Benjamín Torres Gotay

LAS COSAS POR SU NOMBRE

Por Benjamín Torres Gotay
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La guerra más avisada

Pone a pensar al más bravo el rugido profundo de la tierra, ese rumor como de montaña derrumbándose que anuncia que la tierra está temblando. Están también los cuadros moviéndose en las paredes, las lámparas balanceándose y los objetos de cristal tintinando.

Son momentos en que uno se acuerda de Dios (“solo en trance de morirme, o a veces cuando estoy triste, mas nunca si estoy contento”, cantó una vez Rubén Blades), empieza a repasar qué es lo que dicen que se debe hacer durante un terremoto y en lo que uno lo piensa la tierra volvió a su quietud de siglos.

Queda después como un zumbido de tensión en el ambiente, la sensación de impotencia abismal que produce ver a la misma tierra en que estamos parados moviéndose como si alguien la estuviera taladrando, un susto que dura días o más y rebotando por las paredes la incesante, la inevitable pregunta: ¿lo sentiste?

Han sido días muy tensos. Puerto Rico ha estado temblando en días recientes mucho más de lo normal. Cerca de 1,100 sismos se produjeron entre el sábado 28 de diciembre y el jueves 2 de enero. Varios fueron sentidos por miles de personas el 28 y el 31 de diciembre y el jueves.

En el caso de los ocurridos en la noche del 28 de diciembre, incontables personas salieron a la calle aterradas y en las redes sociales se vieron vídeos hasta de góndolas moviéndose en un supermercado y de postes del alumbrado eléctrico balanceándose a causa del movimiento de la tierra. Víctor Huérfano, director de la Red Sísmica, dijo el jueves que en los 29 años que lleva trabajando en esa entidad no había visto nunca tal nivel de actividad en tan poco tiempo.

Hacen surgir estos eventos dos tipos de preguntas: ¿son estos temblores menores augurios de que viene un terremoto grande? ¿Estamos preparados para un terremoto grande?

La respuesta es no a ambas preguntas, según los expertos. Ni los temblores pequeños son indicios de que viene un terremoto grande, ni tristemente hay señales de que Puerto Rico esté preparado para afrontar un terremoto de gran magnitud.

Con relación a la primera pregunta, no hay nada que podamos hacer. No hay manera de predecir los terremotos. Hay quien dice que ya “nos toca” uno porque la isla está en un área de alto riesgo y porque no hay un terremoto aquí desde el 1918, que afectó principalmente el área oeste y en el que murieron 118 personas.

Pero la realidad es que no hay ninguna ciencia que pueda predecir el momento exacto en que va a ocurrir un terremoto. Lo impredecible es precisamente lo más aterrador de los sismos. Las vaguadas y los huracanes avisan por días; los tornados a veces por minutos. Del terremoto nos enteramos cuando empieza a temblar.

Con la segunda pregunta (¿estamos preparados?) sí hay mucho que podríamos hacer.

Pero no lo estamos haciendo.

Los daños que causa un terremoto dependen de muchísimos factores, pero quizás ninguno tanto como cuán preparada esté la infraestructura del sitio en el que ocurra.

Por ejemplo, el terremoto que destruyó a Puerto Príncipe, la capital de Haití, el 12 de enero de 2010 fue de 7.0 grados en la escala Richter y causó unos 230,000 muertos en una ciudad de cerca de un millón de habitantes. En 1989, un terremoto de intensidad casi idéntica, 6.9, afectó la zona de la Bahía de San Francisco, donde viven cerca de siete millones de personas y solo 67 murieron.

Haití es el país más pobre de Occidente y San Francisco está en California, un estado de Estados Unidos, que, si fuera un país independiente, estaría entre las primeras diez economías del mundo.

En Haití, no hay institucionalidad que asegure la calidad de las construcciones, ni dinero para materiales resistentes, por lo cual abundan las viviendas y otras edificaciones informales y endebles. En el área de San Francisco, hace décadas que se saben vulnerables a terremotos, tienen y ponen en vigor los códigos de construcción más fuertes del planeta.

En Puerto Rico, que no es tan pobre como Haití, pero tampoco tan rico como San Francisco, la Asociación de Constructores dice que cerca del 55% de las viviendas fueron construidas de manera informal, sin ningún permiso ni garantía de que estén en condiciones de resistir un terremoto.

En los campos del centro de la isla, abundan las construcciones informales junto a pendientes, con columnas finas enterradas en los precipicios. Siempre que se habla de terremotos, los expertos piensan de inmediato, con horror, en ese tipo de vivienda tan expuesta a que les pase lo peor.

Es fácil responsabilizar solo al que construyó en esas condiciones. Pero no se puede extraer el problema que constituye ese modo de construir del contexto de pobreza e informalidad en que se ha vivido por décadas en Puerto Rico. Habrá, como en todo, algunos irresponsables, pero por lo general la gente vive donde puede, no donde quiere.

Además, las autoridades han sabido por siempre de la abundancia de construcciones informales y en lugares inseguros. Organizaciones profesionales como el Colegio de Ingenieros han estado urgiendo por años al gobierno a que atienda el problema.

Ha habido tiempo de sobra para manejarlo. De paso, lo hay todavía, pues no sabemos cuándo viene, ni si viene, el terremoto. En este momento, no hay ningún plan en marcha para atender tan grave problema.

El geomorfólogo José Molinelli, una de las principales autoridades en Puerto Rico en este tema, dice que, en la isla, abundan las construcciones obsoletas y en zonas inseguras.

Además, sostiene que el gobierno no tendría la capacidad para manejar una catástrofe mayor como la que causaría un terremoto de gran magnitud. Eso es algo que, trágicamente, ningún experto tiene que decírnoslo: hace poco más de dos años, vivimos el huracán María, que estaba avisado, y ya sabemos cómo nos fue.

La institucionalidad en Puerto Rico hace tiempo perdió la capacidad para manejar asuntos sencillos.

No hay que imaginar cómo manejaría unacatástrofe mayor, porque ya ocurrió con María.

¿Qué opción nos queda ante este cuadro? Prepararnos por nuestra cuenta, lo cual es siempre, para ser francos, la mejor respuesta. Abunda la información sobre qué hacer en caso de terremoto, desde cómo preparar planes, hasta qué artículos de primera necesidad poner en las mochilas de emergencia y cómo comunicarse con seres queridos en un escenario en el que seguro colapsen los métodos tradicionales de comunicación.

En resumen, no hay razón para alarmarse, pero sí para actuar. La plétora de sismos de los pasados días no es señal de que un terremoto sea inminente. Pero sí son un importante recordatorio de que tenemos muchas tareas pendientes con relación a esta amenaza. Hagamos lo que nos toca y exijamos a otros, entiéndase el gobierno, que también hagan su parte.

El refrán dice: en guerra avisada, no muere gente. Eso no es correcto. En una guerra, siempre muere alguien. Pero si es avisada, mueren menos. Y en Puerto Rico no hay guerra más avisada que esta de que, en algún momento, tendremos que vivir un terremoto. A ver si, alguna vez, nos preparamos como tiene que ser.

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