Juan Vera

Punto de vista

Por Juan Vera
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La Iglesia ante el COVID-19

Puerto Rico se enfrenta a una crisis sin precedentes. Luego de haber experimentado con tormentas y huracanes, así como con los recientes sismos, ahora nos enfrentamos a la pandemia del COVID-19. En este nuevo desafío nos acompañan prácticamente todos los países del mundo. Eso nos permite aprender de lo que otros ya han hecho, como China, Italia y España.  Ante este cuadro, ¿qué podemos hacer como país y cómo la Iglesia puede ser parte de dicha respuesta? 

Este momento ocurre en el contexto donde el cristianismo conmemora la temporada de la cuaresma. El mensaje y el ejemplo de Jesús nos invitan a que como iglesia debemos estar al lado del pueblo, a ser un instrumento social que traiga paz, tranquilidad, fe y salud a la gente. Son momentos en que no puede prevalecer en el país la teología del “sálvese quien pueda”, encerrarnos, e irnos a invernar dándole la espalda al pueblo. Sobre todo, la iglesia tiene que cuidar, acompañar y servir a los sectores más frágiles y desventajados. 

Al igual que los profesionales de la salud como médicos y enfermeras están dispuestos a ir a los hospitales a atender a los afectados, el liderato religioso -entiéndase pastorado, sacerdotes, religiosas de la iglesia- tienen que estar dispuestos a ir donde esté el enfermo y atender las necesidades del pueblo, porque ese es su llamado y vocación de servir.

¿Qué acciones podemos recomendar y tomar en cuenta en estos momentos? Primero, la realidad que vivimos reclama calma y no histeria colectiva. No podemos caer en un alarmismo extremo. Debemos escuchar las voces reconocidas por su credibilidad y conocimiento. Me refiero a la OMS, a los CDC y cualquier otra fuente facultada para orientar al pueblo.  

Segundo, la respuesta del país debe ser una colectiva, no hay cabida para individualismos. Si abarrotamos los supermercados y farmacias y acaparamos los productos que nos protegen, impediremos que todas las personas alcancen a obtenerlos y por ende sean vulnerables al contagio y terminen perjudicándonos a todos, incluyendo a los acaparadores. Hay que ser comedidos y prudentes.  

Tercero, se requerirán grandes sacrificios de todos los sectores. Eso incluye al comercio, el gobierno, las empresas, la sociedad civil, entre otros. El quedarnos en nuestras casas será clave para controlar la propagación desmedida.  

Cuarto, aunque el contacto personal es insustituible y mientras las circunstancias lo ameriten, una de las últimas puertas que debe cerrarse es la de las iglesias. No obstante, creo que es momento para que la iglesia eche mano de las herramientas que nos provee la tecnología y que pueden complementar excelentemente el acompañamiento y la voz de las comunidades de fe, acompañando así a aquellos que no se puedan congregar o que puedan estar contagiados y por fuerza mayor aislados del resto de la población.

Al igual que ocurrió con el huracán María en el 2017, esta será una gran oportunidad para estar en familia, convivir juntos, dialogar y conversar, así como estrechar lazos familiares.  

Quinto, este no es momento de celebraciones ni de gastos superfluos. Nuestros recursos deben dar alta prioridad a los alimentos y la salud.  Finalmente, es hora de poner a nuestro país en manos del Señor y juntos orar al Todopoderoso para que nos acompañe y proteja una vez más ante esta nueva plaga del siglo XXI. La Iglesia tiene que ejercer su rol orientador ante el pueblo, debe llamar a la calma y cordura, debe ser esperanza para enfrentarnos al COVID-19, conscientes de que unidos venceremos.

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