Ibrahim Pérez

Tribuna Invitada

Por Ibrahim Pérez
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La igualdad ilusoria de EE.UU.

Los seres humanos no somos iguales. Cada individuo tiene su ADN único. Tampoco somos tratados iguales. Sin embargo, todos somos dotados por nuestro Creador de unos derechos inalienables: igual derecho al disfrute de la vida y de la libertad, a la búsqueda de la felicidad, a nuestra valía como seres humanos. Aunque reconociendo las múltiples trabas que pueden interponerse para impedirlos.

La palabra igualdad no aparece en la Constitución de los Estados Unidos. Fue su enmienda 14 la que introdujo la igual protección de la ley en 1868. La igualdad absoluta no ha sido posible en ningún país. Ni aún en los comunistas. Siempre hay unos “más iguales” que otros. Por el contrario, la creciente y excesiva inequidad, especialmente la que es producto de la negación o violación de derechos, es muy nociva para la sociedad.

Múltiples estudios han derrumbado el mito de que Estados Unidos es la tierra de las oportunidades.

Hoy Estados Unidos tiene menos igualdad de oportunidades que cualquier otro país avanzado. En un estudio reciente del Commonwealth Fund, resultó ser el país más desigual entre once países ricos del mundo. En 1980, su 1% más rico recibía 10% de todos los ingresos. Hoy recibe 22%.

La movilidad en la escalera socioeconómica de Estados Unidos se ha tornado en una rareza estadística. Solo el 8% de los americanos nacidos dentro del 20% más pobre de la población alcanza el 20% superior. La educación universitaria se ha hecho inaccesible para los pobres. Entre los nacidos en 1960, 5% de los pobres y 35% de los pudientes llegaron a la universidad. Entre los nacidos en 1980, solo 8% de los pobres llegaron, mientras 65% de los pudientes lo lograron. Los propios estadounidenses reconocen que el Sueño Americano se ha quedado a nivel de sueño. Solamente 20% consideran estarlo viviendo.

Las razones principales para ese marcado retroceso histórico son variadas. Sobresale el perpetuo discrimen contra las minorías latinas y afroamericanas que ha abierto dramáticamente la brecha entre ricos y pobres durante las últimas décadas. Latinos y afroamericanos componen solo el 30% de la población, pero representan el 47% de los que están bajo el nivel de pobreza. Mississippi es el estado con mayor porcentaje de población afroamericana (37%). Un 40% de esa población afroamericana vive allí bajo el nivel de pobreza, mientras solo 11% de su población blanca vive en pobreza.

La desigualdad es también apabullante entre los 50 estados y los 3,142 condados de Estados Unidos, todos creados bajo los mismos principios fundacionales y bajo la misma Constitución.

La estadística más inhumana que he encontrado: un nacido en el condado de Oglala Lakota de Dakota del Sur tiene una expectativa de vida de 66.8 años (igual que Senegal, África #128 del mundo), uno nacido en el condado Summit de Colorado tiene una expectativa de vida de 86.8 años (mayor que la de Japón #1 del mundo). ¡Quién hubiese imaginado que en el mismo corazón del país más rico y poderoso del mundo existieran dos condados de ciudadanos americanos a solo 420 millas de distancia con 20 años de diferencia en expectativa de vida!

Un mes después de María, un político proclamó en este diario que Puerto Rico debe comenzar una transición hacia “la verdadera igualdad que se logra con la estadidad”. Tal aseveración intenta sacar ventaja política de nuestra huracanada vulnerabilidad, pero peor aún, utilizando una aspiración demagógica que no es sostenida por la experiencia, ni por la realidad.

Bajo la estadidad no hay, ni habrá igualdad real entre individuos ni estados. Es cuestión de examinar datos que confirman lo opuesto: la verdadera desigualdad que existe entre los 50 estados.

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