. Existe una sentencia del Tribunal de Apelaciones y se sigue incurriendo en desacato civil, lo que implica una multa impuesta a la Universidad que va creciendo de día en día y que pagamos todos. Son mil dólares de nuestra vida que se entregan religiosamente, mediante cheque certificado, en una ventanilla del tribunal. La UPR ya ha pagado $11,000, contando el chequecito de hoy.

Sin embargo, la jueza reconoce que debido a la renuncia de las principales demandadas, a las que excusó, la cosa queda en espera de unos trámites que deben cumplir los abogados de ambas partes. Un papeleo que de seguro tomará días, o tal vez semanas.

Mientras tanto, seguirá la guerra de descabezados. Hay una película fantasmagórica, de esas de terror, que tiene una escena que se le parece. Galopan hombres sin cabeza sobre los caballos. Que me diga un cinéfilo cuál es, ahora me da manía no acordarme.

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